ENTER THE KANN. El viaje definitivo.

Esto no es un cómic. Es un huracán. Abrochaos los cinturones. Vomitad la biodramina. Olvidaos del LSD. Quemad esa roca de cristal en una hoguera. Toda la droga que necesitáis está dentro de estas páginas, porque KANN es un subidón de la hostia.

Por Javier Marquina.

KANN Portada
Pincha si lo quieres…

No me lo esperaba.

Bueno, en realidad sí. Sí que me lo esperaba. Pero como algo que tratas de imaginar y no sabes muy bien como definir. Como esos sueños que parecen vívidos nada más despertarte pero que a los cinco minutos son un recuerdo borroso que te ves incapaz de reproducir. Sabía que iba a pasar, pero no conocía los detalles. Había visto chispazos, partes y retazos. Intuía lo que iba a suceder, pero desconocía la dimensión de lo que se avecinaba. Tenía plena confianza en el talento de Víctor Puchalski.

En eso no ha habido sorpresas. Sabía que me iba a gustar. Sabía que me iba a pegar una bofetada de esas que daba el añorado Bud Spencer con la mano abierta. Sí. Todo eso lo tenía claro. Lo que no esperaba es tener que ir a Cuenca a buscar la tapa de mis putos sesos, porque salió propulsada como un misil nuclear al acabar la lectura de esta obra magna del macarreo, la mala baba, el concepto, el kung-fu de videoclub, los Masters del Universo y el cuero con remaches.

La leche.

La puta leche.

KANN PáginaDe la portada a la contraportada pasando por cada una de las páginas. A color. En blanco y negro. Con su carga conceptual. Sucio. Oscuro. Utilizando ese trazo vomitado por un Mad Max ciego de horchata, mistela y costo culero. En cada puerta soñada por Jack Kirby. En cada esquina de cada una de esas composiciones que hay que desentrañar como un puzzle japonés, con el ping-ping-ping-ping de una jodida Caja Madre atronándote en los tímpanos. Con el hedor de la brigada Mattel. Con el glam metal hortera  y definitivo de Mötely Crüe o Poison. Con la filosofía deformada de un shaolin de barrio hasta el culo de nandrolona. En cada jodido golpe de lápiz. En cada pincelada.

La jodida leche condensada.

Parte viaje iniciático, parte Kárate a Muerte en Bangkok, parte venganza contra ese padre hijo de puta que te ha convertido en un monstruo con un ansia irrefrenable por devorar el mundo, Enter the Kann es la batidora que te come los dedos a golpe de viñeta. Sexo, religión, viajes, dioses supremos con forma de cristal de Svarovski, manga y cómic romántico que trata de construir una vida llena de rosa llenándola de borrones de negro. El semen. La peste. La nieve. La jodida trinidad salvaje. El héroe más cabrón repartiendo venas y hostias con su cuerpo cincelado por un martillo neumático. Sangre, pus, coletas y trajes de rayas hechos a medida.

La novela gráfica de Puchalski carece de moral porque no la necesita. No busca el orden ni la narración clara del que quiere que su historia sea unívoca y predecible. Aquí se vomitan ideas y recursos con la finalidad honesta de dejar sin aliento, de hacer que leas y releas una y mil veces contrariado por una fealdad puesta al servicio de una violencia mezquina, mientras encuadres de composición deslumbrante te ciegan con la belleza definitiva de páginas y páginas y más paginas que funcionan como un reloj. Esta Odisea del fill de puta es una maquinaria compleja hecha con las tripas, ajena esa colección de pusilánimes y blandos que en público se llevan las manos a la cabeza cada vez que ven una polla o un coño, mientras en la soledad del hogar se pajean con fotos de niñas desnudas. Es un caballo de Troya contra el mediocre, un virus que ataca las neuronas de tanto miserable rancio y flojeras.

KANN Manga

Kann, al contrario que ellos, es sincero. Es inconfundible. Es ese antihéroe romántico que escupe su ideología sin tapujos, ajeno al mundo ficticio en el que viven los que le rodean. Es el agente del caos que solo quiere que el mundo arda porque está cansado de toda la podredumbre con la que el sistema nos entierra a diario. Es el sistema mismo, perfeccionado, hecho carne, que acumula poder con una avaricia desmedida para, una vez en la cima, apretar el botón rojo que descarga radiación sin descanso. Kann es sexo sobre una moto. Una mamada en la oficina. La sangre que te llena la boca en una pelea de bar. La primera erección adolescente en la sección de pornografía de un videoclub lleno de Betamax. Las cuentas de un rosario hecho de los dientes que saltan después de morder el bordillo de una acera.

Kann es una puta pasada, porque se compromete y rinde homenaje a esa cultura de supermercado barato con la que toda una generación hemos crecido adorando la verdad que hay en lo pretendidamente cutre. Al cine de serie Z. A las novelas románticas. Al culebrón venezolano. A los gladiadores y espartanos. A He-Man. A Skeletor. A Man-At-Arms. A ese templo brutal llamado Pudridero. A la asfixia autoerótica de un David Carradine cansado de dar patadas. A Charles Bronson. A Calles de fuego. A tardes dominicales en el cine de los Salesianos viendo El mono borracho en el ojo del tigre…. ese cóctel lleno de colores y parpadeos estroboscópicos que se junta en un combo perfecto que al final somos nosotros.

Y ahora que ya he soltado toda mi mierda posmoderna, solo me queda deciros que si el futuro de los cómics en España tiene esta pinta, si esta es la manera en la que se van a editar las obras de la nueva gente que viene empujando con todo, entonces estamos ante un futuro acojonante. Y Enter the Kann es una magnífica prueba de ello.

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Acerca de Javier Marquina 192 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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