El Rayo Mortal, o uno de esos cómics que todo el mundo debería leer antes de morirse.

A veces todo lo que necesitamos para cometer actos de una monstruosidad aterradora es un pequeño empujón, un momento de furia, un mal día. A veces, todo lo que hace falta es fumarte un cigarrillo y empuñar una pistola de rayos.

Por Javier Marquina.

Reconozco, muy a mi pesar, que la compra de El rayo Mortal fue más una obligación autoimpuesta, un deber moral surgido después de haber recomendado la obra en mi entrada mensual de ‘cosas que hay que conseguir este mes’. Es más, a punto estuve de no comprarlo al ver el formato gigante al que tan poco aficionado soy, el grosor de la obra y sobre todo, el escandaloso precio. Creo que cada obra está concebida para ser publicada en un formato determinado y todas estas operaciones de reedición en modo chicle, estirando el tamaño de forma artificial, no le sientan demasiado bien ni al dibujo, ni al color. Un comic-book debe tener tamaño de comic-book y no de album europeo, de periódico del siglo diecinueve o de la catedral de Burgos. Además 56 páginas por 17,90€ me parecen pocas páginas para semejante precio, por mucha tapa dura y muy grande que sea la edición.

Pero como soy un tipo de palabra y dije que había que comprarlo, pues me hice casi a mí mismo y lo compré. Afortunadamente, soy un tipo de palabra. De otra manera habría dejado escapar un cómic monumental, un clásico cuyo lomo rosa decorará mi estantería en un lugar preferente.

Ultimamente intento leer comics más allá de mi tradicional frontera superheroica de las dos grandes editoriales americanas. Intento alternar a Batman y El Captán América con algo más de material europeo, incursiones en autores españoles que me han permitido descubrir auténticas joyas de este arte como El Héroe y, conociendo mi afición por la literatura norteamericana, cómic independiente y underground clásico, que para algo llevo gafas de pasta. Así es como llegué a Daniel Clowes y a El Rayo Mortal.

A menudo lo que me suelen transmitir este tipo de cómics es desasosiego. No sé si por su estructura no siempre lineal, su complejidad, lo temas que tratan o esa sensación de normalidad errónea bañada en drogas, sexo y ansiolíticos. Al igual que ya me pasara con la excelente y perturbadora Agujero Negro de Charles Burns, lo primero que siente uno al sumergirse en las páginas de apariencia cotidiana de la obra de Clowes es que algo no funciona. Algo no encaja. Algo se esconde en los bordes de la viñeta. Algo monstruoso, salvaje y, a la vez, real. Si despojamos a la historia de su componente más fantástico, lo que queda somos nosotros. Nosotros frente al espejo. Lo importante en Agujero Negro no es que una enfermedad de transmisión sexual mute a los seres humanos en monstruos o que en El rayo Mortal un niño descubra que su padre le ha dejado en herencia una pistola desintegradora y la capacidad de adquirir fuerza sobrehumana cada vez que fuma. Lo importante es lo que subyace. Lo que de  verdad importa es discernir quién es el verdadero monstruo en la obra de Burns o lo que seríamos capaces de hacer investidos de poder absoluto y sin miedo alguno a responsabilidades o represalias en la de Clowes.

Porque esa es la verdadera pregunta, la auténtica razón de ser de El Rayo Mortal. A través de una cuidada composición de la página, del uso de multiples recursos descriptivos, desde el cambio continuo de narrador y por tanto de punto vista hasta la estructura de cada viñeta, el uso inteligente de los bocadillos, la tipografía, el color, los fondos… Con todas estas herramientas a su alcance, Daniel Clowes nos narra la historia de un hombre normal, de un adolescente tipo que, de repente, descubre que es capaz de hacer cosas increibles y, lo que es más importante, que estos poderes le permiten actuar con una impunidad total. De Snooopy y Charlie Brown a  las splash-pages de los cómics de superhéroes de los 90. Del costumbrismo realista al delirio del color de los trajes de spandex. De Kirby a Crumb. Todo vale en las manos de Clowes para contar el desolador panorama de alguien normal que de repente deja de serlo. La odisea de un mediocre que descubre que puede ser un dios y de las cosas horribles que podemos llegar a hacer cuando nos sentimos poderosos.

La Historia del hombre nos enseña que, por desgracia, un gran poder no conlleva una gran responsabilidad, sino una gran impunidad. Las guerras nos demuestran que cualquiera es capaz de ejercer actos de crueldad monstruosa. El panadero de tu barrio puede ser un violador en serie. El peluquero un hábil asesino genocida.El médico de familia de tu centro de salud puede conducir a legiones de niños a la cámara de gas con una sonrisa en la cara. La sociedad asume con facilidad y alegría que el ser humano es capaz de realizar actos de heroismo y bondad, pero es incapaz de admitir que también tenemos la semilla del monstruo engarzada en el alma, que somos capaces de lo peor, y que además somos capaces de hacerlo sin casi afectación. La sociedad sabe ensalzar a los héroes porque necesita con desesperación sentirse buena y heroica, pero es incapaz de manejar a sus monstruos, porque no concibe su existencia y se niega a explicarla.

Es a esto a los que nos enfrenta Clowes. Al monstruo. Pero al monstruo sencillo y normal. Al monstruo que es tu vecino y no un psicópata de manual, estridente y desquiciado. Al monstruo que pasea al perro todos los días y te saluda con educación. Al monstruo y a la idea aterradora de que conferidos de omnipotencia, nuestra tendencia natural es hacia el desastre. El superhéroe es un concepto romántico pero imposible. Superman no existe. Dotados de superfuerza, todos somos un John Wayne Gacy en potencia. Quizá no genocidas dispuestos a borrar de la existencia a toda una raza, pero sí asesinos mezquinos con el poder de eliminar de la creación a todo aquel que nos incomode. Y es justo ahí donde El Rayo Mortal genera su angustia. Ahí es donde suelta su gancho de izquierdas y nos machaca el estómago, dejándote con la inquietud de la obras geniales que te hacen reflexionar. Clowes dotado de simpleza, contundencia y arte, nos plantea una demoledora pregunta, que nos expone y nos inquieta, por posible y por cercana.

¿Qué haríamos nosotros con el Rayo Mortal?

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Acerca de Javier Marquina 210 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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