EL REY DE LA CARRETERA, the show must go on

¿Cuál sería la única forma de que el mundo, tal y como lo conocemos, desapareciera y a nosotros nos diera exactamente igual? Que la tele siguiera emitiendo.

Por Teresa Domingo.

 

La tele. Ese invento tan jodidamente grande con el que se podrían hacer llegar tantas cosas a la población y del que sólo recibimos basura. Se producen miles de series, películas y documentales cada año por todo el planeta, suficientes para tenernos anclados a la pantalla para el resto de nuestras vidas, pero, ¿qué es lo que consumimos? Pues lo dicho: mierda. Y a nosotros parece que nos encanta rebozarnos en ella.

Más realities de los que se pueden consumir abordan nuestras parrillas cada semana, sin dejarnos apenas respirar entre unos y otros, y en ninguno se hace gala de valores o datos interesantes  que hagan crecer al espectador. Todo lo contrario. Cadenas de televisión que basan toda su programación en comentar las miserias del famosete de turno entre gritos e improperios. Concursantes con más ansias de fama que cerebro en la cabeza son los que copan las cadenas televisivas y se plantan allá donde haya un programa absurdo donde presumir de todo menos de inteligencia.  Tertulianos que despellejarían a su madre por un hueco en un sofá en el que desgañitarse hasta perder la voz y la compostura, opinando de las nuevas tetas de La Vane en prime time.  Y, mientras tanto, la sociedad apoltronada en su sillón deglutiendo vidas vacías ajenas, llenando sus cabezas, y lo que es peor, las de los adolescentes, de delirios de grandeza de mercadillo. Carne de cañón para que la rueda nunca pare de girar.

De esto precisamente va El Rey de la Carretera. En un futuro post-apocalíptico, la gente que ha sobrevivido a la gran catástrofe se aglutina en cómodas ciudades, donde no falta de nada. Ni siquiera la tele. El programa estrella es El Rey de la Carretera, un atípico héroe que recorre y explora el mundo exterior, lleno de peligrosas criaturas mutantes, terribles supermercados veganos y bandas de supervivientes organizadas al más puro estilo Mad Max… en enormes sets de rodaje. Para ganar (más) audiencia, crean un concurso en el que diez elegidos se disputarán el título de Rey de la Carretera en un programa tipo humor amarillo, sólo que, como todos los programas concebidos hoy en día, lo que menos importa es quién cocina, sobrevive, busca granjero o se casa con su madre mejor. Lo que retiene a la gente frente a las pantallas es el morbo por el morbo, el humillar y reírse a costa de concursantes muertos de hambre, en este caso en sentido literal. Hasta que una pareja de supervivientes del exterior, de las de más baja calaña consiguen colarse en los entresijos de la tele y alzarse como las princesas del pueblo. Pero cuando alguien de otro estrato social asciende en el escalafón, el resto también quiere…  ¿Conseguirán entre todos quitarle el puesto y la fama a El Rey de la Carretera?

Magistral la sátira concebida por Josep Busquet, que encierra una gran crítica a la programación televisiva, a la prensa amarilla y sensacionalista que la maneja sin escrúpulos, a la sociedad pasiva de hoy que deglute sin pensar lo que esta paupérrima programación le ofrece y a la diferencia de clases, cada vez más palpable, que ocasiona que los más vapuleados sean precisamente los que más consumen este tipo de programas, quizá deseando que sea su suerte (fugaz) la que cambie.

Y espectacular la ejecución de José Ángel Ares, prolífico dibujante al que hace tiempo venimos siguiendo en la Isla. Precisamente por eso sabemos el cambio de estilo radical que ha hecho para esta ocasión. Acostumbrados a sus dibujos de tono amable, para El Rey de la Carretera su trazo se vuelve sucio y duro, acorde con los tiempos que les ha tocado vivir a los protagonistas. No quería desvelaros que hay una gran pelea final, pero el juego con el espacio, e incluso el tiempo, que Ares realiza en ella y a través de los contrincantes, me obliga. Todo vale en el amor y en la guerra, así que esta batalla implica agarrar, lanzar y escudarse con las viñetas, realizando un grandioso y divertido ejercicio de composición de páginas. Lo que sí tengo que mencionar son los guiños a famosos y conocidos (incluidos ambos autores y algún familiar -genial el control de realización- ) que salpican las páginas del cómic y que ya vienen siendo habituales entre los personajes de este dibujante.

Gracias a obras como ésta, que edita Aleta, se puede ver con algo de perspectiva el círculo vicioso televisivo en el que anda metida nuestra sociedad. La pena es que los que están viendo realities no leen cómics que los denuncian. Así que, todos tranquilos, comprad el sillón más cómodo que podáis, que mientras haya tele que nos lo retransmita, ya puede venir el Apocalipsis que the show must will go on.

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Acerca de Teresa Domingo 147 Articles
Si es creepy, es para mí.

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