Frozen: El Reino de Hielo. Cuando las princesas Disney molan de verdad.

Parece que las lecciones de Miyazaki han calado por fin en la casa del ratón: olvídate de los tráilers, y asume que esta película debería ser la plantilla para los trabajos del estudio en el siglo XXI.

Por Yago García.


Algunos las aman, otros las odian, y últimamente se multiplican como una plaga en el lado friki (o nerd, o como coño haya que decirlo ahora) de internet. En todo caso, las princesas Disney parecen el equivalente pop y animado de una partícula subatómica: su naturaleza cambia dependiendo de la posición del observador. Así, según quién se fije en ellas, pueden ser encarnaciones del machismo más grotesco, iconos fashion o pretexto para bromas de mejor o peor gusto. En el caso de las dos protagonistas de Frozen: El reino de hielo, quien suscribe ha encontrado algo que jamás hubiese esperado ver. Verbigracia, dos señoritas con el sello del ratón que resultan simpáticas sin necesidad de reinterpretaciones o de ironía. Que, en definitiva y abreviando, molan mucho.

Reconozcamos, para empezar, lo mal que pintaba esta película durante sus primeras etapas promocionales. La consabida inspiración en un cuento de hadas, secundarios cómicos irritantes y el aspecto merengoso de rigor eran los pecados que muchos críticos, afilándose los dientes, se prestaban a atribuirle mucho antes de sentarse en las butacas para el pase de prensa. Lo que no sabían, o más bien no sabíamos, es que todos esos elementos se revelarían capaces de soltarles otras tantas tollinas en los morros durante la proyección. Gracias a una factura técnica de las que hacen época (atención a esas texturas que casi pueden acariciarse) la ambientación nórdica de la historia esquiva lo empalagoso, rozando a veces la belleza de las ilustraciones de Kay Nielsen. Y los personajes que se mueven en ella, incluso aquellos concebidos a mayor gloria del merchandising, no sólo resultan entrañables, sino también capaces de cumplir sus funciones sin incordiar o irritar. Todo lo cual no causaría tanto efecto de no ser por las dos figuras centrales, esas dos princesitas (bueno, técnicamente una de ellas ya no lo es) con las cuales, cosa rara, podrá empatizar casi cualquier espectador sin distinción de género, color o credo.

El hecho de que el cuento de rigor sea esta vez La reina de las nieves, uno de los trabajos más oscuros (que ya es decir) de Hans Christian Andersen, tiene mucho que ver en todo ello. También lo tendrá que el rótulo de “inspirado por” sea una realidad rigurosa: los elementos de la historia original son aquí apoyos, no cimientos privados (como en La sirenita) de sus facetas más crueles y deprimentes. Por último, consideremos que entre la usual plétora de guionistas aparece en lugar muy destacado Jennifer Lee, coautora literaria de la cuestionable pero interesante ¡Rompe Ralph! Achacar el interés de un relato a la presencia o no de estrógenos en el equipo creativo puede ser tramposo en ocasiones, pero aquí resulta justificado: Frozen es una película de mujeres, pero de verdad, y como tal conviene valorarla.

A lo largo de esta hora larga de metraje, Anna (la polvorilla hiperactiva) y su maniática, estigmatizada hermana Elsa recorren el camino desde la despreocupación infantil hacia una edad adulta lastrada por obligaciones y secretos más o menos vergonzosos. Sin que por ello, y ahí está la gracia, podamos asignar a cada una los roles de heroína o villana: los picores de la pubertad, por un lado, y la necesidad de romper un corsé social, por otro, son los respectivos motores de sus arcos argumentales, algo que lleva a simpatizar con ambas y a destinar a sus equivocaciones un cariñoso “¡Anda que ya te vale, tía!” en lugar de una mueca. Observándolas desde la distancia, uno diría que Disney ha aprendido por fin (vía John Lasseter, ese regio mandamás) las lecciones de Hayao Miyazaki: las protagonistas de Frozen necesitan apoyos emocionales, o algo de músculo suplementario, pero rara vez se ven sujetas a la necesidad de un tío cachas que les saque las castañas del fuego.

Tras el borrador fallido que supuso Enredados, el filme que nos ocupa rescata virtudes primigenias de los productos Disney y las funde con nuevos hallazgos, dando forma a lo que es (o debería ser) la plantilla para los productos del estudio en el siglo XXI. Un servidor, por lo menos, podría llevar a su sobrinita a ver esta película sin arrepentirse por ello, sino sintiéndose orgulloso en su papel de tío enrollado. Claro que, después, llegaría el complejo de culpa por haberla expuesto a los infernales y bieberianos gorgoritos de Abraham Mateo. Pero eso es otra historia que aconseja, en lo posible, recurrir a una versión original donde brilla el vozarrón de la dobladora Idina Menzel: avisados quedan, lectores.

¡Ah! Y si piensan que me iba a olvidar de Get That Horse, el cortometraje que sirve de prólogo a esta película, se van a quedar con las ganas: David Bernal, amigo de quien suscribe y alguien que sabe de animación más que casi nadie en este mundo, compara esta aventura 3D de Mickey Mouse con La rosa púrpura de El Cairo. Y lleva más razón que un santo. Proporcionar más detalles al respecto sería entrar en spoilers incalificables.

Sigue a Yago García en Twitter: @solo_en_saigon

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