HOY ES UN BUEN DÍA PARA MORIR.

Sin concesiones. Para qué. Es razonable suponer que si el fin del mundo llega, nos va a tocar a todos. Y ya que estamos apocalípticos, desencadenemos el final de los días en nuestras ciudades, y que los americanos se ocupen de sus propias catástrofes.

Por Javier Marquina.

Primer punto a favor: perder el pudor para ambientar historias de ciencia ficción en nuestro país. Exacto. Eso que el resto del planeta llama España. Pero sin apelar al rancio y efectivo patriotismo que acaba por convertir la tecnología en un trasunto cutre del zapatófono y a Andrés Pajares en la síntesis de la astronaútica. Usar una urbe como Madrid, difuminarla, situarla en un futuro cercano pero indeterminado y lograr una coherencia a prueba de bombas, es un factor a tener muy en cuenta a la hora de ensalzar esta obra. Llamar a la gente con nombres de aquí. Hacerlos hablar como hablaríamos nosotros. Huir de la sobrecarga de Jessicas; del Jonathans; del Peter; del Paul; del Mary; de toda esa odiosa contaminación lingüística que perfuma nuestro vocabulario con la miasma de una miríada de términos redundantes que no necesitamos. Tan fácil (en apariencia) como hacer las cosas bien sin necesidad de viajar a Nueva York, usar malvadas corporaciones como la Roxxon o convertir en protagonistas a agentes molones del CDC. Gracias a la goblalización, podemos tener esas mismas cosas en Lavapies y que no resulte extraño. No es tan difícil imaginar a Inditex tomando el control planetario.

Segundo tanto indiscutible: recurrir con frescura al manido argumento de la plaga casi bíblica que asolará la civilización. Reflejar con nitidez la indefensión congénita ante los elementos que persigue el ser humano, una paranoia que se manifiesta como un supervirus mutante que aniquila nuestra especie. Una fobia recurrente que cada año nos golpea en forma de Gripe Aviar, Ébola, Zika o derivados. Hacerlo desde un punto de vista psicológico, esgrimiendo la depresión como el síntoma de esa enfermedad que puede a la vez conducirte al suicidio antes del inevitable final. Poner el foco en una perspectiva mental, etérea, menos física, desagradable y sangrienta solo en el mismo final. Crear una pandemia basada en la apatía, en la dejadez, en ese hastío que supone vivir cuando no tienes nada por lo que hacerlo.

Tercer argumento demoledor: tejer un tapiz de historias entrelazadas, una obra coral llena de personajes pero también de cuentos, de recursos, de juegos, de técnicas de ilustración. Conseguir que todo ello vaya tomando una estructura de una solidez envidiable, una tela de araña que te atrapa y te va llevando poco a poco a través de los vericuetos de la historia, en un viaje que desgrana multitud de elementos que podrían confundirnos, pero que en lugar de pisarse, funcionan como trampolines que nos van impulsando por la trama. Sociedades insensibles condenadas por el capitalismo. El beneficio económico como única religión. Fines que hay que conseguir sin reparar en la moralidad de los medios utilizados. Amor. Amistad. Codicia. Conciencia. Arte. La música como motor por el que vivir. La literatura como condena, como cárcel inexpugnable que ahoga al escritor en el infierno del papel en blanco. El asesinato como una fría y lacónica necesidad vital. El miedo. El coraje. La vida. La muerte. La pena.

Colo, autor completo de esta estupenda novela gráfica, consigue construir una obra monumental que bebe de esa necesidad tantas veces reseñada que empuja al ser humano a imaginar su propio final. Ese anhelo que moldeamos como miedo, pero que se alimenta de la irreal fantasía del superviviente. Creer que perduraremos contra todo pronóstico nos convierte en espectadores del sufrimiento ajeno, una tragedia a nivel mundial que nos pone en la horrible dicotomía que supone sentir felicidad mientras estás vivo, a sabiendas de que todo a tu alrededor ha muerto. Sumergidos en el Armagedón, lo que acaba por flotar es nuestro yo verdadero, esa persona que, una vez desprovista del yugo de los convencionalismos sociales, se muestra tal y como es. Sin complejos. Por muy monstruoso que sea su aspecto. Héroes y asesinos. Cobardes y temerarios. Líderes y súbditos que confían en el anonimato para sobrevivir. Figuras que buscan notoriedad. Almas que suplican anonimato. Una radiografía detallada de lo que somos, como un listado de víctimas tras un terremoto.

Por si fuera poco, este cómic está lleno de extras. Y no me refiero a esas páginas finales llenas de bocetos y dibujos que complacen al fan pero que aportan poco a la historia. Me refiero a extras de verdad, de los que suman contenido y que, de no existir, cambiarían la arquitectura del conjunto de una manera dramática. Desde el CD de música compuesta para la ocasión, que sirve a la vez de acompañamiento y de banda sonora para la lectura, pasando por los pequeños cuentos y anécdotas que van perlando la narración intercalándose con la historia principal, todo lo que vas disfrutando huele a estudiado mecanismo para epatar. Un mural confeccionado para llenarte de sensaciones y hacerte reflexionar, para lograr que te pares a oler las rosas y te plantees qué es lo que realmente estás haciendo con tu vida.

Hay que asumirlo. Morir, vamos a morir todos. Dado que no vamos a poder escapar de esta angustiosa verdad, hagamos por el camino algo que de verdad merezca la pena. Como disfrutar de lo que tenemos, por ejemplo. De la mejor manera que sepamos.

“Hoy es un buen día para morir” ha sido publicado por la editorial Dibbuks.

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Acerca de Javier Marquina 218 Articles

Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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