Glory y la indignación que produce lo efímero.

Aleta anunció que para marzo publicaría el primer tomo del relanzamiento de Glory, una colección que parece que por desgracia no va a extenderse demasiado en el tiempo. Razón de más para hacer con todo el material que salga de otra de esas excelentes colecciones que Image está editando ahora mismo. Ese anunciado tomo acaba de llegar a vuestras librerías preferidas, así que vamos a hablar un poco sobre esta colección. Y rapidito, ¡qué me lo quitan de las manos!

Por Javier Marquina.

¡Cómo te queremos, Rob!

Rob Liefeld es un tipo con suerte.

Considerando su evidente falta de talento, su dibujo cochambroso y sus historias ridículas e infantiles, es alguien que se gana muy bien la vida. Alguien que sigue produciendo cómics con asombrosa asiduidad y que encima, por muy increíble que nos parezca, sabe en manos de quien deja sus vergonzantes creaciones.

No voy a hablar de Supreme y Alan Moore, ejemplo evidente de creación mediocre que resucita, o al menos es reconvertida a mejor, al ser dejada en manos de un creador excepcional. Quizás en otro momento y aprovechando esa inminente edición integral que está a punto de asaltar nuestras librerías en forma de cofre. Mucho se ha tecleado ya de esa mítica etapa y creo que es momento de hablar de otras creaciones de resurgir más reciente.

Hace poco os hablábamos de Prophet con motivo de la edición que Aleta Ediciones hacía de la presente etapa del personaje guionizada por Brandon Graham y que es también ejemplo de lo que alguien con talento es capaz de hacer hasta con el material mas desagradable. Sacar rosas de la mierda, literalmente. Liefled: desastroso creador pero inteligente donante, si es que aún tiene algún poder de decisión sobre esas creaciones que gracias a la revolución Image, siempre serán propiedad suya. Prophet es una colección ahora fascinante, que capítulo a capítulo va marcando hitos y planteando ideas interesantísimas, de ciencia ficción pura, inteligente, original y magnífica.

Para completar la triada de personajes horrendos reconvertidos para bien por mentes mas dotadas que la de su obtuso creador, tras Supreme y Prophet llegamos a Glory, otro acierto editorial de Aleta Ediciones para este mes de marzo.

Glory surgió como una copia cutre de Wonder Woman, en esa fiebre sonrojante que afectó al bueno de Rob! y que le llevó a poblar las páginas de sus tebeos de plagios infames de los iconos de las dos grandes. El propio Supreme, remedo simple de Superman; el nuevo diseño del Fighting American de Simon y Kirby, copiando de forma descarada las maneras del Capitán América; Blood Wulf, ese engendro que por suerte ya nadie recuerda, calcado del por entonces exitoso y divertido Lobo de DC. La lista es larga y denigrante, una auténtica oda al despropósito humano. Y sin embargo, una vez más, de un concepto lleno de hastío que parece creado por un niño de cuatro años que garabatea en su cuaderno escolar, surge una idea que demuestra que o bien Liefeld es un genio en la sombra, una víctima de un síndrome de Asperger particular que juega con nuestros cerebros, o bien simplemente sabe rodearse de la gente adecuada y delegar con maestría, lo cual también es una cualidad más que encomiable. Hay que ver. Liefeld tiene virtudes. Vivir para ver. Esto sí es ‘Lo Imposible‘ y no las secuelas del tsunami de Phuket.

Glory quedó así en manos del guionista, chico para todo y ejecutivo de marketing de Image Joe Keatinge y, sobre todo, del arrollador e impresionante talento del dibujante Ross Campbell. Tras apenas dos números, un personaje plano, soso y a olvidar creado por la mente suprema de Anaheim se transforma en algo diferente, divertido e interesante. Se obró el milagro, de nuevo.

Glory es una serie que juega con inteligencia con los conceptos vomitados por Liefeld, pervirtiéndolos para bien y transformando la idea original en algo muy diferente, abandonando desde el principio y de forma afortunada su punto de partida y referencia. Glory deja de ser una muñeca hinchable siliconada, digna de la portada de Playboy andrajoso para devenir en una monstruosa amazona que destila fuerza y formas andróginas carentes de sensualidad y erotismo. Glory, además, deja de ser hija de amazona y demonio para convertirse en la estirpe de dos razas extraterrestres en guerra perpetua. Una guerra que la acaba reclamando y la hace aparecer al principio de esta nueva etapa rota y malherida. Y aquí es donde de verdad empieza nuestra historia.

