¿En qué se parecen iCarly y Farenheit 451?

¿Quién quiere pensar si pensar muchas veces te hace llorar? ¿Es que eres un bicho raro que no quiere ser feliz?
Por Patri Tezanos

Hace un tiempo encendí la tele y saltó a mí esa serie infantil que echan en Clan (creo que es Clan) llamada iCarly. Niñas hormonadas de 13 o a lo sumo 15 años, maquilladas, con extensiones rubias hasta el suelo, labios embadurnados de gloss, vestidas a la moda haciendo travesuras al estilo América. En concreto ese capítulo iba sobre que la protagonista, Carly (supongo), “tenía derecho a estar enfadada” porque no había conseguido pareja para el baile de final de curso. Me quedé mirando porque sabía que llenaría mi depósito para escribir este post.

Entonces… ¿en qué se parecen iCarly y Farenheit 451? Pues en que ambos productos reflejan un mundo muy similar que seguramente nos disgusta (o no, quién sabe).

Farenheit 451 nos introduce en un país más o menos futuro y distópico (no mucho más avanzado que este) en donde está prohibido leer. Tómese leer como la materialización del pensar, porque es pensar lo que en aquel país es absolutamente aborrecido, no sólo por el gobierno sino por la sociedad entera. El que piensa, el que trata de entablar una conversación o leer, allí no es más que un aguafiestas y eso puede conllevar ciertas complicaciones legales que derivan, si te pillan, en tus huesos sobre una cama de un hospital mental. Y es que, ¿quién quiere pensar si pensar muchas veces te hace llorar? ¿Es que eres un bicho raro que no quiere ser feliz?

La realidad que describe Farenheit 451 no es explícitamente verdad. Por suerte, en nuestra sociedad nadie es detenido por intentar leer, pensar o hablar (toquemos madera). No hay nada material que lo impida. No obstante, la realidad que estamos perpetuando y construyendo para futuras generaciones a través de productos como iCarly es como la de Farenheit 451, solo que con un ingrediente más que la empeora: la insidia, por su presentación laxa e inocente, nunca puesta en duda, en donde las barreras al intelecto no las coloca una autoridad sino la sugestión y el adoctrinamiento.

iCarly, que no es más que un ejemplo de las muchas que pululan por la televisión para un público infantil, resulta pues una distopía similar a la de Ray Bradbury para ojos que sepan leer entre líneas y poner en contraste las “enseñanzas” que lanzan esas niñas hormonadas, esas cheerleaders, al público infantil. iCarly es pura propaganda pro estilo de vida que lleva Millie, la mujer de Guy Montag, y el resto de sus vecinos, pero encima, desprovista de cualquier advertencia interna, de cualquier moraleja, se posicionan como el espejo en que deben reflejarse los críos y, lo peor, en los que quieren verse reflejados, sin opción a crítica alguna, abrumados porque es lo que adopta la mayoría y porque en esas edades se buscan desesperadamente modelos de comportamiento más allá de papá y mamá.

Esas series son vehículos de modos de vida que saltan a los ojos de los niños enseñándoles que lo cool y lo guay es que la vida sea eso que pasa entre jornada de shopping y jornada de shopping, entre baile de instituto y baile de instituto, entre ciclo de abdominales y ciclo de abdominales, entre tarde de pintarse las uñas y tarde de pintarse las uñas. También enseñan que la persona que piensa y sabe (el típico niño empollón) no es más que el gordito bufón y gracioso, segundón eterno: lo que hay que evitar ser; y que el atributo de inteligencia sólo es aceptable en una descripción en donde se incluya, ante todo, la palabra guapo, que es la condición sine qua non este sujeto “x” sería novio de la protagonista: el éxito. ¿No es de estas cosas de las que precisamente nos está advirtiendo Farenheit 451? Es tal cual la realidad (distópica) que nos presenta el libro. ¡Y la aceptamos!

