EL HOMBRE CADÁVER

Siempre es interesante reeditar un clásico maravilloso, obra de Hideshi Hino uno de los autores más personales y geniales que ha dado el cómic de terror japones. El Hombre Cadáver es una obra maestra inquietante, pero , sobre todo, estremecedora y tierna.

Por Javier Marquina.

Estar muerto es realmente incómodo. No os voy a engañar. Es una auténtica jodienda. El olor, la textura, la sensación de no encajar en ningún sitio; el velo lechoso que se forma en tus ojos a medida que los líquidos se coagulan; los gusanos reptando por tus entrañas y un sentimiento ocre que te convierte en carroña en un sentido demasiado literal como para hacerlo soportable. No hay otra manera mejor de expresarlo. Estar muerto es un incordio. Un coñazo. Asustas a la gente. Te caes a pedazos. Ni siquiera puedes llevar una vida normal. En el trabajo no vuelven a darte de alta. El certificado de defunción no te sirve como certificado de empresa en la oficina de empleo. Tu mujer te repudia y a tu hijo le aterras. Se acabó lo de ir al fútbol, la cañita de los viernes con los amigos o disfrutar de una buena película en el cine. Eres un exiliado en un mundo lleno de vivos. Y, lo peor de todo, es que eres consciente de tu propia situación desesperada. Lo único que quieres es decir adiós, dar un abrazo a los tuyos y acabar de diluirte por completo…

Por improbable que parezca, armado con este razonamiento y estos mimbres Hino construye la cesta de un globo sonda que nos sube al cielo de las emociones y crea un manga que nos golpea, nos amartilla y nos coloca en un lugar extraño en el que no sabemos muy bien como reaccionar. Confusos entre la repugnancia y la ternura, el dibujo nos transporta a un lugar cercano al cuento infantil, macabro pero dulce, lleno de un trazo alejado por completo del realismo, lo que convierte la experiencia en un contrasentido en el que tu cerebro, consciente del horror de lo que se cuenta, intenta completar el cuadro truculento con material evocador propio. Sabes que deberías vomitar por lo sugerido, pero en lugar de ello notas la necesidad de abrazar a un zombie.

El Hombre Cadáver asombra por la simpleza de su planteamiento y, a la vez, por la cantidad de reacciones que suscita. Aún más, es increíble como el autor consigue que sintamos empatía por un ser monstruoso, desgraciado, enraizado en esa tradición de engendro trágico que, consciente de su propia miseria, se convierte en un recipiente idóneo para nuestra compasión. Aún más. Bajo esta pretendida sencillez se esconde una reflexión mucho más profunda e inquietante, que apunta hacia la insatisfacción como gasolina principal del mayor de nuestros infiernos. Más allá de la metáfora evidente y recurrente de la incógnita que nos plantea el final de nuestros días y lo que habrá más allá, Hino hace una reflexión profundamente japonesa en la que el honor, la responsabilidad y la obligación de cumplir con tus compromisos adquiridos supone algo tan profundo y fuerte que es capaz de levantar a un muerto.

En estos tiempos de tanto cadáver político sumido en la irresponsabilidad manifiesta, esta breve pero intensa maravilla nos invita a la reflexión más allá de la fábula. Lo que somos, lo que seremos y lo que nos hace realmente personas, sin importar nuestro aspecto o el hedor putrefacto que desprenda nuestro boca llena de larvas e insectos vermiformes. Porque nosotros, más allá de la carne, también somos un catálogo de buenas intenciones, de necesidades y de amor, un amor unido a la sangre que traspasa las fronteras de la muerte y que solo puede ser finiquitado con la certeza de que aquello que quieres seguirá adelante, protegido, en parte, por las cosas que hiciste bien.

Una vez más, La Cúpula recupera otra joya de su excepcional catálogo, una nueva oportunidad para conseguir un clásico imprescindible y de lectura obligatoria. Son cómics así los que engrandecen un arte de riqueza infinita, en el que la variedad de estilos y temas es el vehículo perfecto para despertar sentimientos en los lugares más inesperados. Belleza, esperanza  y dulzura surgiendo de lo pútrido, el ejemplo perfecto de redención para una época llena de gusanos.

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Acerca de Javier Marquina 210 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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