EL ODIO

Aviso: Todo lo que a continuación se vierte puede parecer un puro contrasentido, pero al ser una opinión personal, aunque abierta a discrepancias, no puede ser correcta o incorrecta. Acertada o desafortunada, sí. Eso por supuesto.

Por Javier Marquina.

Es evidente que aunque no creo que las redes sociales hayan conseguido la democratización de la opinión, lo que sí que han logrado es la globalización de la misma. Antes uno podía expresarse de igual forma, pero el alcance y la repercusión de nuestro criterio se reducía a nuestro limitado círculo interior formado por familiares y amigos. Ahora, no solo podemos decir lo que queramos, sino que ademas podemos conseguir que lo que pensamos tenga alcance planetario. O, al menos, puedes hacerte eco más allá de los muros del patio de tu casa, hecho que ha creado una legión de opinadores, críticos o, por desgracia, ensuciadores públicos.

Sé que es generalizar en exceso, pero es la única manera de realizar un análisis que podamos encuadrar en un texto para una web en lugar de un tocho insoportable digno de tesis doctoral filosófica. Para mí, existen dos tipos diferenciados de tipos que se lanzan a escribir lo que opinan en Internet y lo lanzan a la red sin saber si lo que dicen será como escupir en una tormenta o sus ondas romperán el universo como una piedra creando ondas en un estanque de tiempo. Están los que tienen huevos y los que no. Los valientes y las hienas.

Poco me importan los exabruptos de esos seres bulbosos de tacto pegajoso y frío que se ocultan tras el seudónimo para lanzar sandeces, camuflados con un icono burdo que no oculta su propia estupidez. No sabemos quienes son, pero huelen a rata cobarde que se siente impune y, a veces, de forma incomprensible, logran tener una repercusión inusitada catapultados por una legión de fans entregados que aplauden sus payasadas. Con la excusa de crear un personaje, vierten en las redes sociales toneladas de bilis purulenta llena de improperios, insultos y tonterías gratuitas que podrían resultar hirientes si no fueran tan estúpidas. Son aficionados al blanco fácil y a provocar por provocar y, por ello, lo que piensan vale tanto como un gran saco de nada. Ignorarlo es el mejor método para la tranquilidad y una vacuna letal para gente tan estúpida, que busca notoriedad a través del anonimato.

Los otros, los valientes, son los que opinan sin esconderse. Hablan y dicen lo que piensan con mayor o menor acierto, pero al menos tienen los cojones de ponerse en el disparedero con nombre y apellido, y afrontan las consecuencias de decir una sandez o una genialidad. Es la opinión de estos la que valoro, leo y considero, esté de acuerdo o no, y me parezcan más o menos acertados en su forma de expresarla. No digo que esto te ahorre sofocos o malos ratos, pero al menos, si discrepas, no tienes la sensación de estar luchando contra la marioneta de un bufón que oculta a un amargado rebozado en ganchitos.

Al hilo de esto, reconozco que siempre he tenido una vena combativa que me empuja a discutir, guiado por la diversión algo insana que me produce llevar la contraria cuando creo que la ocasión lo merece. Cuantas más loas leo, más ganas tengo de que me desagrade lo que se ensalza, y viceversa. Los comentarios contrarios son el combustible que alimenta mi entusiasmo. Es la filosofía sublimada del tío coñazo que he ido cultivando y practicando a lo largo de los años. Quizá es porque me aburren los que defienden una corriente de ideas unidireccionales centrada en su propio ego y se niegan a reconocer que pueden estar equivocados. Aquellos que en lugar de opinar adoctrinan me producen urticaria. Todos aquellos que insultan con alegría al que no comparte sus querencias por el mero hecho de pensar diferente, merece una existencia de disgustos. En mi ánimo de eterno discrepador, tampoco puedo entender a aquellos que se sorprenden con el criterio de los demás y responden con furia a aquel que, con educación y basándose en el argumento supremo de su propio parecer, dice abiertamente que les gusta/disgusta una cosa. No hay discusión en las aficiones. No hay posibilidad de enfrentamiento. Podremos debatir sobre defectos y virtudes, sobre interpretaciones, sobre metáforas, pero nunca sobre lo acertado o equivocado de que las cosas nos gusten o no. ¿Quién tiene razón? ¿Quién se equivoca? Uno disfruta de aquello que le viene en gana por las razones que mejor le parecen, y encuentro bastante cargante a aquellos que intentan convencer por todos los medios a los demás de que algo es una mierda o una sublime maravilla con el argumento de la razón y alegando una supuesta objetividad. Doy gracias a Dios por los gustos, los colores y los culos. El amor y el odio se basan en lo irracional y tratar de encorsetar con una plantilla de racionamientos algo tan peregrino como el deseo no deja de ser un ejercicio de prepotencia condenado al fracaso. En esta tarea que casi parece destinada a conseguir seguidores que nos aplaudan con las orejas, hay una alarmante falta de humildad a la hora de poner sobre la balanza los pros y los contras de algo que otro ha creado, y este es un talón de Aquiles común a todos los opinadores, entre lo que, por supuesto, me incluyo. Lo de hablar de algo sin intentar convencer es casi imposible, y es inevitable caer en la tentación de cambiar la concepción que el contrario tiene de aquello sobre lo que se discute. En nuestro espíritu gregario impuesto a fuego por la genética, nos sentimos más a gusto cuando todos asienten al escucharnos o leernos.

No es la primera vez que escribo sobre la libertad absoluta que debemos defender a capa y espada a la hora de hablar de nuestras filias, y me temo que no será la última. El tufo que desprende todos aquellos que intentan imponer sus creencias armados con insultos se extiende como un cáncer por todos los aspectos de nuestra vida. En lugar de intentar compartir el entusiasmo o la decepción que sentimos al disfrutar o sufrir de nuestro ocio, hay toda una legión de puretas ennegrecidos por el moho del pensamiento único, un auténtico ejército de intransigentes que se creen en posesión de la verdad absoluta, como si tal cosa existiera…

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Acerca de Javier Marquina 203 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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