El Hombre de Acero de John Byrne.

Hubo un tiempo en que John Byrne era Dios. En que los comics de John Byrne eran LOS COMICS. En que las tías dibujadas por John Byrne eran LAS TÍAS. En el que el Superman de John Byrne fue EL SUPERMAN.

Por Javier Marquina.

Superman languidecía.
Estoy seguro de que esta historia os suena. Tras cincuenta años de ser un dios omnipotente, la colección del icono de DC era una sucesión de historias aburridas que le ocurrían a alguien que no podía ser derrotado. ¿Qué emoción tiene leer las aventuras de un héroe que no puede perder? Abajo, abajo y lejos, pero lejos del cielo. Pastel de manzana rancio y pesadilla americana.
Estaba claro que tras la reconversión radical que habían supuesto Crisis en Tierras Infinitas y el nuevo orden establecido por la maxiserie de Marv Wolfman y George Pérez, DC tenía que hacer algo con su personaje más emblemático, con todos los respetos hacia el Caballero Oscuro. Necesitaba darle nuevos aires y adaptarlo a los nuevos tiempos que se acababan de cimentar.
La primera decisión fue darle a Alan Moore la oportunidad de escribir el último número de toda una era, y el genio inglés nos regalo la deliciosa “¿Qué le ocurrió al Hombre del Mañana?” para acabar de un plumazo con muchos de los arquetipos que lastraban al héroe y narrar, como no podía ser de otra forma, una de las mejores historias del personaje.
La segunda decisión fue darle las riendas del nuevo Supermana John Byrne.
Algo me dice que en aquellos tiempos, los tipos de DC sabían lo que hacían.
Es difícil hacer entender a la gente que empezó a leer cómics hace menos de 10 años la importancia extrema que la figura de John Byrnetuvo para el cómic de superhéroes en particular y para el Noveno Arte en general. Viendo los fiascos de sus más recientes trabajos, muchos se sorprenderán de que este autor fue, en tiempos no muy lejanos, lo más de lo más. John Byrnees uno de los dibujantes más influyentes* y uno de los guionistas más frescos y entretenidos de la década de los 80. Una superestrella. Una de las primeras. Un autor que definió lo que en años posteriores daríamos por llamar dibujante “hot” y que a la postre desembocaría en el cisma Image, desencadenado por una serie de jóvenes creadores que crecieron leyendo sus cómics y que, sin entrar en aspectos como la calidad del contenido, marcaría un antes y un después en la historia del medio.
Una era de grandeza.
A John Byrne, entre otras cosas, le debemos (con ayuda de papá Claremont) que Lobezno sea hoy algo que sus creadores jamás creyeron que llegaría a ser, que La Patrulla-X y toda la franquicia mutante fuera durante muchos años una gigantesca máquina de hacer dinero. Le debemos también una inolvidable y genial etapa a cargo de Los 4 Fantásticos, a la altura de los primeros números de Lee y Kirby, derroche de imaginación y talento. Le debemos momentos superiores de diversión pura en colecciones como Alpha Flight, Namor y Hulka.
Por otra parte, y es de esto de lo que debería ir este artículo si fuera capaz de centrarme, le debemos también la polémica redefinición de Superman.

La labor de este autor (guión y dibujo) se extendería principalmente en una serie limitada de 6 números en la que se establecerían las premisas de su nuevo Hombre de Acero y después, ya mensualmente, en la nueva colección regular de Superman vol II, en la que estaría durante 22 números y del 584 al 600 de la colección madre Action Comics.

Durante esta etapa Byrne nos presenta a un Hombre de Acero poderoso pero no omnipotente. Alguien a quién se le puede hacer daño, que necesita respirar, cuyo traje no está siempre inmaculado, alguien que, por fin , puede ser derrotado.  Luthor, el archienemigo por excelencia, deja de ser un pseudocientífico loco para asumir el papel que le diera el propio Alan Moore durante su pequeña intervención en La Cosa del Pantano. A lo largo de la etapa de John Byrne, Luthor se consolida como genio empresarial e histriónico benefactor con ambiciones de dominación global desmedidas. Lois Lane sigue siendo a todas luces insoportable. Siempre he preferido a Lana Lang. Byrne además, acaba con toda la familia kryptoniana aprovechando el cataclismo post-Crisis: perros, primos, tíos, malvados generales y moscas de la fruta kryptonianas desaparecen del mapa, convirtiendo a Kal-El en el auténtico y verdadero “último hijo de Krypton”. El planeta de origen del héroe se convierte en las manos del autor en un lugar hostil e inhóspito, lejos de la utopía creada en los 50 años de historia anteriores. Un mundo de seres agotados condenados a la destrucción por sus propios logros. Un mundo mucho más acorde a la moda iniciada por Watchmen y El Regreso del Caballero Oscuro y que teñiría a los cómics de superhéroes de un manto trágico que, por sobreexposición, acabaría siendo burdo e infumable, alcanzando su cénit en esa década a olvidar en el mundo del cómic americano que fueron los 90.

Afortunadamente para Clark Kent, cuando John Byrne entra dirigir el rumbo de la serie, se encuentra aún en su mejor momento. No tan fresco como en Los 4 Fantásticos, que para mí sigue siendo su obra magna, pero todavía con fuerzas para contar mucho y contarlo bien. Todavía maneja con maestría el arte de entretener, el arte de narrar. El arte, al fin y al cabo, de dar al público cómics que cuentan historias en 24 páginas. Nada de viñetas vacías para rellenar tomos de tapa dura. Cómics con contenido.
Por desavenencias editoriales la etapa del autor anglo-canadiense sólo duro esos apenas 40 números en las series regulares del superhéroe con el disfraz más efectivo de la historia, dejándonos con la incógnita de lo que habría podido ser capaz de hacer Byrne con Superman si hubiera aguantado tantos años como en su imprescindible etapa a las riendas de Reed Richards y compañía.
La editorial ECC publica ahora la andadura de este autor en ambas colecciones en tomos de tapa dura, perfectos para cualquier tebeoteca que se precie. El mes de diciembre editarán el segundo volumen de esta colección y no deberíais dejarlos escapar. Los clásicos son los clásicos.

*(Algún día prometo hacer una entrada sobre un genio en la sombra: el inconmensurable entintador Terry Austin.)

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

1 comentario en El Hombre de Acero de John Byrne.

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