Guía rápida para una Herejía. De Horus.

Ultramarines, Primarcas, Disformidad, El Imperio, Khorne, Tzeench, Slaanesh, Khorne… Pero… ¿en que puto idioma está hablando este tío?

Por Javier Marquina.

Games Workshop es, ante todo, una empresa. Y como tal empresa, su único fin y propósito es sacar a todos aquellos pobres desgraciados enganchados a su terrible y adictivo producto toda la sangre que sean capaces de chuparles. Por eso se dedican a inundar su nicho de mercado de toda clase de productos que excitan sobremanera al fan y deprimen su economía de manera devastadora, con unos precios que en los últimos tiempos han alcanzado la categoría de despropósito total, digna de juzgado de guardia. Visiten su página web, consulten su catálogo y alucinen.

De entre todos estos productos y, a pesar de todo, me gustaría destacar una serie de novelas publicadas en España por la editorial Timun Mas encuadradas dentro de lo que en el Universo del Warhammer 40.000 se conoce como “La Herjía de Horus”. En nuestro país acaba de ser publicada recientemente la novela número 20 y no tienen visos de acabar en un futuro próximo, a pesar de que la citada Herejía es un pasaje cerrado de historia, con un final conocido por todos los aficionados. La pregunta por supuesto es: ¿Para qué parar mientras sigan dando dinero? Y, lo que es más importante, ¿por qué coño sigo yo comprando estas novelas? La respuesta es tan atroz como sencilla: soy un zombie del 40K y me gustan. Soy fan entregado de la literatura de Dan Abnett en particular  y me lo paso bien leyéndolas en general. No puedo evitarlo.

A continuación y a modo de pseudonarración libre y personal llena de erratas y libre-interpretaciones, dejo una serie de términos fundamentales para entender este apasionante mundo, para todos aquellos que o bien no saben nada y sienten curiosidad, o bien lo saben todo y buscan una excusa perfecta para lapidarme.

En el futuro, sólo hay guerra. Y es marca registrada de Games Workshop.

La Humanidad.
Terra, como no podía ser de otra manera, es el centro del Universo. Tras miles de años de evolución, el hombre ha conseguido colonizar las galaxias y su dominio se extiende por todo el espacio conocido. Sus logros no tienen parangón. Son la especie dominante. El culmen evolutivo. Pero de repente, una serie de terrible catástrofes asolan la civilización, destruyen el sistema de conexión interestelar que unía a todas las colonias humanas dejándolas aisladas y hace retroceder tecnológicamente al ser humano a tiempos mucho más oscuros y despiadados.

El Emperador.
El Emperador no es un ser humano. Es EL ser humano. Camina por el mundo desde que el primer simio dejó de usar sus manos para andar y ha contemplado al hombre seguir el camino de su historia sin intervenir, sin entrometerse. Hasta ahora. Con poderes casi divinos El Emperador decide que es hora de recuperar lo perdido, de volver a establecer la hegemonía humana en el Universo, de acabar con siglos de paganismo y adoración a dioses que no existen, porque no existe ningún dios. Solo existe el hombre, y el hombre es supremo. Después de reconquistar y unificar Terra, El Emperador reúne a los mejores expertos en genética del planeta y con se intelecto superior se lanza a la creación de sus hijos, de sus iguales. Ha empezado La Gran Cruzada.

Los Primarcas.
Los Primarcas son los hijos del Emperador. Humanos perfectos, sin taras, creados genéticamente a imagen y semejanza de su padre para liderar las legiones que reconquistarán la galaxia. Son la cumbre de la evolución. Son dioses. Son seres supremos casi inmortales que caminan entre hormigas. Son el futuro del hombre y su condenación. Mientras los Primarcas crecen en sus cubas genéticas, una fuerza poderosa más antigua que el tiempo interfiere y envía los 20 hijos del emperador a distintos confines de la galaxia, con la esperanza de acabar con una amenaza tan clara a los oscuros propósitos de las fuerzas de la destrucción. Nada más lejos de la realidad. Cada uno de estos superseres medrará en el planeta al que se ha visto exiliado, conquistándolo con su intelecto y fuerza superior. La Gran Cruzada sigue su curso, inexorable.

Los Marines Espaciales.
Siendo la élite militar del floreciente Imperio, sólo podían llamarse marines. Reconozco que es un nombre que lleva a confusión a todos los antiimperialistas, pero es lo que hay. Los marines Espaciales se dividen en 20 legiones creadas a partir de la semilla genética de los 20 Primarcas. Superhombres. Soldados perfectos modificados para ser imparables. Armados con las mejores armas. Vestidos con las mejores armaduras. Son la fuerza de choque del Imperio. La élite de la élite. Una ola de destrucción que somete planetas a su paso, sojuzgándolos bajo la voluntad del Emperador. Nada puede detenerlos. Su poder es imparable. Su lealtad infinita. Los Marines Espaciales son el ejercito perfecto. Son la máquina de matar definitiva. Y no conocen el miedo.

