I AM A HERO. O eso quiero pensar.

Norma Editorial comienza la publicación del manga “I am a hero”, una de esas obras que de vez en cuando, me hacen recuperar la fe en el País del Sol Naciente más allá de obras maestras como Dr. Slump y Berserk o truños insoportables como Naruto o Bleach.

Por Javier Marquina.

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Mi vida últimamente es confusa, como una niebla llena de piratas podridos e hinchados o de monstruos mutantes de otra dimensión. Una niebla que avanza con lentitud sobre el pueblo en el que vivo. A veces es divertida como apagar todas las luces y sentarte frente a la consola de videojuegos a pasar miedo muriendo en Sient Hill. Otras es como ser inoculado por mosquitos gigantes cuyos hijos furiosos acaban devorándote por dentro. Rara vez existe el término medio.

El manga, en ese sentido, es un poco como mi vida. Como el insecto que o te contamina con un veneno alucinógeno o bien te contagia con malaria y te deja vomitando y sudando como un cerdo durante cuarenta días. Habitualmente, el manga para mí es un auténtico coñazo. Un aburrimiento infumable al que nos ha condenado una moda de adolescentes excesivamente hormonados y adictos a hacer el ridículo que por mi avanzada edad, tan lejana de la adolescencia, apenas puedo compartir. Y digo que es un coñazo de forma habitual porque a veces, de entre la mierda, surgen perlas y diamantes y tesoros y joyas que te hacen dudar de tu vida, de tu gusto y de tu criterio. Decir que todo el manga es malo es como decir que todos los cómics de superhéroes son malos o que toda la novela negra es mala o que todo el cine de acción es malo: una completa gilipollez. Hay mangas para todos y para todos los gustos. Hay mangas grandiosos y mangas realmente horribles. Hay mangas que son la vida y mangas que te hacen desear la muerte. El problema es que quizás el criterio editorial en España no es siempre el adecuado y se colocan en el mercado obras que deberían haberse quedado para calzar las estantería de sus mediocres autores.

Pero como digo, de vez en cuando aparecen obras que merecen la pena, de esas que te enganchan y te hacen reconsiderar tu vida. Como una toalla áspera que te lleva a pensar que quizás haya que cambiar de suavizante. Y una de esas obras se llama “I am a hero”.

i-am-a-hero (1)El manga de Kengo Hanazawa tiene todos esos defectos y tics que uno espera encontrar en un cómic japonés. El ritmo sincopado, letárgico, que avanza con lentitud a través de tomos y tomos y tomos de historia. Ese mismo ritmo que ha contaminado de manera casi letal al cómic de superhéroes americano. Los diálogos a menudo nos parecen alucinados, como pronunciados por aliens que han venido a nuestro planeta y están empezando a conocer nuestro idioma. Las costumbres son raras, el tempo diferente, los enfoques poco adecuados. Pero de forma curiosa, son esos mismo defectos o marcas propias de este estilo de narrar lo que hace que “I am a hero” sea un gran cómic, porque a pesar de tenerlos, los utiliza a su favor, para desarrollar la historia que quiere. Los diálogos son extraños porque el protagonista es un depresivo compulsivo de costumbres hipnóticas y desquiciadas, acosado por visiones y una vida mediocre en que lo único bueno de lo que puede alardear, es una novia fascinada por un rival. El ritmo sincopado se ajusta como un guante para contar como se va desarrollando el apocalipsis en segundo plano, como un susurro de desastre que se va extendiendo por la normalidad, por lo cotidiano. El enfoque es el correcto porque lo deforma todo con rabia, tamizando las imágenes por el ojo de buey de la locura que con tanto acierto utiliza el autor en algunas escenas de aterradora potencia. Todo real como la vida misma.

No esperéis nada trepidante, nada desenfrenado. No esperéis acción al estilo Gantz. Pero preparad esa risita nerviosa del que se acaba de quedar sin respiración y siente un calambre helado que recorre su espalda para cuando los monstruos se alcen. Porque los monstruos, esta vez, son terroríficos. Quizá porque son humanos comportándose como insectos, como muertos inflados y destruidos, como cadáveres que recuerdan vagamente quienes son, pero lo olvidan todo para devorar las caras de sus hijos, sus amigos o sus vecinos. El final del primer tomo es quizás el final más escalofriante que puedo recordar, visto a través de la luz estroboscópica de un mundo que se derrumba y te ataca y que, a falta de mejores palabras, acojona. Acojona de verdad.

Y en medio de toda la pesadilla que nadie parece querer asumir está Hiro, nuestro anodino protagonista, que maneja el caos que le rodea intentando por todos los medios aferrarse a su absurda normalidad, a las reglas que han dejado de ser útiles y a lo establecido. Es brillante la forma en que se niega a aceptar que la pesadilla que está viviendo es real, y le está pasando a él, ahora mismo, en este mismo momento. Una de esas reacciones chocantes que te exasperan y que no acabas de comprender, pero que tiene ese punto de realidad, como el que busca su zapato después de una explosión, ajeno a que ha perdido un brazo a la altura del hombro.

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“I am a hero” es otra historia de apocalipsis zombie más. No voy a negarlo. Pero una contada de una manera espectacular, casi real. Con un dibujo que en muchas ocasiones quita el aliento, que se mueve con falsa lentitud, poco a poco, generando energía, acumulando tensión para devolvértela de pronto, fotograma a fotograma. Como el caos en el que a veces se convierte tu vida, cuando crees que todo va bien, segundos antes de que empiecen a eclosionar los huevos que el insecto gigante puso con delicadeza en tu oído.

Sigue a Javier Marquina en Twitter: @IronMonIsBack

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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