EL PASO DEL DIABLO: Avalancha cerebral.

El incidente del Paso Dyatlov es uno de esos casos digno de Cuarto Milenio. Un misterio al que cuesta encontrar explicación racional y hace que los cerebros de los conspiranoicos se pongan a 200 por hora.

Por Javier Marquina.

EL PASO DEL DIABLOPRIMER FACTOR

Unión Soviética. 1959. Nueve montañeros rusos experimentados comandados por Igor Diatlov desaparecen en los Urales. Cuando sus cuerpos son encontrados no lejos de su campamento, el equipo de rescate no puede dar crédito a lo que ve. Cuerpos semidesnudos y congelados, algunos con ropa de abrigo intercambiada, heridas internas sin señal de lucha externa, ramas de árboles partidas a una altura imposible, un cadáver que emite una fuerte dosis de radiación y un rostro semidevorado por algún tipo de bestia. ¿Aliens? ¿Yetis? ¿Experimentos secretos del gobierno comunista? ¿Casualidad? ¿Rayos cósmicos? ¿Posesión?

El cúmulo de circunstancias excepcionales es campo abonado para nuestra imaginación. Muchas veces olvidamos que lo improbable sigue siendo posible, y que las carambolas, por muy surrealistas que puedan parecer a priori, existen. Algunos lo llaman destino, pero no es más que la física natural mostrándose caprichosa. La Teoría del Caos y el funcionamiento de los sistemas extremadamente complejos demuestran que, cuanto más difícil parece, más posibilidades hay de que ocurra. Eso, unido a la Teoría de la Navaja de Ockham, fundamenta todas aquellas explicaciones sencillas aunque de frecuencia casi inexistente. Ya se sabe: cuando lo imposible se retira de la ecuación, lo improbable, por absurdo que parezca, es la solución a nuestro problema.

Sin embargo, el romanticismo nos puede y es mucho mas aterrador y desasosegante pensar en explicaciones místicas o terroríficas para casos como este. Imaginar un episodio extraterrestre aderezado con el Abominable Hombre de las nieves y una tribu celosa de sus secretos totémicos y sedienta de sangre  tiene mucha más miga que una simple historia de confusión, miedo nocturno y congelación. Podríamos llamarlo el efecto Croatoan: preferimos explicar lo inexplicable de la psique humana con intervenciones de monstruos y fantasmas. De forma evidente, la solución más palomitera también implica mayor emoción e ingresos que la simple racionalidad científica. El cine es un devorador ávido de historias sin explicación y el género del “found footage” es el lugar ideal para hacer una película con el tema de los pobres rusos que palmaron de frío a los pies de la Montaña de los Muertos. Era como ponérselo a huevo a cualquier escritor ávido de aventuras grabadas en una cámara de vídeo.

Los de verdad.

SEGUNDO FACTOR

Tener Movistar Cine es una lotería. Es pura aleatoriedad. Pasas de la mierda a lo sublime tan solo cambiando de canal. Puedes recuperar películas clásicas que hace tiempo querías volver a ver o descubrir mojones infectos salidos de los esfínteres hediondos de las productoras más casposas. Nunca se sabe. Es como jugar a ciegas con la suerte confiando en la buena voluntad de un dios dadivoso. Más allá de los estrenos semanales, los múltiples canales dedicados al cine están llenos de momentos en los que puedes disfrutar de maravillosos recuerdos revisionando “Memento” o “¡Qué tía la C.I.A.!“, o incluso descubrir obras magistrales como “Bunny, the killer thing“. Nunca se sabe. También te puedes topar con engendros que aparecen una cosa y acaban siendo otra, y que bajo la excusa de una historia interesante desarrollan un despropósito que se mantiene con dignidad al principio para acabar despeñándose en una orgía apresurada de efectos digitales hechos con la GameBoy del sobrino. A veces es sorprendente la cantidad de bazofia que es capaz de generar el ser humano.

