FOALS. O lo enorme de lo sencillamente apoteósico.

27 de octubre de 2013. Sala Razzmatazz. Barcelona. Salir de un concierto sin palabras. Salir en silencio. Sonrientes. Como después de un orgasmo. Música en estado puro. Enorme. Breve pero intensa. Impresionante. Genial.

Por Javier Marquina.

FOALS+EU+Tour+2013+Poster

Con la música aplico el discutible criterio que le aplico al vino. No entiendo nada de nada. No sé apreciar los matices, ni las tonalidades, ni los aromas, ni las referencias, pero tengo clara una cosa simple y para mí fundamental: sé lo que me gusta y lo que no. Tan sencillo y fácil como eso.

Debido a que tengo más aficiones de las que puedo controlar, he intentado dejar la música en un segundo plano en lo que se refiere a fanatismo, y me he dedicado a escuchar a los grupos que me gustan sin intentar un análisis exhaustivo de los mismos. Me gustan. Los oigo. Punto. Ni siquiera he ido a demasiados conciertos. Demasiado caros. Demasiados vicios caros. La música estaba en un segundo plano. Sin más.

Cuando este verano me ofrecieron ir al DCODE en Madrid dije que sí sin pensar y por circunstancias que no vienen al caso. He desconectado mi interruptor de responsabilidad y me lanzo a cualquier cosa que huela a diversión, a desconexión y a desahogo como si la vida me fuera en ello. Y es que me va.  Cuando te conviertes en tiburón, o te mueves o te hundes. Decir que sí es la manera instintiva de evitar los noes que te detienen. “¿Vienes? Voy” . Y lo siguiente que sabes es que estás en una agencia de viajes con la tarjeta de crédito en la boca. Una vez con la entrada comprada a tu cerebro le surgen algunas preguntas de rutina, así que te giras y le preguntas a uno de tus compañeros de festival: “¿Y quién coño toca?” “Nosotros queremos ver a Foals” me respondieron. Y allí comenzó todo.

Como soy un chico aplicado comencé a escuchar los discos del grupo inglés para saber a que atenerme si no iba lo suficiente borracho en el festival. “Escucha Spanish Sahara” me dijo una amiga. “Qué mierda más lenta” pensé yo. Y así es como Foals se convirtieron en uno de mis grupos favoritos y Spanish Sahara en una de mis canciones de la vida.

El concierto de Foals en el DOCODE 2013 fue espectacular. Apoteósico. Increíble. Tanto que, al día siguiente, ya estaba buscando otras actuaciones del grupo en España. Con poca fe, pero nunca se sabe. Cuando vi la fecha del 27 de octubre en Barcelona me dio un vuelco el corazón. “Mierda” pensé. “Domingo. Y el lunes toca currar…” Por fortuna las entradas estaban agotadas, así que tenía la excusa perfecta para calmar a mi cerebro ansioso y no lanzarme a ir de concierto en un día imposible. Pero el destino es caprichoso y siempre te guarda sorpresas para que tu ansia por ver y disfrutar siempre esté activa, alerta, encendida. Alguien a quien nunca le agradeceré lo suficiente su interés me informó de que el concierto de Foals se cambiaba de la sala Apolo a la Razzmatazz y que se ponían más entradas a la venta, de modo que abrí la página de venta online de entradas y lo demás es, gracias a los hados, leyenda.

Foals
Concierto de Foals. Descripción gráfica.

Lo que Foals nos ofrecieron el pasado domingo en una condensada, intensa, brutal y extenuante hora y veinte sólo puedo calificarlo de alucinante. Lo que empezó como un concierto al uso acabó con una verdadera celebración de la música, con el público entregado, coreando, saltando, gritando, bailando, cantando… uno de esos momentos de comunión casi total que sólo las grandes bandas consiguen. Vi a gente llorar ante el silencio sepulcral que el comienzo de Spanish Sahara nos contagió. Vi caras de alucinación en el clímax de Providence. Vi a una sala entera saltar sudando como auténticos pollos al ritmo brutal de Inhaler. Vi, sin duda, uno de los mejores conciertos de mi vida. La sonrisa con la que todos salimos de aquella sala era extrañamente parecida a la que se te queda después del sexo. Esa sonrisa estúpida e incomprensible de haber gozado como un idiota, de haber disfrutado a tope, con cada una de las letras, con todas las canciones, ese pequeño orgasmo de sentir que has participado de cada uno de los minutos. De haber vivido. VIVIDO. Con mayúsculas.

Nadie fue consciente de que el concierto podría haber durado más. Nadie dijo que el setlist de la banda es una sucesión programada y bien encajada y que dejan poco espacio a la improvisación. Nadie se quejo de la acústica defectuosa de la sala, porque cuando una banda es buena, suena bien en cualquier parte. Nadie hizo otra cosa al salir más que sonreír, mirarse unos a otros para musitar “la hostia puta”, beberse una cerveza y fumar. Porque el talento se lo come todo. Lo eclipsa todo. Y sólo te deja abrumado por lo que a veces tienes la suerte de experimentar.

Como he dicho al principio, no entiendo de música, así que cualquier crítica, tanto constructiva como destructora, será bien recibida. Y no me importará. Porque sé lo que sentí en aquel concierto. Y pude sentir lo que los que estaban conmigo sintieron. Lo que una sala abarrotada de gente hasta los topes sintió. Y es de esos momentos de los que uno acaba viviendo. De los recuerdos de algo muy grande que se te graba en la memoria y no te abandona jamás. Foals. 27 de octubre de 2013. Sala Razzmatazz. Una banda que seguir para siempre. Un concierto que no olvidar nunca. Momentos que nos marcaron a todos y cada uno de los presentes. Porque sentir la múscia en las tripas es así. Porque vivir de verdad es lo que tiene. Te deja una huella profunda. Casi dolorosa. Y eso no se olvida. Nunca.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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