Gravity: La odisea orbital de los astronautas cutres

La película más ambiciosa de Alfonso Cuarón no es su mejor trabajo, pero sí una película de aventuras tan sencilla como trepidante que da unas cuantas lecciones sobre cómo usar el formato 3D.

Por Yago García

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El mayor inconveniente del espacio es que está vacío. Pero vacío de verdad de la buena: si hacemos caso a Harlan Ellison, sólo el hidrógeno y la estupidez abundan en su vasta inmensidad, y eso en cantidades que, si bien considerables (basta con encender la TV para comprobarlo) resultan inútiles a la hora de hacer algo de bulto en un lugar tan amplio. Por lo demás, y aunque las muchas formas de la ciencia-ficción hayan pretendido llenarlo con astronaves, asteroides en perpetuo rumbo de colisión con Washington DC, civilizaciones de todo pelaje y demás morralla, el páramo que se extiende más allá de nuestra atmósfera es un hueco insondable, inconmensurable e inhabitable. E inquietante, también.

Gravity, que no es una película de ciencia-ficción aunque pueda parecerlo, saca mucho partido de esta premisa a fuerza de tomársela en serio. Y es que, según señala Alfonso Cuarón durante sus planos-secuencia prodigiosos (pero no tan numerosos como se dice), los intentos de la humanidad por poner pie en dicho abismo son, ante todo, cutres: la obligación evitar destinos como la congelación, la descompresión y muchas cosas desagradables que acaban en “-on” nos lleva a acarrear con nosotros rutinas, pequeñas costumbres irritantes y cuentas pendientes con la vida capaces de lastrarnos, y de arrastrarnos, aun en un entorno donde el peso no existe.

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Según describe el filme, pues, el Cosmos puede revelarnos su majestad en formas tales que nos hagan recuperar el placer de sentir la carne sobre los huesos, y merced a cuyo poder sentiremos el galopar de la adrenalina. Claro que dicha revelación viene acompañada de un persistente, casi garantizado, peligro de convertirnos en carne en conserva orbitando sobre el Ecuador: si Hitchcock precisó de una bandada de pájaros para ponernos las gónadas en la nuez, al mexicano le basta con un enjambre de piezas metálicas que arrasa todo lo que se cruza en su camino. Aparte de la vacuidad, se nos olvidaba decirlo, otro rasgo muy puñetero del ‘arriba-fuera’ es aquello de la inercia, por cuya causa una mota de polvo puede taladrarte hasta los huesos si acumula el suficiente impulso.

De esta manera, Gravity queda como uno de esos relatos cuyos héroes se enfrentan a un entorno que quiere matarles. Bueno, tal vez eso sería demasiado: los astronautas protagonistas surcan flotando (a trompicones) un entorno en el cual, sencillamente, no deberían estar. Por supuesto, es el autor de Hijos de los hombres quien nos trae esta fábula, así que en el fondo de todo ello hay una moraleja. Pero, como esta no acaba de cuajar a ojos de quien suscribe, dejémoslo en que la cinta describe también una de las relaciones de amistad y compañerismo más bonitas y tiernas del cine reciente, que consigue calarnos en el corazón aunque George Clooney se zampe a su partenaire Bullock con la soltura de un hipopótamo del Tragabolas.

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En todo caso, la película que nos ocupa no es la mejor cinta de Cuarón, si bien queda como su trabajo más ambicioso. Lo que sí es es un alarde técnico que creará escuela, o debería crearla, y que dejará turulato al más pintado gracias a su soltura visual (aunque los protagonistas no sean gráciles, la cámara sí que lo es) y a un uso del 3D que nos recuerda, por una vez, las inmensas posibilidades del formato. También queda como una prueba de cómo las historias simples, y originales, pueden ser demoledoras cuando las concibe el cerebro adecuado. En todo caso, cuando salgas del cine, te alegrarás de sentir el suelo bajo tus pies.

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