Festivales de música, ese gran invento

Si te gusta divertirte, la música, la compañía, los grandes eventos, los espectáculos, etc. Un festival de música lo tiene todo, y no hay discusión que valga.

Por Alex Sánchez.

Si hay una cosa de la que me puedo considerar un enfermo es de la música. Vale, hay otras muchas (¡ups!), pero esta es una de las principales. Acumulo discos como si tuviera Síndrome de Diógenes (afortunadamente para mis compañeros de piso, solo en formato digital), aunque ahora gracias a Spotify estoy perdiendo un poco de esa manía, y me paso gran parte del día con música puesta allá donde quiera que esté.

Obviamente, como todo buen melómano que se tercie, donde esté la música en directo que se quite cualquier tontería enlatada y grabada con arreglos instrumentales imposibles y voces perfectas inalcanzables. El directo es lo mejor y punto, con sus imprevistos y sus esperas, sus improvisaciones y sus errores, su público y su ambiente, etc. Quizás lo peor sea el olor a sobaco de que tienes al lado, o el típico corrillo de gallinas cacareando que no te deja disfrutar del concierto, pero al final, en general, lo bueno supera a lo malo y la experiencia es gratamente satisfactoria.

Una de las cosas que más contento me puso cuando me vine a vivir a Madrid fue el gran abanico de posibilidades musicales que la ciudad abría ante mis propias narices. Antes vivía en una ciudad relativamente pequeña, donde sí, los conciertos son muy baratos, pero solo llega algo interesante de Pascuas en Ramos. Sin embargo, la realidad es otra, queridos lectores, porque una vez aquí te das cuenta de que sí, hay muchas opciones, pero no son pocas las veces que tienes que comerte los mocos por diversas razones.

Por un lado, tienes el tema de que “barato” es una palabra que no parecen conocer por estos lares (y ahora menos, con la espectacular subida del IVA). Muchas veces me he tenido que quedar viendo cómo los artistas o el público pasan por delante de mí bailando y recochinéandose mientras yo observo mi cartera llena de telarañas tirado en una cuneta, solo, desamparado y sin atención psicológica inmediata. La depresión me invade y solo puedo pensar en lo que pudo haber sido y no fue, algo que se potencia más, si cabe, cuando al día siguiente me torturo leyendo crónicas en internet. Un ejemplo, los casi 40 € que costaba ver a Jack White recientemente. Misa, ya veré vídeos en YouTube.

Por otro lado, está el tema de las entradas imposibles de conseguir, cuyo resultado es igual de desesperante y provoca la misma sensación de impotencia que no tener pasta. O bien intentas comprar una entrada desde el minuto 1 en el que salen a la venta, donde es bastante típico que se sobrecargue la web y luego cuando vuelve a funcionar a los 2 minutos ya no hay entradas, o bien se te olvida que la tienes que comprar y cuando al fin te pones a ello ya no quedan. Ejemplo, el concierto de Muse del mes que viene. Misa, ya veré vídeos en YouTube.

Y por último, y no menos importante, hay que tener en cuenta que están esos grupos o artistas que te encantan y que matarías por ver, pero que, sabe Dios por qué, no pisan tierras españolas para un concierto propio ni aunque les prometas el oro y el moro, o vienen a nuestro país pero les da por actuar en un lugar recóndito a 800 kilómetros un miércoles a las 7 de la tarde. Misa, solo queda ver vídeos en YouTube.

En definitiva, mi cambio de residencia ha supuesto mi asistencia a más conciertos, como era de esperar, pero no hay mucha similitud con aquello que imaginaba cuando comenzaba mis nuevas andaduras por la capital. Afortunadamente, para mi regocijo y mientras contaba los días que me quedan para asistir al Dcode Festival, me dí cuenta de que siempre ha existido una solución fácil y sencilla a todos estos problemas, el festival de música, ese gran invento.

El festival de música lo tiene todo: varios días seguidos de música, actividades paralelas, conocer gente, disfraces y modernismo, diversión asegurada, puede que sexo (esto no lo he escrito yo) y lo que más importa, la posibilidad de ver a grupos y artistas que jamás podrías ver de otra forma, ya sea por alguna de las razones que he detallado anteriormente o por cualquier otra que te puedas inventar en este momento. Es como si viniera un señor que todo lo puede y cogiese todas las cosas que más me gustan para juntarlas en una sola, eso sí, previo pago y en forma de entrada / pulserita, que no está el horno para bollos.

En efecto, un festival tiene sus pros, pero también sus contras, porque es cansado y es caro. Pero no pongáis excusas ni pegas, porque lo primero es soportable y lo segundo, si lo piensas, en realidad compensa y, en proporción, lo caro resulta barato. Como ejemplo, decidme vosotros cómo podría haber visto a Radiohead si no fuese por el BBK Live de este año, un grupo que llevaba muchos años sin venir a España, que a saber cuándo volverá, y cuya actuación en ese festival bilbaíno era la única en nuestro país. Si a eso le sumas el resto de actuaciones, lo bonita que es la ciudad, las inolvidables anécdotas con los amigos y otras muchas cosas, casi puedo llegar a calificar la experiencia de de legen……………… espera…………. daria. ¿Exagero? Probablemente, pero cumple bien su cometido como descripción orientativa destinada a poner los dientes largos al personal.

Y ojo, que un servidor no habla con desconocimiento de causa, porque son ya muchos años de festivales. Ni siquiera recuerdo cuál fue el primero al que asistí, pero hay de todo, desde grandes festivales conocidos como el FIB, Summercase, MTV Day, SOS 4.8, Primavera Sound o el Día de la Música, donde puedes ver a los grupos más grandes que hay en el panorama actual, hasta pequeños festivalillos de pueblo donde se pueden hacer grandes descubrimientos musicales o revivir grandes momentos con las actuaciones de artistas o grupos decadentes que se resisten a desaparecer. ¡Ay!, qué tiempos aquellos los del FestiPalas…

Y qué más puedo decir. Cuando vas a un evento dedicado a la música donde tienes fallos de organización, problemas de horarios, solapamientos, problemas climatológicos, problemas de alojamiento o desplazamiento y otros muchos contratiempos, pero todo eso se ve eclipsado por lo mucho que lo has disfrutado, será por algo. Diría que para los amantes de este arte es el evento perfecto, hecho a nuestra medida, siempre complementado con conciertos individuales y escuchas de tus discos preferidos, pero al final el festivalillo de turno es lo que más esperas de año en año. Amigos, los festivales, ese gran invento.

Sigue a Alex Sánchez en Twitter: @Zarten

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