ETHER. Bienvenidos al Nuevo Mundo.

El primer tomo de Ether es el caramelo que te engancha a la droga peligrosa de un mundo nuevo por explorar. Es la puerta por la que echas un vistazo a un vasto universo en el que puede pasar cualquier cosa.

Por Javier Marquina.

Algo que siempre me ha fascinado del cómic es su capacidad ilimitada para generar mundos nuevos y sensacionales con medios tan económicos como un lápiz y una resma de papel. Es la imaginación de las personas implicadas en el proyecto la que dicta los márgenes de los universos que se ponen a disposición de los lectores, y libres de las restricciones presupuestarias típicas en esferas como la cinematográfica, el límite para la creatividad es inexistente. Soy un completo enamorado de los conceptos que huelen a frescura, y me maravillan todos aquellos diseños que cuentan una historia por sí mismos, como si la genealogía de cada nuevo ser inventado para la ocasión hubiera sido escrita por entre las líneas y colores que componen su estructura.

ETHEREs algo que sentí en su momento con Hellboy (y, sobre todo, con su hermanastra A.I.D.P.), que he recuperado con la fascinante Rumble de Arcudi (cómo no) y Harren y que en gran medida me ofrece Ether, la obra de Matt Kindt y David Rubín. Si tuviera que empezar hablando de lo malo, pondría por delante lo breve que se hace el tomo que publica Astiberri en un esfuerzo editorial fantástico que consigue que los lectores españoles tengamos nuestra edición “HC” antes incluso que los americanos. Cuando te quieres dar cuenta, estás en la última página, y lo único que sabes es que quieres más. Es así. Porque sabe a poco. Sobre todo cuando lo devoras en un parpadeo.  A priori esto podría podría indicar que el contenido real de la obra es escaso, pero es una sensación engañosa. Los cinco número de la serie americana incluidos en este volumen son el esbozo de un algo mucho más grande y profundo del que solo se nos ofrece un reflejo parcial, pero atiborrado de detalles, como una reinvención de la parábola del ciego, la columna y la pata del elefante. Además, gran parte de la culpa de que las 136 páginas se lean en un suspiro la tiene el fluido dibujo del propio Rubín, que une potencia, funcionalidad y criterio con el aroma clásico del pulp y las aventuras, dispensando un combinado que brilla con luz propia gracias a su estilo único y su potentísimo uso del color. El gallego sigue consolidando sus habilidades gráficas y su pericia narrativa en un despliegue que te conduce del principio al final sin soltarte, y destaca con una imposible y efectiva  mezcla entre pulso firme y  ritmo frenético.

El mundo creado por ambos, Kindt y Rubín, Rubín y Kindt, casi indistinguibles en el decorado y la composición de Ether, se presenta como un mero fogonazo de miles de historias por contar; un organismo fantástico y vivo que mezcla cuentos de hadas  con reflejos de la Ciudad Esmeralda, intérpretes dignos de Alicia en el País de las Maravillas y cadencias temporales propias de Washington Irving y su Rip Van Winkle. Alguien podría objetar que la historia del asesinato con bala misteriosa es algo propio del 99% de las peores historias del inefable Jeph Loeb, pero aquí lo realmente importante son los caminos por los que los protagonistas transitan, junto con el dilema moral y personal que se esconde tras cada viaje y tras cada misterio investigado. Boone Dias, el imaginauta de nuestra historia, es una aleación consistente de Reed Richards y Sherlock Holmes cuyo nombre casi parece saludar un eterno amanecer de cosas nuevas; un ente magnético que esconde una adicción obsesiva por la ficción; un paria prisionero de una pulsión incontrolable que le convierte en un sujeto ambiguo a su pesar; un humano en un mundo de mitos que se debate entre el héroe mitológico y el vagabundo mugriento.

Por si esto fuera poco, también sale un homínido parlanchín mezcla de lemur y Big Foot que te hace cruzar portales a otra dimensión a base de patadas en el trasero. ¡Zas! Puntapié en la nalga y estás en Nunca Jamás. A ver quién es capaz de resistirse al atemporal encanto que une el clásico gag del cine mudo con las tierras paralelas y los vórtices dimensionales. Solo falta la presencia de primigenios tentaculares y estructuras monolíticas inspiradas por Kirby para hacer de mí un entregado foco de felicidad eterna. Quizá en el próximo tomo…

La mejor manera de viajar del mundo…

Ether: La muerte de la última Llama Dorada es la historia, el entorno y los personajes, pero también las páginas del bestiario imaginario que separan cada uno de los capítulos o el mapa que insinúa futuras tramas y eventos. Ether es un prólogo muy  prometedor lleno de ideas potentes. Una de esas batidoras en las que Kindt imagina y, compinchado con un Rubín que sigue produciendo contenido de soberbia calidad a una cadencia asombrosa, nos ponen en la casilla de salida para una posible saga para el recuerdo. Sigo echando de menos al David Rubín que ejerce de autor completo, pero puestos a esperar, Ether es un trabajo perfecto para aliviar la ansiedad. ¿Cuántos ciclos tendrá esta serie? ¿Cuánto dejaremos sin explorar? ¿Tendremos la oportunidad de ver como estos dos autores componen ese enorme mosaico que tienen en la cabeza? El tiempo lo dirá. Por ahora tenemos un buen catálogo de conceptos llenos de posibilidades. Una presentación de muchas cosas por llegar, hacer y ver. Un viaje a través de un fluido sutil, invisible, imponderable y elástico [sic] dispuesto a llenar nuestro espacio con fantasía fascinante.

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Acerca de Javier Marquina 191 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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