HANNIBAL, el monstruo fascinante. [Primera temporada]

Es un momento perfecto para valorar la primera temporada de esta serie de la NBC que, para mí, se ha convertido en una de las sorpresas más gratas de este año y  además hablar un poco de ese ser que tratamos de ignorar pero que a todas luces existe y nos acecha: el monstruo.

Por Javier Marquina.

Los  asesinos en serie de la vida real suelen ser personas con poco glamour, aspecto desequilibrado y mirada perdida. Aparecen siempre en la foto de su detención después de haber sido perseguidos durante meses por la policía, y el miedo y la locura aparecen grabados en sus ojos, como una huella de lo que queremos que sean. Esforzarse por achacar todo el horror de sus crímenes a un desequilibrio mental inducido por una enfermedad psíquica es el paso lógico en una sociedad que se niega a admitir que existen seres humanos que no son buenos por naturaleza. Personas que aunque pueden acariciar a niños con bondad y participar activamente en las labores sociales de su comunidad, en el fondo, no tienen de eso que algunos llaman alma y son, simplemente, monstruos. Monstruos incapaces de convivir, de integrarse o de reinsertarse en sociedad tras haber pagado una condena casi siempre insuficiente. Monstruos que carecen de ese aspecto que nos vuelve humanos y, por tanto, entran en una categoría incómoda que nos negamos a asumir. Al monstruo no se le controla ni se le domina. El monstruo es consciente de sus actos y los desempeña porque es así como entiende el concepto de la vida. La maldad para él es el canon normal con el que medir su existencia y, por ello, cuando aparecen, como mutaciones perversas que son de unos estándares socialmente aceptados y aceptables, deben ser tratados en consecuencia por esa maquinaria lejana y aséptica que hemos creado para no sentirnos culpables y que llamamos Justicia. Es una posición difícil de defender en una discusión de bar, pero porque hemos construido un sistema en el que todos queremos ser tan buenos que acabamos siendo miserables.

El cine y la televisión han pervertido este arquetipo hasta convertirlo en algo fascinante y atrayente. Han moldeado el desequilibrio para que brille y nos atraiga como una luz blanca en un sótano. Ese sótano dónde un sastre de pieles humanas curtidas juega con nosotros con sus gafas de visión nocturna. El asesino en serie es fascinante por misterioso, por incomprensible, porque representa y hace cosas que nosotros en nuestra normalidad consideramos atroces, pero magnéticas. El asesino de ficción es más fácil de entender, más fácil de asumir, de empatizar. No existe, así que nos cuesta menos sentirnos afines a él, comprenderlo y, por qué no, envidiarlo. No hay nada malo en sentir amor por Drácula o el Hombre Lobo, así que no hay nada malo en sentir admiración por ese señor mayor que disecciona a sus mujeres con una sierra de marquetería, por ejemplo. A veces, en ocasiones, cuando actores geniales interpretan al monstruo, incluso podemos sentir compasión, pena o admiración por él. Ya sea Peter Lorre en ‘M, el vampiro de Dusseldorf’ o Sir Anthony Hopkins en ‘El Silencio de los Corderos’. Y aquí es dónde empezamos a llegar al meollo de mi entrada.

Hannibal Lecter.

Hannibal el caníbal.

La trascendencia que este personaje de ficción ha tenido para ese icono moderno que es el serial killer es fundamental. Antes de El Silencio de los Corderos es innegable que se habían realizado grandes películas sobre asesinos en serie, pero fue la película de Jonathan Demme y la increíble interpretación de Hopkins la que crearon el icono moderno y definitivo de asesino fascinante, terrorífico y magnético. Un personaje culto, refinado, extremadamente inteligente, totalmente consciente de sus actos, carente de moral pero no del concepto de ella. Un sociópata. Una mutación. Un ser diferente. Un monstruo en toda regla. Que se hiciera una serie de televisión sobre este personaje total creado por Thomas Harris de manera bastante afortunada y tangencial en su novela El Dragón Rojo era cuestión de tiempo. Más si cabe teniendo en cuenta esta época dorada de las series de televisión que estamos viviendo en la actualidad en las que a menudo su calidad supera a las de su hermano mayor, el cine. Ahora que la primera temporada de Hannibal ya ha acabado en Estados Unidos, creo que es el momento de hablar de cómo le han ido las cosas al caníbal de ficción más famoso de la historia.