La Disformidad. 
La disformidad es el vacío. La sangría. Una dimensión sin espacio y tiempo que une el Universo. Un lugar de ideas, de conceptos, el mar que al ser descubierto permitió al hombre conquistar el espacio, al unirlo todo con su física imposible. Navegar por el Inmaterium se convirtió en imprescindible para unir a las colonias humanas, y cuando las tormentas de la catástrofe impidieron todo viaje por el espacio disforme, el hombre retrocedió miles de años y perdió contacto con todo. La disformidad es el medio, pero también es la puerta de entrada a todo aquello que vive en este lugar imposible. Seres que son sólo concepto. Seres que sólo buscan la entropía y el desastre, el final de todo. Seres de mal puro y concentrado que esperan su oportunidad agazapados en el instersticio de las puertas que se abren cada vez que las naves de La Gran Cruzada cruzan la disformidad buscando nuevos mundos antaño humanos que reunir o aniquilar. Espíritus. Demonios. Engendros. Caos.

La Gran Cruzada.
Una vez unificada la Tierra, El Emperador se dispuso a conquistar el Universo. A reunir a los que antaño fueron hermanos. A reencontrar a los humanos perdidos hace milenios. En el proceso, además, El Emperador busca a sus hijos perdidos para poder así entregarles lo que por derecho de nacimiento artificial les corresponde: el mando de las legiones creadas por y para ellos. El mando del ejercito del hombre. El mando del plan que hará que las galaxias se inclinen ante el poder puro del hombre. Poco a poco, lo Primarcas son encontrados y reunidos. Como hijos pródigos que van siendo devueltos a la senda marcada por su padre. Nada puede parar a esta fuerza de destrucción nunca antes vista. No hay alternativa ante ellos. Los planetas o son convertidos, o son aniquilados. Sólo existe una voluntad, la voluntad Imperial. Dios no existe. Quién diga lo contrario, muere.

Los Dioses del Caos.
Dios no existe. Eso dice la voz lejana de El Emperador. En la Disformidad, si uno presta atención, se pueden oír risas de éxito. Dios existe. De diversas maneras. Al menos algo que a todas luces una mente que no puede asimilarlo todo identificaría como un dios. Existe y es caos. Caos puro. Caos inmaculado. La idea misma del caos destilada y esperando para acabar con todo, en ese ciclo eterno de destrucción y creación que engendra lo conocido. Dios existe. Y son cuatro. Nurgle, Khorne, Tzeench y Slaanesh. Esos son sus nombres. Podredumbre, sangre, cambio y placer. Y esperan. Y ríen.

La Herejía de Horus.
De entre todos los Primarcas, de entre todos sus hijos, había uno que era, por encima de todos, el favorito de El Emperador. Horus, caudillo de los Lobos Lunares. Horus, el más poderoso, el más grande, el más sabio, el mejor. Horus, que acompaño a su Padre en sus más grandes victorias y salvándolo inlcuso de una muerte segura. Horus, el que, cuando La Gran Cruzada parecía encaminada y su fin último inevitable, fue nombrado Señor de la Guerra por el propio Emperador, con todas las legiones hermanas a su cargo. Horus superior. Horus supremo. Horus el humano, inevitablemente. Y por ser humano, Horus cayó. Los dioses del caos encontraron resquicios por los que colarse y convirtieron su alma en teoría pura, en algo negro y podrido lleno de ansías por ser supremo. Así que Horus Lupercal, El Señor de la Guerra, confundido por las voces de ese algo que anida en el corazón de todos como una mancha oscura y cambiante, se levantó en armas contra su padre, dispuesto a destruir todo aquello por lo que había luchado. Y así empezó La Herejía de Horus. Así empezó el final de todo.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

4 comentarios en Guía rápida para una Herejía. De Horus.

  1. Definitivamente, el universo del 41 milenio lo tiene todo para atrapar a gente ansiosa de heroísmo, odio, genocidio interplanetario y catedrales instaladas en meteoritos teledirigidos. Vamos, que estoy metido hasta el fondo.

    En su día leí que el Emperador era producto de una fusión de varias mentes psíquicas. Un cónclave de los chamanes más poderosos de Terra decidieron hacer un sacrificio ritual para dar paso a un solo ser. Pero como han ido cambiando el trasfondo según iban saliendo ediciones del juego y novelas, a saber qué es ahora.

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