Gone Away

¿Qué nos salva de caer en el más profundo de los abismos? Cada cual se acoge a los argumentos más variopintos para sobrellevar sus traumas. La ausencia es, precisamente, uno de los más dolorosos y comunes al que toca enfrentarse diariamente con más o menos éxito.

Por Cristina Hombrados

¿Oportunismo? Sí, por favor. El ser humano es así: aprovecha cualquier circunstancia como quien no quiere la cosa para colar un tema o asunto que es de su interés. Siempre buscando la excusa perfecta para colocar el foco en un momento dado simplemente porque nos conviene.

¿A cuántos realities acuden famosillos del mundo de la música o de las artes escénicas de los que hace siglos no se había oído hablar y resulta, ¡oh casualidad!, que se va a producir el lanzamiento de su enésimo disco o que estrena en cartelera película u obra de teatro?

El ámbito literario no es una excepción. Aquí, los oportunismos suelen venir dados por los galardones o por los aniversarios. Principalmente de fallecimiento: nos tira más la muerte, qué le vamos a hacer.

Pues me vais a perdonar pero yo también voy a ser de esas que aprovechan que el Pisuerga pasa por Valladolid para hablar de un librito que me emocionó e impactó en su momento a partes iguales. ¿A qué oportunismo me acojo para soltar el rollo que viene a continuación? Pues al de que acaba de ponerse a la venta Un amor, la novela con la que el escritor catalán Alejandro Palomas se alzó con el premio literario más madrugador del año: el Premio Nadal. Este galardón se falla la velada del Día de Reyes. Fue “Nada” de Carmen Laforet la que inauguró en 1944 la nada desdeñable lista de 75 títulos de uno de los premios literarios más prestigiosos del país, además del más antiguo, que fija su mirada en obras inéditas.

Pero no, no os voy a hablar de Un amor, Una madre, Un perro o El tiempo que nos une, sino de la novela de corte juvenil Un hijo.

Es curioso constatar cómo levantamos muros infranqueables que nos separan irremediablemente de nuestros seres queridos más cercanos cuando paradójicamente más necesitamos su apoyo. Las llamadas desesperadas de socorro se pierden en los silencios o en la rutina de nuestro entorno. Pero entre tantos que miran hacia otro lado, siempre hay alguien capaz de reconocer ese atisbo de necesidad que se trasluce en nuestra forma de obrar.

Cuando todo nuestro mundo se desmorona, cada cual escoge aquello que le ayuda a sostenerse y a seguir levantándose cada día. En el caso de Guille, el protagonista de Un hijo, ese sustento es Mary Poopins. Lleva por bandera a este personaje al que todos recordamos cantando aquello de supercalifragilisticoespialidoso. Una balsa salvavidas con la que parece mantener un rumbo aparentemente normal, pero que acaba siendo el detonante de que salten todas las alarmas.

La crudeza de la ausencia de una figura tan importante en la niñez como puede ser una madre planea sobre un relato cuya narración se articula en breves capítulos. En ellos, las voces de Guille y María (la orientadora de su cole), con sus diferentes perspectivas, son las responsables de que nos vayamos formando nuestra propia composición de lugar a la par que presenciamos cómo manejan la situación Guille y su padre y se nos agolpan en la cabeza un buen número de interrogantes.

Si el dolor compartido es más llevadero, ¿por qué se nos antoja tan cuesta arriba abrirnos a aquellos que están en las mismas y que nos quieren incondicionalmente? ¿Y por qué huimos como de la peste ante cualquier muestra de sensibilidad que se puedan traslucir de nuestros actos? Sí, la vulnerabilidad nos hace humanos y el dolor es intrínseco a nuestra naturaleza. ¿Por qué, entonces, esa sensación de debilidad ante la canalización de un sufrimiento? ¿Por qué motivo nos empeñamos en colocar etiquetas, tildar de débiles o malinterpretar muestras de sufrimiento? ¿Tanto nos ha estereotipado la sociedad que somos ya incapaces de mostrar la más mínima empatía y de comprender y aceptar aquello que se sale del guión establecido? ¿Por qué buscamos de reojo la reacción y aprobación de la masa aborregada en todos y cada uno de nuestros actos? ¿Somos libres para comprender los comportamientos de quien tenemos al lado?

Que un libro tan breve, tan aparentemente sencillo, cuyo público objetivo es el juvenil, que trabaja con una exquisita sensibilidad los sentimientos y las emociones, cale en el público adulto y sea capaz de hacerte cuestionar tantas y tantas cosas, no solo merece más de un premio (fue premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en 2016) sino también que más de un adulto se lance a leerlo.

Sigue a La Isla de las Cabezas Cortadas en Twitter y en Facebook.

1 Trackbacks y Pingbacks

  1. ¿Mola o no mola? Vol LXXXV. ¿Veneno sin Veneno es veneno? - La Isla de las Cabezas Cortadas

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*