EL ESCULTOR. Tan grande como la vida.

Scott McCloud es uno de los autores de cómic más importantes desde Will Eisner o Frank Miller. Pocas personas conocen de la misma manera el medio, lo han elevado hasta límites increíbles o controlan la ciencia y artesanía de la viñeta de la misma manera que el autor de ‘El Escultor’.

Por Andrés R. Paredes

David Smith está en el momento más bajo de su vida cuando da de bruces con la muerte. En este caso se trata de una muerte amable, personificada en el cuerpo de su tío Harry. David se encuentra fatal porque ya no tiene familia (su hermana y sus padres murieron hace tiempo) y sus intentos de hacerse un nombre en la escena del mundo del arte neoyorquina no está saliendo todo lo bien que esperaba. Está a un paso de convertirse en un vagabundo. Sin embargo, la muerte está de su lado y le ofrece un trato: Durante 200 días podrá cumplir el sueño de su infancia: poder manejar cualquier material a placer, moldear el granito, el metal, cobre… lo que desee. David acepta.

Poco puedo decir de la maestría artesana con la que está construida esta obra de cinco capítulos. El diseño de cada una de las páginas, splash pages y viñetas, así como la colocación de cada bocadillo, roza la perfección. No podríamos esperar menos de un autor de obras como Understanding Comics, Making comics y Reinventing Comics. Puede parecer una tontería, pero McCloud se ha pasado toda la vida estudiando y desarrollando teorías sobre el arte que mejor conoce y controla. Y esto se ve reflejado en su obra.

Por supuesto, la historia no trata únicamente de cómo David se convierte en un artista de éxito. A lo largo de las 488 páginas del volumen descubrimos también a Meg, en un principio salvadora, después amiga y por último pareja de David. Su arco, su personalidad y su manera de vivir son pilares fundamentales de la novela, como también lo son los del amigo de David, Ollie, que lo ayuda a moverse por el escenario escultórico. O Mikey, o Bati… Uno de los grandes puntos a favor de la obra de Scott MccLoud es que absolutamente todos los personajes tienen profundidad. Se les nota vivos. Tienen sus propias vidas, siguen adelante cuando están fuera del escenario. Cada personaje consigue cosas íntimas, tiene sus logros y sus fracasos. Con David en el centro del huracán de sus 200 últimos días en la tierra, Nueva York gira a su alrededor a una velocidad de vértigo. Y sin embargo, David consigue prevalecer como el protagonista en todo momento.

Otro de los pilares básicos de El Escultor son los pequeños momentos. Esto sonará a tópico, pero (confiad en mí, dediqué 6 años a estudiar Bellas Artes) las grandes y pequeñas obras de arte nacen de los detalles. De las cosas que vemos en el día a día y son como pequeños oasis especiales que calan hondo. Todo el cómic está lleno de estas pequeñas escenas: David mirando a mujeres sostener sus bebés, un banco vacío, una obra de teatro… pesan tanto como los momentos magníficos (la primera aparición de Meg como un ángel caído del cielo), o las grandes estructuras de David. Es de estos pequeños momentos de los que David extrae toda su creatividad, y todos sus deseos de hacer algo mucho más grande toman forma a partir de estas pequeñas escenas que en ocasiones no ocupan más que una viñeta pero que se quedan grabadas en el cerebro del protagonista… y en el nuestro también.

Permitidme soltar otro tópico, pero es que en este caso es cierto: El Escultor es una obra tan grande como la vida misma. La odisea de David Smith y su deseo por convertirse en alguien respetado toca casi todos los palos de la existencia humana, desde el significado del arte, a la importancia del amor, a los problemas mentales. En muchos sentidos, la obra trata de lo fútil y fugaz que es la vida, y de cómo pasando de viñeta a viñeta y volviendo cada página estamos matando a David y obligándole a morir. Cuando acabemos el libro, lo dejaremos en un estante, lo devolveremos a un amigo, lo entregaremos a una biblioteca y allí se quedará, esperando a que otra persona venga y lo lea y se olvide de él. Y mientras David opina que la vida no es así (o al menos no debería serlo), la realidad le dice constantemente lo contrario. Su propio nombre, David Smith, es mostrado como uno de los nombres más vacíos que existen en la lengua inglesa. Existe incluso una página en la que el protagonista revisa en un listín telefónico la cantidad absurda de Davids Smith que hay en Nueva York. No hay manera de resaltar tras la muerte. O quizá sí.

Teniendo como corazón de la narración la muerte inminente e inevitable del protagonista, El Escultor trata en muchos sentidos de la inmortalidad a través del arte. Una de las promesas sagradas que David hizo a su padre antes de que muriese fue hacerse un nombre. No ser olvidado. Ese es el motor de sus acciones, su deseo principal. Lucha en cada viñeta primero por salir adelante, después por sorprender a mecenas y críticos y por último a sí mismo. He aquí el punto en el que el abajo firmante se siente más identificado con el protagonista de la obra: David Smith busca la valoración externa a lo largo de dos tercios de la novela, desea ser querido. Pero en realidad no lo necesita. Tan sólo necesita hacer las obras por sí mismo. Necesita su propia validación, su propio objetivo. Quererse. Tan sólo proyectando ese deseo hacia su obra conseguirá, de alguna manera, ser inmortal.

Sigue a La Isla de las Cabezas Cortadas en Twitter y en Facebook.

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*