Una de la mayores virtudes de Glory es plantearnos una aventura con visos de ser más grande que la vida, una aventura clásica llena de seres extraños y un enemigo en apariencia imbatible. Una historia que te engancha desde el primer momento y te deja esa agradable sensación de estar al comienzo de algo que va a perdurar, que se va a extender durante muchos números para contarnos una odisea épica y espacial con múltiples facetas que se extienden a lo largo del universo y del tiempo. Una de esas historias que dejan marca en tu memoria y recuerdas siempre con esa sonrisa tonta que producen las cosas satisfactorias.

Parte fundamental de esa sensación de encontrarte ante algo realmente espectacular son los dibujos de Ross Campbell, un dibujante que ya me había llamado la atención con la parte gráfica de “Wet Moon” y que aquí en Glory se desata para convertirse en uno de esos autores de referencia a los que seguir con suma atención. Su estilo peculiar, la imaginación imparable que desbordan cada uno de los alienígenas dibujados, la violencia explícita, brutal e imposible que te golpea y te fascina en cada uno de los combates, lo detalles casi enfermizos de los fondos, la sensualidad de seres que en una realidad triste y física como la nuestra sólo serían repugnantes. Cada una de las páginas de Glory es un espectáculo alucinante que contemplar anonadado, esperando con ansia la aparición del siguiente número para buscar esa viñeta que nos sorprenda y haga estallar nuestro cerebro anquilosado y cansado de las líneas clónicas del Jim Lee de turno.

La ganas de más. La recuperación para bien del mítico “continuará” mensual. ¡Qué casualidad! Porque es precisamente ahí donde reside el principal problema de Glory: en que esa sensación de expectación, de ansia por saber que es lo que pasará a continuación, se está acabando. No va a haber más sorpresas. No va a haber más aventuras. Glory se acaba. Aunque los autores habían comentado en varias entrevistas que su plan para la heroína abarcaba unos 70 números, la bajas ventas de la colección han obligado a Image a cancelarla en su número 34, dejando la etapa en unos escasos 12 episodios.

Así que aquí estamos, a un número de acabar con nuestra historia, de asistir a un desenlace que para que los que seguimos la colección mes a mes en su edición original, es como un puñal en nuestro corazoncito de aficionado, un puñal que solo puede ser apresurado, sucio y triste. Por muy brillante que sea. Y es que Keatinge había conseguido con su historia esa sensación de ‘space opera’ que necesitaba muchos números para contarse. Nada ver con la famosa descompresión que nos atiborra de grapas para contarnos como el Capitán América va al baño o la Viuda Negra se depila mientras al final del sexto número aparece el Doctor Muerte y todo queda pendiente para el séptimo. NO. Aquí cada número era un pasito justificado en una odisea que se iba haciendo cada vez más grande, una historia que crecía y crecía extendiendo sus tentáculos para tejer una manta enorme, esa epopeya espacial que por desgracia y debido a las bajas ventas, no vamos a poder apreciar en toda su extensión.

¿No compras mi cómic? ¡Pues te meto!

Así que, al final, y muy a mi pesar, la sensación que me deja Glory es de estupor y de furia. Estupor porque me cuesta creer que un material de esta calidad vaya a desaparecer porque no hay suficientes seres humanos en este planeta que se acerquen a su tienda de cómics preferida a comprar cada mes un número de Glory. Está claro que no es el primer ejemplo de serie de calidad que acaba condenada al olvido y, desde luego, no será la última, pero hay en Glory una sensación de frescura, de emoción, de simpatía por esa violencia desmesurada que hace que no pueda creer que vaya a ser cancelada. Y furia, señores. FURIA. Porque me jode enormemente que me bombardeen con mediocridad mientras las verdaderas perlas son arrojadas al cieno, condenadas a desaparecer enterradas por los que sólo crean medianías que se venden a los lerdos por el mero hecho de ajustare a unos cánones que alguien vendió a la masa como comerciales.

No podemos permitirnos el lujo de perder colecciones que merecen la pena. No podemos consentir que el dinero sea el único eje sobre el que orbite nuestras vidas, el único patrón que rija lo que consumimos, lo que disfrutamos. No soy un romántico. Se que al final todo se reduce a un producto industrial que debe producir beneficios para pervivir, pero me niego a que el arte gire en torno a una cifra fría en un informe mensual. Me niego que ese sea el criterio bajo el que debamos ser sometidos.

Hagamos algo. Escribamos cartas que no llegarán a ninguna parte. Recojamos firmas en una página web, inundemos alguna oficina con protestas, adquiramos el compromiso de comprar todos los números que vayan a publicarse de Glory hasta que su historia esté completa tal y como sus autores la imaginaron.

Tengo un sueño, y sé que es un sueño imposible, pero… quién sabe, si nos quejamos los suficiente, quizás consigamos tomos semestrales y la promesa de algo mejor.

Es un sueño inalcanzable, pero por el que merece la pena luchar.

Es un sueño Firefly.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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