Extraterrestre, indigestión, catástrofe.

Soy de digestiones lentas, de gustos sencillos, de apetitos fácilmente saciables. No le pido demasiado a la vida. Sin embargo, la vida a veces no te da más que disgustos. Disgustos en forma de película.

Por Javier Marquina.

Extraterrestre

De un tiempo a esta parte, me cuesta mucho encontrar cosas que me hagan sentir humano de forma cultural, obras que llenen ese hueco elevado y trascendente donde nos sentimos superiores a las moscas del vinagre y encontramos esa suficiencia que no separa de los primates, las focas monje y las garrapatas.

Sé que una parte importante de la culpa de haber creado este nuevo vacío cultural que siento la tengo yo mismo al elegir con poco o nulo criterio el material a degustar. Pero uno espera que a la larga, y aunque sea por pura probabilidad estadística, al final, tras consumir la suficiente cantidad de bazofia, la proverbial perla entre el estiércol acabe apareciendo.

El problema es que no sé cuanta bazofia voy a ser capaz de digerir antes de morir por envenenamiento.

Digo esto a raíz de haberme sometido a la dura prueba de visionar la hasta ahora última película de Nacho Vigalondo: ‘Extraterrestre’, película que ha generado en mí, una sensación de desolador desencanto, hastío, asombro y por último, furia.

Y digo furia porque después de ver Los Cronocrímenes, una película muy inteligente, que trata con pericia y de forma estupenda un tema tan complicado narrativamente como el de las paradojas temporales, tenía puestas muchas esperanzas en el cine de este director cántabro. Los Cronocrímenes me gustó mucho. Mucho. Me pareció una película extraordinaria en la que con talento e inteligencia, se suplían carencias económicas evidentes. Una película que sin dinero, ofrecía mucho más que otras superproducciones acerca de viajes en el tiempo que no saben ni de dónde les vienen los insectos cuaternarios a pisar. La paradoja. Algo tan sencillo y tan complicado, que se resuelve con una linea curva.

Aunque el planteamiento de “película de extraterrestres sin extraterrestres” parecía a priori interesante, había un cierto tufillo de comedía romántica en el fondo que me hacía sentir incómodo. La elección de los actores, además, no parecía la más adecuada, sobre todo porque hay que ser muy aguerrido y temerario para llamar actores a Michelle Jenner o a Raúl Cimas. No tengo el gusto de saber a que se dedican esta señorita y este señor, pero puedo asegurarles que a actuar no es. Debe ser otra cosa. No tengo muy claro cual. Vender melocotones en Zamora. Quizá a la regencia de una peluquería mozambiqueña. A lo mejor tejen los mejores trajes de lagarterana de la historia. Todo es posible.

Las cosas, como puede deducirse que estas sensaciones negativas previas, no apuntaban muy buenas maneras, y lo augurios no hicieron sino confirmarse al comenzar a sufrir esta patética, absurda, lamentable y horrible película. Y para llamar a esto película, también hay que ser muy aguerrido y temerario. Aburrida, sosa, estúpida, mal actuada, mal contada, mal resuelta, Vigalondo consigue a lo largo del metraje que no empatices con ninguno de los personajes, que ni siquiera lo odies, simplemente, te importa una mierda lo que les pasa, lo que les puede pasar o lo que les está pasando. Quizás si una Diana maciza y enseñando cacho hubiera descendido de ese platillo volante sacado directamente de la ‘V’ de los ochenta, la película hubiera ganado en bizarrismo y caspa, pero es que ni de caspa puede presumir la cinta. No hay nada a lo que agarrarse. Nada. Ni humor, ni amor, ni asco. Tan solo una profunda indiferencia hacia todo aquello que pueda ocurrirles a esta colección de sosos planos y sin chispa.

El pastiche de géneros no funciona porque todo aquello que convertía a Los Cronocrímenes en una película inteligente, incómoda y brillante, se convierte aquí en vacio profundo y helador, en frases sin contenido, en momentos glaciales sin sentido ni gracia. La química entre los protagonistas iguala a los mejores momentos románticos de Steven Seagal y sus acciones tienen tanto sentido como las explosiones de Michael Bay.

Una vez vista Extraterrestre, y sabiendo que Vigalondo está trabajando con Mark Millar en la futura Supercrooks, sólo puedo sentir terror. Me han despojado de toda esperanza. Es material hediondo en manos de un director capaz de generar bazofia. Dos mentes más preocupadas de sus egos que de mantener el nivel de excelencia demostrado con anterioridad. Dos señores que después de dejarte probar la mieles de las cosas muy bien hechas te empujan al abismo de la mediocridad para hacerte sentir peor incluso. El horror. El horror.

No soy un fanático del cine español. Tampoco puedo decir que odio todo lo que se produce en nuestro pais, ni que idolatro cualquier cosa con aroma estadounidense. En realidad no soy un gran fan del cine de ninguna nacionalidad en particular. Me gusta ver películas. Tan solo trato de disfrutar del cine. Del buen cine a ser posible. Al menos del cine que realmente me gusta. Veo todas las películas que puedo de las producidas en nuestro país, desde Torrentes a panes negros y aunque de vez en cuando uno encuentra cosas hechas en España que merecen la pena de verdad, te dejan satisfecho y son cine de ese que se escribe con mayúsculas, me empiezo a cansar de ese ombliguismo y sensación de superioridad cultural que en la gran mayoría de los casos sólo produce males películas y material subvencionable defectuoso.

Y luego está Mario Casas.

No creo que nuestro cine sea mejor o peor que el de otros países. No creo que tengamos más o menos talento que los franceses o lo italianos. No creo que seamos tan diferentes. El problema quizá es que sí pensamos que los somos, y nos esforzamos demasiado en demostrarlo en lugar de dedicarnos simplemente a producir buenas películas y, rizando el rizo de lo pragmático, películas que la gente quiera ver.

Y que llenen los cines.

Y que den dinero.

Y que no necesiten nacionalidades para justificarse.

Y que tengan calidad.

Y dos huevos duros.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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