HUNGER: cuando se juntan el hambre y las ganas de comer.

Otra película de cine independiente que ni se estrenó ni se estrenará en nuestro país y que nos deja una dura, realista y original versión de las diferencias ideológicas en Irlanda del Norte.

Por Teresa Domingo.


En los años 80, dentro de la prisión de máxima seguridad de Maze, en Irlanda del Norte, los presos políticos del IRA llevaron a cabo tres protestas: la de las mantas, la de la suciedad y la huelga de hambre. Hunger nos mete de lleno en el final de la segunda revuelta y el desarrollo de la tercera, que acabó con la vida de Bobby Sands (Michael Fassbender) y de siete presos más. Quizá este pequeño resumen os lleve a pensar en En el Nombre del Padre pues no, eso mismo pensé yo, pero en esta historia no hay buenos e inocentes. Aquí es malo hasta el apuntador.

Steve McQueen (evidentemente no es el difunto actor) eligió esta historia real para su ópera prima, y ha conseguido relizar un flim tan crudo pero visualmente tan bonito que bien se merece los galardones que ha cosechado, incluyendo varios premios en el festival de Cannes.Una película estructurada en tres actos visuales, y dos narrativos, con planos explícitos que agreden y agradan a la vista al mismo tiempo, haciendo que hasta limpiar mierda y orines de las paredes y el suelo sea visualmente tan potente que no te deje apartar los ojos de la pantalla.

El primer acto narrativo coincide casi por completo con el visual y comienza con el ingreso en prisión de Daven Gillen (Brian Milligan) que llega en plena Dirty Protest (protesta sucia) y, evidentemente se une a ella. Asistimos al depravado comportamiento de los presos, a las terribles represalias de los guardias y a mil y una maneras de colar información… Este acto, además de ponernos en situación, nos muestra la misma realidad desde los dos pensamientos o ideologías del momento: la de los presos, dejándonos incluso vivir alguna secuencia en primera persona, y la del “brazo fuerte de la ley”, encarnado en Raymond Lohan (Stuart Graham) un guardia de prisión con unos métodos muy poco ortodoxos. Durante este primer acto todo el peso del guión recae en la imagen. Apenas hay diálogos para reforzarla, y, aunque los que hay son de una contundencia que te deja pegado al asiento, no son necesarios para hacernos llegar la información. Ya hablan los fotogramas por sí mismos, y no es mentira, la cantidad de mensaje que esconde cada imagen da para dos o tres visionados.

El segundo acto narrativo da comienzo con un espectacular cambio de dirección de la cámara, que deja atrás a nuestros primeros protagonistas, para recoger a Bobby Sands, cuando se cruzan por un pasillo. Y me refiero a un pasillo de antidisturbios jugando a ‘pulpo’ con los escudos y las porras. Ruido y desconcierto, ése es el nivel. Para denunciar todo lo que acontece Sands decide liderar una huelga de hambre, y se reúne con un sacerdote, al que da todos los motivos por los que ha elegido la muerte como reivindicación a la opresión que sufre el pueblo irlandés. Esta charla es el segundo acto visual, que se aprovecha para situarnos en el contexto político, religioso y social del momento, y para reflexionar sobre la moralidad del suicidio. Una charla donde el director no es que aguante el plano a lo Kubrick, es que se le va la olla a lo Michael Haneke y te planta casi media horita de conversación (toda la que se había ahorrado al principio) en plano general.

Da comienzo el último acto: la huelga de hambre. Tal cual. Fassbender cada vez más escuálido en una cama y punto, llevando su cuerpo a límites comparables a los de Christian Bale en El Maquinista, puede que incluso más allá. Retorna la  la escasez de diálogos y  las heridas corporales, aunque sean por otro motivo. Y, sobre todo, conocemos las heridas de la mente cuando se consume el cuerpo. Alucinaciones, regresiones y divagaciones, lo que cualquiera desearía para sus últimos días.

Una gran versión de los conflictos políticos en la Irlanda de los 80 que McQueen se toma con calma eligiendo un montaje pausado, en el que suceden las cosas a ritmo carcelario, y donde la sensación de claustrofobia y desubicación temporal que sufren los reclusos sin fecha de salida, se ve acentuada por la falta de planos del exterior. Muchos planos detalle, escorzos en primer plano que dejan que ocurra la acción desenfocada en el segundo, voces en off, planos subjetivos y una fotografía es-pec-ta-cu-lar hacen del guión una obra original y diferente.

Si bien es cierto que es una historia que sólo se centra en la brutalidad contra el cuerpo, ya sea con golpes ajenos o por inanición voluntaria, no es el morbo que suscita la violencia carcelaria por lo que se recordará esta película, sino la imparcialidad, la belleza, el cuidado y el tratamiento de las imágenes con las que nos la cuentan.

Os dejo aquí el trailer, porque siempre vale más una imagen que mil palabras.

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Si es creepy, es para mí.

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