FRANKENSTEIN, de Junji Ito.

Es lo último que reseño de Ito sensei. Lo juro. (Pero no prometo nada).

Por Teresa Domingo.

 

Ante la avalancha de publicaciones de ECC de Junji Ito de este verano (nos están trayendo, una por una, cada una de las obras que componen la serie The Horror World of Junji Ito) me resultaba complicado elegir título para hablar de él (otra vez, y otra, y otra, y otra más… hay que ver lo que nos gusta en la Isla este señor). Echando un vistazo rápido a todo lo que tenemos entre manos del Maestro del Terror a día de hoy, y con la venia de los Relatos Terroríficos, hay un título al que personalmente tenía ganas de echarle mano. Es, nada más y nada menos, que el volumen 16 de la serie de horror mencionada: Frankenstein adaptado por Junji Ito. La unión de mi monstruo clásico favorito con uno de mis “monstruos de la tinta” preferidos. ¿Cómo no voy a hablar de ello?

Todo ocurre durante un viaje por los gélidos mares del norte, en el que la tripulación de un barco observa en el horizonte la extraña figura de un gigante en un trineo. Al poco tiempo encuentran a otro hombre, extenuado y al borde la congelación, y lo rescatan. El capitán se interesa por la historia de este hombre que responde al nombre de Viktor Frankenstein, quien le explica, desde el principio, cómo ha acabado en el polo norte persiguiendo a un hombre artificial que ha creado él mismo.

Nada nuevo bajo el sol. Apenas una leve desviación del guión en la parte en la que el doctor Frankenstein fabrica una mujer para que el monstruo no se sienta solo y cómo lo lleva a cabo, y aun así consigue atraparte desde la primera página. Entonces, si no es el guión y no se han variado elementos ni personajes, ¿por qué es obligatoria la lectura de esta adaptación para cualquier fan del género de terror? Pues por tres razones.

Conectar todos los nervios oculares cuesta un huevo.

La primera, que la gran mayoría suele dejar para las reflexiones finales y es algo a tener muy en cuenta desde el momento en el que comenzamos a leer, es el entorno sociocultural en el que están escritas ambas obras. Ahora ya estamos curados de espanto y hasta las series infantiles van de zombis y vampiros, pero no creo que a principios del siglo XIX ni en la cultura japonesa el tema de desenterrar muertos, por mucho experimento científico que te traigas entre manos, esté muy bien visto.

La segunda es porque, al ser tan fiel al texto original, ha resultado ser una de las mejores adaptaciones que he leído y de las más adecuadas para acercarse al clásico de Mary Shelley, lejos de esa imagen de zombi gigante con tornillos incrustados en una cabeza cuadrada. He visto y leído unas cuantas versiones para atreverme a recomendar ésta a todos aquellos que no se lanzan a probar los placeres de la novela original. En apenas 180 páginas tienes resuelta la historia. Y con dibujtos.

Y esa es la tercera razón y lo que atrapa, relato tras relato, de este autor: los “dibuj-Ito’s” (lo siento). A pesar de encontrarnos con una obra en la que el autor aún no ha alcanzado el punto álgido de su dibujo y el trazo resulte algo más tosco que en obras más recientes, maduras y contundentes, la solidez del relato y el dominio absoluto de las líneas hacen de este Frankenstein como un título a mentar a la hora de hablar de las muchas versiones del moderno Prometeo.

Es ciencia, pero hay que ser guarro…

No creo que sea fácil adaptar y comprimir de este modo una obra bastante más extensa en origen y que defiende unos valores diferentes a los de tu propia cultura. Por lo menos a mí, me resulta ameno encontrar una historia de este lado del mundo bajo la visión de un oriental tan interesante como Junji Ito, porque Ito no es un japonés cualquiera y ha conseguido  hacer esta adaptación totalmente suya. Porque el monstruo de Frankenstein encaja perfecto en el universo de personajes horribles que ha creado. Y porque es de los pocos autores que con sus dibujos con sus dibujos es capaz de transmitir todo el hedor a putrefacción que debe resultar de una profanación.  Es precisamente en las escenas de manipulación, corte y confección del propio monstruo donde más se disfruta el arte de Ito, viendo cómo se regodea en esas partes que la mayoría de las versiones pasan por alto y que contienen toda la escatología y el gore al que ya nos tiene acostumbrados y que tanto nos gusta.

Pero lo realmente soberbio del relato es el propio monstruo. El Frankenstein de Ito es imponente, de porte espectacular y con una fuerte personalidad. Parte del impacto que causa su imagen viene dada por los dibujos a página completa, un recurso poco utilizado por el mangaka, que suele narrar con dibujos más pequeños, pero supongo que hasta el Maestro del Terror se ha visto obligado en algún momento a ahorrar tiempo con dibujos grandes para llegar a las entregas. El resto lo hacen los ojos (¿lo he mencionado alguna vez?). Uno de los puntos fuertes de los dibujos de Ito son las expresiones que consigue en los rostros de sus personajes a través de los ojos, y en el caso del monstruo, nunca antes unos ojos muertos mostraron tanta ira y tanta tristeza.

De los creadores del ascopena, llega el miedasco.

Sin duda la mejor versión japonesa de un clásico de terror europeo, gracias a la que nadie tiene excusa para dejarse atrapar por este maravilloso relato, en el que, además de una buena historia de misterio, tienen cabida temas sociales tales como el rechazo y miedo ante lo diferente, temas filosóficos inspirados en el planteamiento de Jean-Jaques Rousseau sobre si el ser humano es bueno por naturaleza y es la sociedad la que lo corrompe, y hasta temas relacionados con Nietzche, la religión y los hombres que se creen dioses. ¿Qué hacéis que no la estáis buscando ya?

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Si es creepy, es para mí.

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