El hombre que confundió a su mujer con un sombrero

Creo que nunca creí. Ni en Dios ni en nada. Ni siquiera en mí mismo. De nunca. De siempre. Desde que me deslizaba en el orinal con cabeza de pato. Y siempre me pregunté por qué. Quería la comodidad de los que pueden refugiarse en algo inexplicable para explicarlo todo. Y nunca pude. Nunca he podido. Creo que nunca podré.

Por Javier Marquina.

A menudo me digo que mi agnosticismo comenzó después de leer “El Anticristo” de Nietzsche, pero está claro que este libro sólo fue el detonante de una sensación que siempre había estado conmigo y que me llevaba a buscar respuestas que sólo generaban más preguntas. Pronto comprendí que la necesidad de un Dios que me explicara lo inexplicable era algo temporal y momentáneo, porque al final, en la vida, por absurdo que parezca, todo tiene explicación. Así que, en consecuencia, Dios no me hacía falta para nada. Esta decisión adolescente me llevó a otro razonamiento derivado de la necesidad humana de creer en algo, aunque ese algo sea no creer en nada, y decidí creer en mí mismo, como eje de mi vida y de lo que habría de ser mi existencia. Por aquel entonces yo era una personita altamente hormonada y no caí en el error fundamental que suponía colocar a mi persona como epicentro de mi propia religión. Dios funciona en la mente del creyente porque en su misma omnipotencia está explicado todo. No hay razonamiento, no hay deducción, las cosas son porque Dios ES y, al serlo todo, todo queda solucionado. En mi nueva teogonía unipersonal, y al ser yo el artífice de mi universo, cualquier interrogante debía ser solucionado por mí y, por tanto, todo tenía que resolverlo yo. Esto creó una desazón continua, un desasosiego perpetuo que se retroalimentaba al ser consciente de mi incapacidad para resolverlo todo, para encontrar una solución a todos mis problemas y, en última instancia, para satisfacerme en un plano más allá de lo físico. Al estar sólo ante el Universo, nos volvemos inconsolables. Nunca estamos llenos. Siempre necesitamos más.

Cuando descubrí “El hombre que confundió a su mujer con un  sombrero” de Oliver Sacks, me di cuenta de que quizá, escondido tras un nombre curioso, estaba mi segunda epifanía. Un nuevo descubrimiento mucho más demoledor y trágico, no porque no fuera consciente de la idea subyacente que residía en el libro y que conocía de manera casi intuitiva desde hace muchos años, sino porque me desarmaba a una edad en la que la redención es imposible; me dejaba sin ídolo; sin Dios; sin la figura fallida y desastrosa de mi Ego como ser supremo de mi pequeña creación; me dejaba sin la idea romántica de que yo mismo creaba mi futuro; me desnudaba ante el capricho fisiológico y determinista que dictaba mi cerebro. Y es que somos cuerpo, carne, un conjunto de neuronas dispuestas de manera específica por el patrón genético que nos conforma como persona. Vivimos una vida y creemos que con nuestras decisiones diarias forjamos nuestro destino, y eso es cierto sólo en parte, ya que la enfermedad, el accidente, un mero desajuste en la química de nuestro cerebro, nos deslavaza y nos convierte en otra cosa, en otra persona, en otro yo, ajeno a veces incluso a la misma idea del yo. Somos lo que somos pero no porque queremos serlo, sino porque nuestro cerebro está configurado para serlo. En nuestra mano está el cultivar nuestras posibilidades, nuestros potenciales, pero con la conciencia de que nunca podremos ir más allá de los límites establecidos por nuestro encéfalo y, lo que es mucho más triste, estamos indefensos y a expensas de cualquier trauma que cambie nuestra configuración de origen y nos transforme en monstruos desconocidos o, incluso, en mejores personas.

El libro es una colección de casos reales, de graves trastornos de la percepción, de la personalidad, de la memoria; historias tan extrañas que parece imposible que sean reales; seres humanos enfrentados a una realidad distinta, tan marciana que los convierte en extraterrestres; personas incapaces de sentirse, de entender, de expresarse, de conocer; personas que, en ocasiones y contra todo pronostico, desarrollan mecanismos tan imposibles como sus enfermedades para combatir un mundo que antes parecía sencillo de asimilar. Y lo que es más increíble, lo consiguen y avanzan de una forma que se me antoja alucinante; personas con dolencias tan graves, que se ven atomizados por su propia cabeza, desintegrados, despedazados por lo horrible de no poder ser consciente ni de tu propia consciencia; personas siempre, que duda cabe.

En nuestra mano está el tomar las decisiones que saquen todo el partido a lo que nos ha sido entregado, siempre mirando de reojo lo que para nosotros dispone la suerte, pastoreados por nuevos dioses en nuestro panteón, unos nuevos seres supremos que rigen nuestros destinos llamados Genética, Azar y Dolencia.

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Acerca de Javier Marquina 192 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

4 comentarios en El hombre que confundió a su mujer con un sombrero

  1. Excelente cóctel Sr.Marquina, excelente reseña. Combinar agnosia visual,determinismo,fatalismo y predestinación con genética,Aznar(digo Azar) y dolencia en una sincera biografía. Mi hijo también tenía un orinal con cabeza de pato…no se lo qué hizo, pero nos terminó denunciando el presidente de la comunidad porque lo hacía en la terraza. ¡¡ Viva Huesca Ostias ¡¡

    • Yo recorría los pasillos de mi casa montado en ese orinal, con el culo al aire, cual corcel mitológico. Su hijo y yo estábamos destinados a conocernos, sin duda. Gracias por ser un auténtico lector que es lo más importante para alguien que escribe. Y sí. Qué coño. ¡¡¡VIVA HUESCA!!!

  2. Excelente critica/biografía, al leerlo se te enciende el chip ese del cerebro que sabes que estas leyendo algo bueno, que te hacer cuestionar preguntas, y que te enseña cosas y emociones. Como ya he dicho, un gran reseña.

    PD: Yo soy de los que creen que hay algo mas allá de lo visual (no me refiero a ningún Dios creado por la mente del hombre para esclavizar a pueblos o normalizar la vida), sino a algo mas profundo y espiritual, soy incapaz de pensar que cualquier chico/a que muere en la esquina atropellado, murió por nada y ya esta, seré que soy débil. Pero soy de los que prefieren pensar que hay algo mas, y tras una breve y sincera respuesta, me marcho, un saludo Javier.

    • Creer no es un error. Es una virtud. Admiro y comprendo a aquellos que pueden sentir que hay un algo inexplicable, porque tienen más en las entrañas que yo, que sólo espero vacío. Gracias por ser un lector fiel y estar ahí comentando. Gente como tú da sentido a esta web. Un saludo.

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