Los de mentira

TERCER FACTOR

Y así llegamos a este “El Paso del Diablo“.

No voy a declararme fan de Renny Harlin porque estaría mintiendo como un bellaco. A pesar de sentir hacia él cierto cariño nostálgico nacido de “Las Aventuras de Ford Fairlane” y de cierto homenaje implícito a cierta película de piratas dirigida también por él, la filmografía de este señor podemos resumirla en una segunda parte lamentable, unos imágenes espectaculares de montaña y una aportación plana pero entretenida a las películas de tiburones. Más allá, el vacío rutinario de un director digno de telefilm.

Para apuntalar mi cruel afirmación, lo que aquí nos encontramos es un claro ejemplo de cómo joder algo que no iba tan mal. Por momentos llegué a sentir la tensión y ese vacío agorafóbico que la inmensidad de los paisajes naturales nos sugiere. La nieve, en su blancura dolorosa es un elemento perfecto para las películas de terror, en una curiosa contraposición a ese horror atávico surgido de la indefensión que nos sugiere la oscuridad y la noche. Los personajes eran grimosillos pero soportables, lo justo para desear su final trágico con un ligero regusto de remordimiento. La cosa prometía a pesar de los funestos augurios, pero al final somos hijos de la genética y el determinismo, y las carencias salen a flote en cuanto uno tiene que ir cerrando la historia y llegar a algún tipo de final satisfactorio.

Los muertos de verdad

El misterio es más horrible cuanto más difuso sea. Cuanto menos sepamos de él, mucho mejor. Mostrar más de la cuenta es peligroso, ya que las imágenes explícitas suelen quebrar la magia que nuestra imaginación ha creado para nosotros. Tienes que hacerlo muy bien o todo se vendrá abajo. Aquí es donde reside la fina línea que separa el miedo del bochorno y de la risa nerviosa que no puedes evitar soltar cuando te llenas de vergüenza ajena. Aquí es donde se encuentra la barrera del ridículo.

El Paso del Diablo discurre por rangos aceptables hasta que el guionista decide beber anticongelante y fumar crack a través del tubo de escape oxidado y lleno de plomo. ¿Qué empuja a alguien a usar partes de Lost y de El Experimento Filadelfia en una misma historia? ¿A quién se le ocurre usar unos seres mutados que aparecen y desaparecen como un Rondador Nocturno de saldo? ¿En qué momento tu cerebro decide que usar un portal tipo Stargate en una película de terror es una idea cojonuda? Yo, desde luego, no puedo explicarlo. La cutrez del tramo final es una avalancha de despropósitos acelerados que buscan el susto fácil por encima del ambiente y la tensión y petardean más que una traca en cuanto ves el trabajo mediocre de unos expertos en efectos especiales que decidieron compartir la pipa de speedball del guionista. Toda la congoja que habían conseguido crear a base de frío y paisaje imponente se difumina con el manido efecto de la cámara de visión nocturno y los túneles tétricos sacados de cualquier videojuego del género. El intento de tratar de explicarlo todo y cerrar el círculo nos conduce a un final bochornoso que nos toma por idiotas al redundar en algo que queda claro por sí mismo, en uno de esos pretendidos finales sorpresa que se veía venir desde que la teleportación a lo Michael Paré hace acto de presencia.

Los muertos de la infografía.

Por mucho que lo intentas, al final el sentimiento de hastío se apodera de ti al comprobar que, otra vez, te vas a quedar sin ver una buena película de género y te vas a tener que conformar con el típico morro arrugado que te producen la rutina, la bisoñez y el cartón piedra generado por ordenador. ¿Alguien necesita saber cómo joder una buena historia basada en uno de esos casos reales que por mucho que racionalices te siguen poniendo los pelos de punta? Entonces estáis de enhorabuena. Vuestra película es “El Paso del Diablo“.

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Acerca de Javier Marquina 218 Articles

Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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