FORTITUDE. Calidad glacial.

Hace frío. Pero frío de verdad. Nada que ver con esa brisilla que sufres en invierno junto a la playa. FRÍO. Tanto, que la playa está llena de trozos de hielo. Tanto que los osos polares son como tus vecinos. Tanto, que ni las enfermedades se corrompen y desaparecen. Por eso morirse aquí está prohibido. A no ser que te maten, claro. Bienvenidos a Fortitude.

Por Javier Marquina.

No sé lo que pasa con los paisajes helados, pero siempre me han dado un mal rollo terrible. La enormidad, el aparente silencio, la calma casi imposible de los paisajes. Ese blanco infinito, ese frío letal, esa rigidez carente de emociones de la gente que consigue sobrevivir a treinta grados bajo cero.

Yo que sé.

Es todo tan bonito, plácido, puro y tranquilo, que resulta aterrador. Si además, juntas en el puzle un bonito pueblo lleno de gente rara rodeado de osos polares con tendencias asesinas y un hallazgo prehistórico que contiene algo que infecta de una manera nunca vista a los seres humanos, lo que obtienes es un cóctel llamado Fortitude.

Los ingleses, esos seres isleños de carácter algo agrio y dientes alambicados con los que sueñan los dentistas expertos en ortodoncia, son los amos de la televisión. Esto es así. Cuando se ponen a ello, es difícil superarlos. Tienen el mejor producto, ideas bestiales y unas producciones tan sólidas e impecables que parecen orquestadas con un metrónomo. Serán la Pérfida Albión y nos deberán siglos de agravios por esa espina llamada Gibraltar, por Trafalgar o por el cataclismo de La Armada Invencible, pero hay que reconocer que en el 99% de lo que hacen, nos dan sopas con onda en esto de los programas catódicos. No tenemos nada que rascar.

La serie creada por Simon Donald es un nuevo ejemplo de esto. No es la revolución definitiva de la televisión. No es transgresión pura que dictará los caminos del medio para los años venideros. No es lo más original que hayamos visto en décadas. Qué va. Ni falta que le hace. Fortitude es una producción cuidada, brillante, escrupulosa en su pulcritud. Nos da las dosis justas de intriga, sexo, violencia y trasfondo personal, creando una especie de espiral de historias que se van entrelazando hasta su resolución final (parcial) en el último capítulo de la primera temporada. Juega de manera acertada con la psicología de los personajes para forjar una atmosfera viciada y extraña, que se marca en cada episodio como el vaho que respiramos en ambientes helados. Por si fuera poco, si la trama criminal no fuera suficiente, introduce elementos casi sobrenaturales con una fluidez orgánica que no desentonan en ningún momento con el nudo principal que mueve el argumento de la serie: Fortitude es un pueblo lleno de gente en apariencia normal pero con trasfondos muy jodidos. Infidelidades, amores obsesivos, alcohol, codicia, cáncer, “feeders” y niños que dan un profundo yuyu. Indígenas, magia tribal, laboratorios de biología, cámaras hiperbáricas, fotógrafos del National Geographic y taxidermia. Aquí hay de todo y para todos.

Mención aparte merece la elección más que acertada del elenco de actores protagonistas y las titánicas interpretaciones de dos auténticos portentos de esto del arte de vivir la vida de otras personas: Stanley Tucci y Michael Gambon nos dan dos lecciones magistrales de actuación creando a dos individuos reales, retorcidos, torturados, inteligentes e interesantes. Dos de esos mal llamados “secundarios de lujo” que se comen la pantalla de la televisión cada vez que hacen acto de presencia. Nos importa lo que les pasa y sabemos que van a pasarles muchas cosas, y ese es precisamente uno de los mayores aciertos de la serie. Cada vez que acabas un episodio, el cuerpo te pide más. Y más. Necesitas ver otro episodio y saber qué coño es lo que está pasando en ese pueblo a los pies de un glaciar en el que todo parece común y corriente. Aunque se te esté helando la nariz. Aunque algunas de las escenas te revuelvan el estómago. Aunque pasen cosas que no puedes o no quieres comprender. Aunque sientas simpatías por seres odiosos pero condenados por lo inamovible de su destino. Por la razón que sea, no importa.

Resumiendo, Fortitude es otra de esas series televisivas se comen la tostada cinematográfica enfrentándose cara a cara y de tú a tú con producciones con muchas mas pretensiones y, probablemente, con mucho más presupuesto. No hace falta inventar la pólvora para hacer que algunas cosas salten por los aires. A veces, en este planeta de productos incomibles, nos conformamos con algo que no nos torture con una digestión plomiza e insufrible. Es cuestión de combinar con sabidurías los ingredientes que tienes a tu alcance y lograr algunos sabores sublimes en el proceso, recorriendo caminos conocidos pero no por ello menos brillantes. Tan fácil y tan complicado. Y todo ello rodeado de nieve en un lugar en el que aunque siempre parece que es Navidad, tienen cierta predilección por El Día de los Muertos.

Los norteños son así.

Bienvenidos a Fortitude.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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