FORGES. Señalar con el dedo no es de mala educación.

Ni reírse del mal ajeno. Ni hacer chascarrillos con las desgracias de otro. Eso es de ser un poco hijo de puta, pero nada tiene que ver con los modales.

Por Teresa Domingo.

Cuando yo nací el humor gráfico de Forges ya estaba ahí y parecía que lo iba a estar siempre, como Saber y Ganar y Jordi Hurtado. Recuerdo ver sus dibujos de señores narizotas en revistas y periódicos que había por casa sin entender nada, era fan de Los Debates del Estado de la Nación, cada sábado en la radio del coche mientras íbamos al pueblo y me ha costado un par de días dejar de ir a buscar su puntual perla sobre la noticia del día.

Como lectora habitual lamento mucho su pérdida, pero como ciudadana de este país creo que la marcha de Antonio Fraguas “Forges” no podía llegar en peor momento. Vuelven los tiempos oscuros y hemos perdido a uno de los bastiones de la lucha diaria por las libertades de todos y todas. Concha y Mariano se han quedado huérfanos, pero nosotros también.

Al mejor observador de la sociedad en la que nos ha tocado vivir no le ha temblado el pulso en estos cincuenta y cuatro años a la hora de retratar a España para lo bueno y, sobre todo, para lo malo. Capaz de despojar de su arrogancia al más pintado con un solo dibujo y dejar en evidencia los errores, fraudes y desfalcos del sistema, decía lo que todos pensábamos y nos representaba a la hora de denunciar cualquier cosa que atentase contra la libertad.

El maestro de la sátira decidió marcharse en una semana terrible para los derechos de la libertad de expresión. A saber: La censura y retirada de una obra en ARCO sin ser, ni por asomo, la mierda más gorda que se ha expuesto allí. El secuestro de Fariña, el libro de Nacho Carretero tres años después de su publicación. Y, tras los intentos más o menos fallidos de encarcelar a titiriteros, tuiteros, cantantes, cantantes tuiteros y raperos, nos encontramos con más de ochenta casos abiertos y penas de prisión contra personas que, simplemente, dicen lo que piensan. Que quizá las hayan pensado poco y sean una barbaridad, pero es sólo la expresión de su barbaridad. Sasto.

Forges entendía y quería que entendiésemos lo que significan esas palabras, Libertad de Expresión, y realmente no es tan difícil. Libertad: capacidad de la conciencia para pensar y obrar según la propia voluntad de la persona. Expresión: representación, con palabras u otros signos externos, de un pensamiento, idea o sentimiento (y esto, atentos, incluye pensamientos ideas y sentimientos que nos ofenden como individuos, como colectivo o como gobiernos y monarquías).

En una época en la que es más recurrente condenar por hacer bromas o criticar a un dirigente que por llenarse los bolsillos con los ahorros de un país o pegar a una mujer o un homosexual en plena calle, dicen que es necesario debatir sobre los límites de la libertad de expresión. Poner límites a una opinión personal. Vale, ¿en base a la opinión de quién? Y lo que es peor, ¿dónde? ¿En los medios de comunicación donde el que no está presionado está directamente manipulado?
Gensanta, ¡qué país!

Algo así se lo podría plantear (y no se lo plantearía) un país culto y maduro, no el nuestro que se halla en un preocupante retroceso evolutivo. Sí, sí, nos he llamado incultos. Un país que tolera que prosperen leyes que se basan en “ofensas al sentimiento religioso” (¿hola?) o en “injurias a la corona” (pero ¿en qué siglo estamos?), en el que el 35% de la población no lee asiduamente y de esos el 42% no se ha leído un libro en su puta vida no puede plantearse debatir nada. Un sistema educativo que poco a poco se va cargando las asignaturas de humanidades… Una sociedad que promueve la cultura basura donde los programas insignia se ven en una cadena que rima con por el culo te la hinco es, sencillamente, inaguanteibol.

Se nos ha ido uno de los grandes defensores de la risa, de la cultura, de los derechos humanos, de la liberación de la mujer… uno que era consciente y predicaba que “la inteligencia puede al poder” y que una viñeta diaria (o un tuit) de sátira política tiene mucha más repercusión que cien discursos a través de un plasma. Que el escándalo y la provocación también son medios para hacer llegar un mensaje y que debemos ser conscientes en todo momento de quien dice qué, dónde y en qué contexto. Y que, del dicho al hecho, hay mucho trecho.

Cuando yo nací, además de Forges, cientos de artistas daban rienda suelta a su creatividad, nos habíamos despojado de la dictadura franquista (o eso creíamos, ja) y si nos pensábamos dos veces soltar alguna burrada era por respeto, no por las consecuencias legales que nos pudiese acarrear. Ahora nos piden un filtro que no tenemos, nos piden que olvidemos y finjamos que no estamos influenciados por todas esas obras artísticas (películas, canciones, cuadros…) de los ochenta y noventa que hoy no podrían ver la luz ante la cantidad de colectivos por segundo que se sentirían ofendidos. Y nos piden que nos callemos mientras cuatro desgraciados nos llevan a la ruina. Hedionda peste, proclamo.

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