Hannibal empieza con un soberbio primer episodio que ya reseñó Chema Mansilla en La Isla cuando empezó la temporada. Es uno de esos episodios que sientan las bases de manera solida, que fascinan y, sobre todo, que enganchan. En él se establecen los patrones que definirán la serie hasta el final: producción excepcional, violencia explícita y un excelente plantel de actores entre los que destaca, como no podía ser de otra manera, un extraordinario Mads Mikkelsen, que parece haber nacido para ser un psicópata antropófago.

Aunque la serie parece perder fuelle en los episodios siguientes en los que Hannibal aparece de manera residual, poco a poco los guionistas, conscientes de que el título de la serie no debe ser un cebo para el televidente sino el verdadero objetivo de la trama, vuelven a coger el pulso centrándose en una de las relaciones más interesantes que hemos podido ver en los últimos años. El psicopático dúo formado por Will Graham (un también extraordinario Hugh Dancy, dando una verdadera lección de angustia vital y desequilibrio) y Hannibal Lecter, acaba convirtiéndose en un retorcido relato de amistad. Un relato negro, enfermizo y contaminado entre trajes a medida, sudores fríos y mujeres psiquiatra a las que fornicar en el diván. Los que veis la serie ya sabréis de lo que hablo. Gillian Anderson jamás había estado tan sexy cuando era la agente Scully. En Hannibal es el icono de mujer madura y poderosa ante la que arrodillarse con una fusta en los dientes y suplicar un castigo. Impagable.

Los capítulos se suceden en un ‘crescendo’ cada vez más explícito y cruel en el que cada participante evoluciona discurriendo por una red tejida con horror por el psiquiatra de gustos refinados. Pequeñas moscas atrapadas en una tela de araña que se mueven y se van ahogando hasta desembocar en un final que no por menos lógico y esperado, deja de ser menos brillante y emocionante, dejando muchas cosas pendientes para una segunda temporada que, en mi opinión y por el bien de la serie, debería ser la última. Los asesinatos son cada vez más retorcidos. Los personajes ganan en complejidad en cada capítulo. La comida es cada vez más apetitosa. Will Graham es cada vez más víctima desgraciada del cariño frío y despiadado de Lecter. Un guiso delicioso que cuece lentamente. Uno de esos platos que miras con apetito sabiendo que, con certeza, acabará causándote un infarto.

Esas hipnóticas comidas…

Hablando de platos, mención aparte merecen las sesiones gastronómicas ofrecidas por Hannibal, en las que nunca se acaba de desvelar si los comensales están degustando carnes de ternera de Kobe o venado cazado en los bosques de Maine, o el muslo jugoso de una sobrina adolescente o de una turgente animadora. Todo un espectáculo entre maravilloso y repugnante que constituye una de esos aciertos que como perlas aparecen de vez en cuando en pantalla.

Hannibal ha hecho en 13 episodios algo que todos creíamos imposible: dotar a Hannibal Lecter de una cara aún más definitiva y precisa que la que nos ofreció Anthony Hopkins en su maravillosa interpretación. Mikkelsen ha nacido para la crueldad y su acento nórdico lo hace todavía más apropiado para interpretar al psiquiatra lituano. Su cara de maldad fría y extrema, su refinada educación y el tono sereno que le confiere a cada una de sus intervenciones, son oro puro. Esa voz que te adormece y te calma, incluso cuando está claro que lo siguiente que va a suceder es que va a despedazar a su próxima víctima con la precisión de un cirujano.

Además, y por si fuera poco, los trajes le quedan de muerte. Sobre todo cuando están cubiertos por un mono de plástico transparente que usa para no ensuciarlos mientras desgarra la mandíbula de un cadáver fresco. Con estilo. Con elegancia.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

3 comentarios en HANNIBAL, el monstruo fascinante. [Primera temporada]

    • ¡Menos mal que llegamos a tiempo!

      Me alegro mucho de que te haya gustado la crítica. Muchísimas gracias por leernos.

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