He visto OKJA y ahora soy frugívora.

Una película no apta para vegetarianos.

Por Teresa Domingo.

 

Okja, la nueva película de Bong Joon-ho, al que en la Isla ya conocemos por su fantástico Rompenieves, ha desatado la controversia a más niveles de los que cabría esperar en una inocente película coreana de fantasía de este tipo.

El primer jaleo llegó durante el pasado festival de Cannes donde, una vez programada, se anunció que no se estrenaría en ningún cine de Francia, obligando a cambiar las reglas del festival. A partir del año que viene no se podrán presentar películas que no se estrenen en salas francesas.

El segundo episodio fue el anuncio por parte de Netflix de que se estrenaría simultáneamente en cines y en su propia plataforma, desatando la ira de las distribuidoras coreanas que decidieron boicotearla y no proyectarla en sus salas bajo el argumento de que “esta práctica destruirá la industria cinematográfica”.

El tercer debate se inicia en el momento que el público general accede, ya sea a una sala o a su cuenta de Netflix, para ver una película de corte ecológico, protagonizada por una niña y su cerdo gigante. Y realmente la premisa es esa, pero nada más lejos. No nos pilla de nuevas el espíritu reivindicativo de las películas de Joon-ho en las que, por medio de futuros distópicos y alternativos, nos va dando una colleja tras otra para hacernos despertar a la realidad del planeta, a la que tristemente estamos colaborando. En esta ocasión no lo iba a hacer de otra forma y nos presenta una nueva moralina con patas. Con cuatro, hocico y un rabito retorcido, para ser más exactos.

La comida que debería existir naturalmente se agota. Mirando Corporation es una multinacional que trabaja con productos transgénicos que, ante la evidente escasez de recursos alimenticios naturales que quedan en el planeta, experimentan genéticamente con diferentes especies hasta dar con el supercerdo. Usando un concurso como tapadera reparten unos cuantos ejemplares al azar por granjas de todo el mundo para probar en qué condiciones crecen más y mejor. Uno de estos cerditos es enviado a las montañas de Corea del Sur, donde se cría durante diez años como mascota de Mitja, una niña encantadora (y una actriz brutal, Ahn Seo-Hyun) que, como todos los niños daría su vida por su animal de compañía. El día que finaliza el concurso-experimento Mirando Corporation comunica a la familia del cerdo Okja (que ahora pesa seis toneladas) que ha sido el ganador y se lo llevan a Nueva York para darle un premio. Pero Mitja iría por su cerdo hasta el fin del mundo así que da comienzo una persecución de Seúl a Nueva York en la que el Frente de Liberación Animal intentará ayudar a Mitja a recuperar a su amigo, mientras huyen de la malvada Lucy Mirando, dueña de la corporación.

El problema de todo esto, y el mérito de Bong Joon-ho, es que no te sugiere nada. Te obliga a empatizar de tal manera con la niña y su cerdo que, como tengas un mínimo de conciencia animal, acabas con el estómago revuelto. Y, si tienes mascota, peor aún, que a mí me sentó mal la cena y he visto el gore más turbio que se pueda encontrar.

El guión de Okja y, sobre todo, la dirección (atención al estudio de planos para rodar la secuencia de persecución por Seúl) te van metiendo en la historia y haciéndote ver todo lo que se esconde tras las etiquetas “natural y ecológico”: lo que realmente buscan algunas ONGs defensoras de los animales, la manipulación de la masa y lo que esta es capaz de tolerar, la venta y el despilfarro de comida sin escrúpulos… y el matadero. Realidades que la industria alimentaria no te enseña porque, entonces, no consumiríamos tan a lo loco sus productos perfectamente limpios, despiezados, envasados y listos para comer.

Y justo ahí radica el alma de la película. En boca de Lucy Mirando (de nuevo, Tilda Swinton se alza como la lideresa de todo el cotarro y alegoría del capitalismo) escuchamos la verdad más cruel de lo que comemos y, lo peor de todo, de cómo lo hacemos. Dándole un giro de tuerca a uno de los refranes nacionales por excelencia, nos encontramos con la lapidaria frase “del cerdo se aprovecha todo menos los gritos”. Hay que ver cómo cambia una frase que te hace pensar en un bocata de pancetita crujiente si alteras una palabra. Pues te queda un refrán cruel, sangriento, cafre, desproporcionado e irracional.

Pero Joon-ho no se va a quedar ahí, que las palabras se las lleva el viento. Como si de un experimentado púgil se tratase, a lo largo del metraje va tirando pequeños golpes aquí y allá hasta que, en el momento preciso, lanza un directo a la mandíbula que no todos son capaces de encajar. El paralelismo que crea con una de las mayores atrocidades históricas te golpea en la cara y te hace pensar, tanto en un sentido como en otro. Animalizar humanos. Humanizar animales…

Porque, si realmente nos paramos a pensar, lo de comer algunos animales y otros no es pura psicología. Esta niña coreana jamás permitirá que se coman a su cerdo, pero a ti te ponen un plato de jabugo delante y dile que no. Yo no podría comerme a mis perros. Vale que son galgos y no dan para mucho, pero son MIS perros, y en Corea hay hasta festivales en los que arrasan con todo bicho peludo que pillan a mano… como matanzas de cerdos aquí.

Que cada uno coma lo que quiera, pero si nos paramos a pensar…

 

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Si es creepy, es para mí.

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