El libro de Ray Bradbury es una oda a las luces del hombre, a su inteligencia, sensibilidad, capacidad de crear a partir del diálogo, el intercambio de una inteligencia con otra, a partir de la herencia que la misma humanidad se va dejando a sí misma. No obstante, ahí están esos productos siendo televisados y condicionando en más medida de lo que pensamos la percepción de lo que es la vida que tienen nuestros menores, reduciéndola al entretenimiento, quemando, como en Farenheit 451 hacen, cualquier modo de vida distinto. Construyen y meten en la cabeza de los niños, justo cuando su personalidad se está forjando, un mundo de plástico y de consumo, un mundo con una escala muy pequeña de preocupaciones y motivaciones.

OJO: No estoy diciendo para nada que el entretenimiento sea deleznable ni que debamos huir como de la peste de esas cosas que manejan en los argumentos de iCarly (bailes de insti, maquillaje, chicos/as, travesuras, whatever…), pero sí que mostrar las posibilidades de la vida y de la inteligencia reducidas a eso merma mucho la gloria (por llamarlo de alguna forma) del ser humano. Al fin y al cabo nuestra inteligencia es lo que nos distingue como especie y a lo largo de los siglos hemos producido un sin fin de mundos e ideas muy rico como para que un gran peep toe lo pisotee, lo hierva un rizador de pelo o lo anegue y disuelva un mar de lágrimas derramadas por el desamor con un chico/a que sólo ha conseguido en su vida ser el más guapo/a de la clase.

“Nos encaminamos directamente al precipicio, Millie. ¡Dios mío, no quiero caerme!” dice en un momento del libro su protagonista, Guy Montag. Expresa muy bien cómo debemos sentirnos y la pregunta que debemos plantearnos: ¿qué clase de ser humano queremos ser en el futuro? ¿Debemos dejarnos “proteger” por estos Guardianes de la Felicidad que son estos estilos de vida libres de toda actividad del intelecto?

Podríamos entrar en millones de debates con argumentos igual de válidos a la luz de la tabla que relaciona Felicidad e Inteligencia hecha por Lisa Simpson y que apuntala este post. Es verdad que estamos en una jaula de oro de la que no podemos salir. Somos inteligentes pero a veces pensar nos produce una gran insatisfacción porque no somos lo suficientemente inteligentes como para saber qué somos y qué hacemos aquí, qué es la vida, cuál es su finalidad… Pero creo que de algún modo todos estamos de acuerdo en que pensar es mejor que no hacerlo y que la vida gana mucho en experiencias, intensidad y dimensiones si nos damos de vez en cuando buenos paseos por las maravillosas sendas de la introspección, la crítica y la imaginación propia o ajena.

Fuck the cheerleaders.

Sigue a Patri Tezanos en Twitter: @PatriTezanos

5 comentarios en ¿En qué se parecen iCarly y Farenheit 451?

  1. Una pasada de post. Muchas veces cosas que creemos totalmente asépticas resultan bastante peligrosas, sobre todo para las mentes infantiles.
    Y pensar que la gente se indignó con series de televisión como Dragon Ball o Shin Chan y nadie protesta por este tipo de cosas…

  2. Veo Disney Channel y ,a excepción de Phineas y Ferb que es una serie que intenta o parece que quiere fomentar la inteligencia; solo veo basura, sin sentido, inconexa y repetitiva; hay ocasiones en que tiene su gracia, pero es más de lo mismo, iCarly.

  3. La máxima en totalitarismos ha sido siempre “idiotízalo y si se resiste mátalo, pero siempre explótalo”. En ésta zona del planeta Farenheit 451 se nos idiotiza hasta la abducción de forma sutil y “no tan sutil”, aunque en la zona salvaje no importa matar sin ton ni son.
    Bradbury, Huxley y otros siempre me han parecido exploradores sociales de la máxima importancia, nada que ver con esos profetas de medio pelo que pululan en nuestra babosa craneal

    Magnífico post leido gracias al comentario de mi amigo Felix (M4gan) con el que colaboré en el relato de Bradbury de su última biblioteca de Trantor (rayjaen).
    Tienes unn blog a seguir con atención (siempre que consiga quitarme la babosa de la cabeza).

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