HOUSE OF CARDS. La odisea del hiperpragmatismo.

La creación de un nuevo tipo de monstruo es una maniobra que asegura el éxito. Más allá del psicópata, el sociópata o el megalomaniaco, aquí nos encontramos con un nuevo y aterrador villano: el hiperpragmático.

Por Javier Marquina.

La cosa va de política. De política real. La que se desarrolla en la trastienda. En el retrete. Dada la situación nacional de los últimos meses casi sería imposible que fuera sobre otra cosa. Vivimos en un estado casi perpetuo de crispación, corrupción y engaño, en el que todo lo que nos cuentan se asume como mentira y en el que el hastío invade a los que quieren pensar de maneras divergentes a los patrones establecidos por unas marcas llamadas partidos políticos que acaban dirigiendo el pensamiento y colocando en el pesebre a sus seguidores. Es normal que esto  acabe contaminando cada uno de los aspectos de nuestra vida, incluso en el entretenimiento que consumimos y que acaba reflejando y representando nuestras inquietudes.

House of Cards es una representación llevada al extremo que huele a deprimente realidad. Una fotografía de toda esa caterva de mangantes, impresentables y horteras a los que elegimos democráticamente para que rijan nuestros destinos, incapaces de sublevarnos ante la idea de que estamos depositando nuestra confianza en un puñado de mediocres, mentirosos, inútiles o delincuentes, cuando no las cuatro cosas a la vez. Es un retrato que habla sobre gente extremadamente inteligente cuyo único talento consiste en sacar partido personal de la situación. A cualquier precio. Utilizando todos los medios a su alcance. Con la única preocupación de medrar y conseguir los objetivos propios que se han establecido, sin importarles los daños colaterales o todos aquellos que caerán por el camino. Solo les interesa el fin. La moral, la ética y la justicia son palabras sin demasiado sentido en su camino al estrellato. La bondad y la crueldad solo son letras acumuladas en un diccionario que no comprenden. Hacen lo que les place. Lo que necesitan. Se camuflan bajo una fachada de corrección y eficacia mientras en privado se mean en las tumbas de ancestros ajenos O, lo que es peor, en las de los propios. Carentes de conciencia, no sienten remordimientos porque lo han sustituido todo por una palabra: finalidad. Si estás entre ellos y su objetivo, tienes un serio problema. Son una nueva clase de mal. Un desastre necesario para la construcción de un mundo mejor. SU mundo mejor.

La producción de Netflix es un magnífico retrato recubierto de una ácida capa de denuncia, empañado en ocasiones por andanzas sentimentales innecesarias y absurdas, demasiado fantasiosas para un mundo colocado bajo el microscopio en los que todos los pasos que se dan deben ser controlados sin un ápice de duda ni margen para el error. Una necesidad dramática artificial que parece enfocada al alivio o humanización de unos personajes que no necesitan sentirse humanos en absoluto, lo que convierte las tramas secundarias que giran en torno a los sentimientos en un aditivo superfluo que huele demasiado a tramoya y a ficción. En la vida de los Underwood no existe el amor. El sexo es solo otro instrumento con el que conseguir sus propósitos. No les importa la familia, la amistad o el dinero. Han comprendido, de manera muy acertada, que lo único que les satisface y necesitan a toda costa es el poder. El poder convertido en un arma permanente y que los transforme en algo eterno. El poder como elemento que subyuga a los hombres y consigue que todo lo demás acabe llegando. Porque el dinero sin poder no es más que cifras anotadas en una cuenta corriente, una pistola inerte que será inofensiva hasta que alguien la empuñe. El Matrimonio formado por Frank y Claire es una máquina bien engrasada llena de complejos engranajes. Un dúo letal y helador de una inteligencia abrumadora cuyo única finalidad es llegar a la cima del mundo. Contemplar a la hormigas desde su atalaya en la Casa Blanca. Que su rostro aparezca en la definición de “número uno”. Ponerse el supertraje de “entidad más poderosa del planeta”. Y saben que solo hay una forma de conseguirlo. Que se lo pregunten a Donald Trump.

Versión americana de una miniserie británica, (los ingleses, siempre los ingleses…) cada capítulo de House of Cards se apoya en el magnetismo aterrador de un Kevin Spacey que destila ironía, desprecio y sinceridad en cada una de sus mentiras. A su lado, Robin Wright actúa como MILF sin descendencia, conteniendo cada gesto en un despliegue de calma tensa que desata sin alzar la voz en algunos de los momentos más crueles y terribles de la serie.

Es una gozada escucharlos en la versión original, esgrimiendo en cada diálogo un inglés definido, brillante y sonoro. Establece un precioso ejemplo de la cantidad de cosas que podemos hacer con el lenguaje y el inmenso patrimonio cultural que perdemos cada vez que limitamos nuestro vocabulario a un escaso centenar de palabras en las que la mitad son coletillas, tacos o erratas. Una vez más el doblaje al castellano es atroz, enterrando en el proceso todos los matices que la voz exquisita de Spacey le concede a cada frase. Impostada cuando debe, vehemente, susurrante, gélida, hiriente… un auténtico despliegue interpretativo que habría sido perfecto con un estilista capilar con más visión y con menos amor por las ensaimadas. De nuevo, quizás, un guiño al futurible y primitivo Presidente de los Estados Unidos.

Cuatro temporadas nos contemplan. Una ascensión imparable. Personajes que carecen de escrúpulos porque están muy por encima de la limitada concepción moral que trazamos del bien y del mal. Una pareja con una misión. Una nueva clase de miedo. Y todo por decidir.

Ellos no luchan contra el terror. Ellos son el terror.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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