El Increible Burt Wonderstone: ¿en serio?

A veces te llegan a las manos películas de esas que ni conoces, ni sabes de dónde han salido, ni entiendes muy bien porqué o para qué han sido creadas. Pero las ves. Y te gustan. O al menos no te disgustan. Que ya es suficiente.

Por Javier Marquina.

Adoro el cine chorras. Lo reconozco. El cine de no pensar, de sonreír sin carcajada, de vaciar tu cerebro de problemas, cuestiones trascendentales y mierdas recurrentes de la vida real. Esa con la que tenemos que convivir cada día. Ejemplos de cine cochambre que al menos te saca una sonrisa hay toneladas, y no es cuestión de hablar hoy aquí de célebres y celebradas películas del género como Top Secret, Dos Tontos Muy Tontos o actores ilustres como Will Ferrell o ese tío tan gracioso que sale en todas y de cuyo nombre nunca se acuerdan tus amigos.

Lo bueno de las películas burdas es que no tienen problema para ser absurdas, ácidas, estúpidas o salvajes. Cuando una película pretendidamente seria falla en todas sus pretensiones y cae en el ridículo, se convierte en una astracanada automática, en una cosa de la que te ríes de y nunca con. Sin embargo, las películas estúpidas parten de la base de su imbecilidad intrínseca, de un punto cero en elque sólo se puede ir hacia arriba. Si son una basura insoportable estarán bien, por que de inicio nadie esperaría otra cosa de ellas. Si por el contrario te ofrecen algunas bromas y chistes que logran hacerte sonreír, permanecerán en tu memoria como un hallazgo divertido. Me pasó con Zoolander. Me pasó con Algo pasa con Mary y, a un nivel inferior pero curiosamente sorprendente, me ha pasado con El Increible Burt Wonderstone: una de esas películas que pasan totalmente desapercibidas y ofrecen entretenimiento simple pero puro y algunos chistes brillantes.

Lo primero que sorprende de esta película es su elenco. Desde Steve Carrell, uno de los mejores cómicos americanos de los últimos tiempos, el imprevisible Steve Buscemi, el agonizante James Gandolfini (gordo y al borde del infarto en cada escena), el inmenso Allan Arkin y un irreconocible Jim Carrey, actor que con cada película que hace me convence más de su talento como actor puro, sin etiquetas. Y por supuesto la impresionante, bella y algo jamona para nuestro placer Olivia Wilde. Los mejores ojos del cine actual. Evidentemente cuando uno coge con asombro la caja del Blu-Ray de una película de la que nunca había oído hablar y ve que sale tanta gente que puede reconocer, se hace una pregunta casi de forma inmediata. ¿De dónde coño ha salido esta película? Y luego, al verla, pues lo dicho: una sonrisa. La típica historia de amigos y superación y redención contada mil veces. Magia de Las Vegas llena de lentejuelas, horterismo y crítica velada a la estupidez humana y, entre todos los típicos tópicos, varios chistes buenos. Cine de factura impecable y sin pretensiones, del que te hace pasar el rato y te recuerda que el arte a veces no tiene que ser profundo y cambiar las entrañas de la tierra en cada uno de sus pases, sino que su tarea es tan simple como hacernos olvidar por una hora y mierda que el mundo está lleno de problemas, mala gente y mierda insoportable en general.

No pretendo que esto sea un alegato, ni una rotura de las lanzas inquebrantables de los cimientos de lo que debe ser el buen cine, el cine clásico, el que pasa a la historia y establece arquetipos sólidos que dirigen la tendencia durante años. Lo que sí pretendo es que esto sea la afirmación de que me gusta el cine sin calado, cine del de pasar el momento, del que me hace sonreír como un bobo sin sentirme culpable, ese cine de placer imbécil que todo el mundo niega, porque no está bien visto que disfrutemos de las cosas fáciles, tontas y chorras. El cine blockbuster. El cine best-seller. El cine producto americano, tan insustancial, tan olvidable y tan necesario.

Porque pese a quien le pese, no podemos olvidar que esto, al final, solo debería regirse por una máxima sencilla y a menudo olvidada: That’s entertainment!

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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