Jack Ryan: Operación Sombra

El espía burócrata de Tom Clancy vuelve a las pantallas. Y nosotros nos preguntamos: ¿de verdad merecía la pena?
Por Yago García


Es cruel, lo sabemos. Y facilón, también. Pero no cabe otra: para entender por qué Jack Ryan: Operación sombra lo tendrá crudo para revivir en los cines al agente de Tom Clancy basta con comparar sus primeros minutos con los de La caza del Octubre Rojo. La película de John McTiernan, recordemos, nos plantaba en los morros un par de cámaras subjetivas y un primer plano de Sean Connery (todo soviético él) para después, helicóptero y coros del Ejército Rojo mediante, dejar claro que aspiraba a exprimir toda la épica posible de los mitos de la Guerra Fría. Este trabajo de Kenneth Branagh, en cambio… Bueno, dejémoslo en que resulta tan impreciso y falto de empaque como los tiempos que le han visto nacer.

Con el paso de los años (los mediantes entre Enrique V y su actual etapa hollywoodiense) algunos hemos aprendido dolorosamente que Branagh sólo es un estilista cuando Shakespeare anda de por medio, y que, al abordar un curro de encargo, tanto su planificación como su montaje parecen delatar las ganas de salir del plató y embolsarse el cheque. Una desgana que, si bien no llegó a convertir Thor en un desastre, resulta catastrófica para un filme y un personaje muy necesitados de carisma. Que los admiradores de Clancy nos perdonen, pero sobre el papel Ryan siempre ha resultado una figura bastante sosa, un burócrata venido a más, así que su impresión sobre la pantalla depende muchísimo del director y del actor que han de darle vida. Sea esto para bien (hola, Harrison Ford, te echamos de menos) o para lo ‘no-tan-bien’, como sabrán quienes recuerden al Ben Affleck de Pánico nuclear.

Por todo ello, quienes opinamos que sólo caben dos perspectivas para sacar guapo al espionaje en cine (la desaforada de James Bond y la sórdida de George Smiley, por resumir) no podemos sino fruncir el ceño ante una cinta como esta, equidistante de la chicha y la limonada. Da igual que el argumento tenga sabrosas vetas de comedia romántica gracias a la interacción entre el prota y su futura esposa: Chris Pine, muy solvente por lo demás, tendrá que compartir esos momentos con la boca entreabierta de Keira Knightley, algo que probablemente arruine el efecto en el espectador. De igual manera, no ganamos nada si Kevin Costner transmite empaque como mentor y comandante, o si la historia cuenta con un interesante villano encarnado (qué cosas) por el propio Kenneth Branagh, porque en los 105 minutos de esta película hay lugar para muy poca adrenalina. Tan poca adrenalina, en realidad, que cuando la historia llega a su colofón corremos tanto riesgo de pensar “Ah, pues vale” como “¿De verdad esto ha sido todo?”. Dos sensaciones estas que suponen la sentencia de muerte para un thriller como Hitchcock y Howard Hawks mandan.

Dicen por ahí que enero es el mes en el cual las majors de Hollywood sueltan la morralla, dado que prensa y público andan agitados con la cosa de los Oscar. A nosotros nos encantaría decir que la fecha de estreno de Jack Ryan no tiene nada que ver con su calidad, pero está claro que algo de eso hay. Aquí no estamos ante un desastre, ni ante un cataclismo disfrutable, sino ante un trabajo provisto de la misma pasión que un informe sobre los problemas de higiene corporal en las tripulaciones pesqueras del Báltico.

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¡Oh, mírame, estoy haciendo feliz a mucha gente! ¡Qué bien! ¡Soy un hombre mágico! ¡Del pais feliz! ¡De la casa de gominolas de la calle de la piruleta!

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