GUMBALL: Amor a quemarropa.

El Asombroso Mundo de Gumball es una serie de dibujos animados que te devuelve la fe en la humanidad y en las posibilidades de la creatividad humana, a la vez que explica con aplastante diligencia el porqué una serie de monos evolucionados ha sido capaz de alcanzar cotas de genio insuperables.

Por Javier Marquina.

Puede que sea vagancia. Es posible. Declararte fan absoluto, incondicional y entregado de algo consigue que esquives cualquier tipo de explicación o razonamiento minucioso y detallado que explique tu filia exacerbada. El amor y el deseo navegan por canales de difícil comprensión, y lo particular los gustos personales es la excusa perfecta para no realizar una tesis exhaustiva sobre aquello de lo que tratas de hablar. Colocando palabras como “a mí” o “para mí” delante de cualquier valoración que realicemos, logramos plantar un escudo tras el que protegernos de los furibundos ataques de detractores o defensores a ultranza. También, como decía al principio, nos permite ser vagos, o saltarnos análisis semióticos y sintácticos del producto que reseñamos. Podemos refocilarnos en nuestro amor sin dar más explicación que el propio amor que sentimos. Porque el amor nos vuelve tarumbas, y el romanticismo es la alfombra ideal bajo la que ocultar pecados veniales.

GUMBALL
Mi estado de felicidad completa tras el visionado de cualquiera de los episodios de Gumball.

Dicho esto, bastaría con decir que amo con ardiente pasión y admiración la serie de dibujos animados El Asombroso Mundo de Gumball. La adoro con un fuego inextinguible que me llena de fervor cada vez que pillo uno de los episodios de la temporada correspondiente en alguno de esos canales que emiten programas para niños 24 horas al día. La quiero porque me mira a los ojos y me trata de tú a tú, acribillándome con niveles de lectura (o de visionado, en este caso) tan variados y magistrales, que es imposible encontrar a alguien que no acabe por sentirse identificado con alguno de los personajes, temas o historias que aborda.

Gumball cumple a rajatabla ese nuevo clásico, esa nueva Ley de Moisés que establece que la programación infantil debe tener un contenido adulto en el trasfondo, semioculto bajo una paleta de colores estridentes y formas divertidas. Teniendo en cuenta que los consumidores de estos productos son niños y padres por igual, las normas básicas de la mercadotecnia establecen que hay que complacer a los clientes potenciales, dispensando un contenido que satisfaga a todos del mismo modo. No amargues a los padres y divierte a los niños. Es más, embelesa a los padres e hipnotiza a los niños. Ese es el verdadero objetivo.

Tras un envoltorio entrañable, la serie creada por el genial Ben Bocquelet se transforma en un huevo de Pascua que dispara a discreción contra los problemas mundanos que sufrimos a diario. Un episodio tras otro, realiza radiografías de una precisión sobrecogedora que desnudan mitos y tabús, a la vez que se ironiza con humor corrosivo y certero sobre fenómenos que pueden llegar a transformar nuestra sociedad en un erial lleno de gilipollas suturados a una pantalla de televisión que solo proyecta vídeos de Youtube. Internet, la redes sociales, los nuevos canales de comunicación virtual, los superhéroes, la física cuántica, el trabajo, la familia, el amor, la composición misma de la realidad, la economía, la amistad, el acoso escolar, la obsesión, el machismo, la naturaleza misma del mal… no hay tema demasiado arriesgado o profundo que no pueda ser tratado con la pátina multicolor de esta inigualable obra maestra, de este monumental ejemplo sobre cómo guionizar con inteligencia superlativa sin insultar, menospreciar o cabrear a tu espectador.

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Los Waterson, una familia perfecta.

Y eso es todo. No voy a  explicarte absolutamente nada de la serie. Ni su argumento. Ni su horario de emisión. Ni donde poder conseguirla. Búscala. No importa cómo o dónde. Hazlo. Consíguela. Porque hagas lo que hagas, tienes que ver Gumball. Es así. Un episodio. Dos. Tres. Cien. Lo que te apetezca. Pero tienes que ver Gumball. Porque es amor. Porque es la vida. Porque en ella reside el sentido de la existencia. Porque tras sus paredes de vivas luces, tras su apariencia inocente y blanda, tras su estallido multicolor rayano en el surrealismo más entrañable, se esconde una trituradora inmisericorde, de las que te desnudan y te colocan frente a un espejo que muestra todas las cicatrices de una sociedad en constante mutación. Una bola de demolición indestructible que pone su punto de mira en una humanidad que se columpia con aterradora displicencia entre lo sublime y lo hediondo, danzando en el filo de una mezcla que puede colocarnos en las puertas de la conquista de todo o en la senda del fracaso que nos sumerja en la gran e insondable nada.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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