INTANGIBLES.

Echas la vista atrás y compruebas que ha sido una semana por la que sentirse afortunado.

Por Javier Marquina.

¿Compensa?

A veces no. A veces sientes que estas luchando contra leviatanes silenciosos cuya principal misión es ignorarte. Pasas horas y horas frente al teclado con el convencimiento de que lo que haces no sirve absolutamente para nada. Te sientes como un fotógrafo cuyo público es ciego. No eres nadie, no llegas a nada y, para mayor escarnio propio, compruebas como la pauta del éxito masivo y mediático viene marcada por parámetros ajenos al talento. Pareces idiota. Eres idiota. Son los momentos oscuros en lo que piensas que no quieres seguir, no porque no vayas a llegar, sino porque intuyes que ni siquiera hay una meta. Es el momento de la amargura masiva. De la lágrima y la queja. Te conviertes en una plañidera. Eres una carcasa balbuceante a la que gritan: “puto llorón”.

Por suerte, la vida, esa señora de turgencias esquivas que empuña un mazo atómico que da hostias como proyectiles de mortero, te da respiros placenteros en tu devenir por los áridos yermos de la existencia. Entre sinsabores y lágrimas, encuentras oasis en los que mojarte los labios agrietados y dejar dormir al camello. Son puntos de descanso en los que decides seguir con más fuerza al darte cuenta de que la pregunta con la que empezabas, tiene una respuesta única y sencilla.

¿Compensa?

Sí.

No es por la parte económica. Cada vez que comento este aspecto con amigos, colegas o desconocidos a los que persigo por la calle para contarles mis miserias, el tema monetario genera un coro de trompetas, oboes y tambores tocados por efebos con eczema, cuyo ruido se encuentra próximo al estertor del último diplodocus. Apartado el vil metal de la ecuación de la satisfacción, la tajada de lo moral y espiritual crece de forma exponencial en el pastel de la realización personal. Lo que haces te reporta otro tipo de premios que no se pueden cuantificar de manera material; recuerdos y vivencias a las que llegas por haber sido tozudo en tu empeño por querer hacerte un nombre en el oscuro panorama de la crítica cultural local. A veces,  en una de esas carambolas a la que tan aficionado es el destino, se acumulan en un corto espacio de tiempo los sucesos afortunados que te suben a la proverbial nube, ese vehículo digno de Son Goku que cabalgas con el egoísmo del que se siente afortunado.

En una semana, la Feria del Libro de Huesca y las Cuartas Jornadas de Cómic ciudad de Barbastro me han permitido consumir tiempo, cervezas e impresiones con ese tipo de gente que te enriquece porque no dejas de aprender cuando los escuchas. En una semana he coincidido con David Rubín, Antonio Altarriba y Sento, tres ejemplos de lo que me gustaría llegar a ser, pero que difícilmente alcanzaré, bien por mi inutilidad genética a la hora de ilustrar, bien porque la talla literaria y artística del modelo a seguir está a niveles estratosféricos e inalcanzables. Hablar con ellos es un lujo por la cantidad de cosas que puedes aprovechar y porque, además, son personas cercanas dispuestas a compartir lo que saben con todo aquel que esté dispuestos a escucharles. Una oportunidad única que nadie debería desperdiciar, por lo útil y revelador de sus declaraciones, recuerdos y experiencias. Una lotería que te toca si juegas, si te acercas a comprobar lo mucho que tienen contar aquellos que escriben las historias.

Además, este tipo de eventos y jornadas en las que organizadores, amigos y compañeros deciden darte algún tipo de responsabilidad derivada de tu trabajo como tipo que dice lo que piensa acerca de lo que hacen otras personas, son un marco perfecto para empaparte de este arte maravilloso que llamamos cómic. Son un canto al talento, a las ganas, a la ilusión, al futuro, a todo lo bueno que se puede sacar de este excepcional elemento. Si dejamos aparte las ya comentadas esferas comerciales, son una ocasión perfecta para reuniones espontáneas en las que se pueden generar proyectos y conformar próximos eventos. Son los lugares en los que los amigos pueden crear una obra maestra que surja de la ingestión incontrolada de vinos, cervezas y gintonics de esos que saben a macedonia de frutas. Son el sitio en el que revelar novedades, llevarte clásicos firmados por la gente que los dibujó y sentarte a la mesa con todo un Premio Nacional del Cómic. Una oportunidad de oro que no habría que desaprovechar, al menos nadie con ganas de avanzar, aprender, comprender y entender un mundo complejo en el que guionistas, dibujantes, coloristas, diseñadores, editores, distribuidores, libreros, divulgadores y aficionados forman parte de una estructura orgánica que funciona como un ente polimórfico. Personas que son las tripas, los pulmones y el corazón de un mecanismo cuya supervivencia depende del concurso, trabajo, implicación y entusiasmo de todos.

Con esto, lo único que quiero hacer es animar a todos esos aficionados silenciosos que sabes que existen pero que nunca ves. Motivar a esa gente que compra sin compartir su afición en un acto de discreción lícito, pero poco productivo. Incitar a muchos de los que miran te miran de reojo cuando compartes espacio físico y estantería en tu tienda de cabecera, en esa especie de mudo ritual de reconocimiento entre dos miembros de una secta peligrosa. Os aseguro que la mayoría de las veces, la asistencia a este tipo de actos es gratuita. En algunos hasta te invitan a una cerveza y a ganchitos cuando acabas. Son divertidos y pedagógicos. Conoces a gente que antes solo mirabas desde la admiración. Haces amigos. Descubres cosas. Creas afición. Disfrutas. Compartes experiencias y, sobre todo, construyes tu pequeño aporte a ese gigante siempre cambiante que llamamos cómic.

Entonces, ¿compensa?

Sí.

Por supuesto que sí.

No tengáis ninguna duda sobre ello.

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Acerca de Javier Marquina 210 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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