Fanatismos culturales y desvaríos.

A group of paparazzi and fans going hysterical

Las redes sociales son un lugar peligroso.

Por Javier Marquina.

 

El Aborrecedor (The Hate-Monger en el idioma de la Pérfida Albion) haciendo lo suyo. Aborrecer.

Expresar libremente tu opinión puede ganarte las enemistades de una turba enloquecida de fans que harían cecina con los muslos de sus madres si estas decidieran criticar a su ídolo. Y no sólo estoy hablando de las celebérrimas beliebers.

Estoy hablando de gente con un bagaje cultural que en teoría les debería permitir discernir las obras de calidad de los mojones del tamaño de las Casas Colgadas de Cuenca o, al menos, de personas dotadas de una inteligencia y un criterio que les otorgara el don de asumir que sus gustos no son universales y que existen personas con opiniones diferentes a las suyas.
Estoy hablando de los Nolanistas, de los Tarantinianos, de los Larsvontrieristas, de los KimKiDukianos. De los Ellisinos, de los FrankMillerianos, de los Mooristas. De esos fans sectarios que anteponen el nombre de su director/escritor/músico/autor favorito a cualquier disquisición accesoria como la coherencia del guión, la calidad estética del producto, la dirección de actores, la armonía básica de la canción o la transcendencia general de la obra. Fans que serían capaces de meterse una serpiente de cascabel en los calzones si su idolatrado genio creador se lo pidiera.

Las opiniones son algo personal, libre y a menudo incomprensible para todos los demás. Lo que para uno son obras excelsas que cambian la vida y transcienden para convertirse en hitos que perduran por siempre en la memoria, para otros son bazofia de la peor clase, bodrios aburridos o engaños elaborados de forma vil para especular con los sentimientos y la cartera del consumidor.
Lo primero que quiero poner de manifiesto es que siento cierta admiración por aquellos que saben conectar con la audiencia y colocan su producto en lo más alto del escalafón comercial, forjándose fama y fortuna sin importar la calidad del producto, atendiendo a un talento no siempre reconocido, pero valioso y trascendental para cualquier actividad que desarrolle el ser humano, que consiste en darle a la gente lo que pide. Aunque eso implique no hacer lo mejor, lo más grandioso. Los que consiguen unir la calidad de lo que hacen con los gustos de la mayoría, merecen más respeto aún si cabe. Pertenecen a una selecta gama de genios que pervivirán en la historia de cualquier arte. Pero no nos engañemos. A pesar de que estas personas existen, siempre habrá alguien que las critique, alguien a quien no le guste, alguien a quien cualquier cosa que hagan, le parecerá una mierda enroscada y sonriente, que saluda animosa desde la barandilla del balcón cultural.
Personalmente, y puestos a elegir gente con talento, prefiero ser Lucian Freud a Vincent Van Gogh. Prefiero disfrutar en vida de las mieles del triunfo sacrificando un ápice de talento a morir solo, fracasado, sin una oreja y con un tiro mal dado que me condene a momentos finales de agonía eterna. Y sí, esto es una vez más sólo una opinión y como tal es discutible, criticable y dudosa.
Maldición.
Una vez más me he vuelto a ir por las ramas.
Y es que de lo que yo de verdad quería hablar era de directores y de cine, y no de lo aleatorio del gusto del ser humano y de lo condicionados que estamos a subvertirlo todo esclavizados por nuestras filias y fobias. En concreto quería hablar de grandes directores que hacen malas películas, gente de talento innegable que, como seres humanos que son, de vez en cuando se equivocan. Quería escribir sobre esos directores y sus películas y de mi punto de vista sobre ellos y ellas, algo que de seguro me iba a granjear el odio exacerbado y eterno de la masa de fans irredentos, cual Salman Rushdie limpiándose el orto con páginas escogidas del Corán.
Sin embargo veo que no va a ser posible. Porque prefiero defender la libertad de criterio. Prefiero que cada uno piense en su autor favorito y reflexione sobre cada una de sus obras con la mano en el pecho, buscando aquella que no merece estar en lo más alto del escalafón. Prefiero que cada uno elija lo que realmente le gusta con total libertad.
Así que por todo lo anteriormente expuesto, esto ha acabado siendo una reflexión. Una confesión. Una crítica a la crítica, a la pasión que desemboca en fanatismo. Una defensa a la idea de poder decir lo que se quiera sobre lo que se quiera y, por la misma razón, a la idea de poder ser rebatido con los mismos argumentos de forma implacable sin crear por ello odios o rencillas personales. Una opinión puntual sobre una película no me convierte en un crítico inmediato de toda la obra de un director. Que un libro en concreto no me guste, no me incapacita para disfrutar de otras obras del mismo escritor. Una mala canción no conseguirá hacerme odiar a un grupo. Que un dibujante haga una chapuza en un momento determinado no es óbice para poder seguir disfrutando de su obra. Adorar sin criterio conduce a menudo a la autocomplacencia. Trabajar sin la Espada de Damocles de la crítica constructiva pendiendo sobre tu cabeza, nos aboca inexorablemente hacia la indolencia. Creernos dioses nos lleva a menudo a ser miserablemente humanos.

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Acerca de Javier Marquina 196 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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