JARDINES Y OGROS

Es algo inherente al ser humano. Algo que llevamos dentro. Algo que siempre ha estado ahí, agazapado, esperando para saltar y morder en la yugular al pobre inocente que pasea poco precavido por esta jungla malsana y pestilente que llamamos redes sociales, ajeno a polémicas, puñaladas y carne de cañón gratuita para seres sin habilidades sociales que sueñan con ser lo que no son a golpe de polémica trucada.

Por Javier Marquina.

Sí. Es cierto. Reconozco que gran parte de esto puede ser pura envidia. Añoranza más bien. Esa ojeriza que uno le coge a las cosas a las que fue adicto, pero porque las echas de menos desde una zona lamentable de su ser que desearía ver muerta. Es difícil de explicar. Parte del cabreo nace de la lástima que sientes. Una pena nacida de la vergüenza ajena que dan aquellos que se inventan una vida a base de imágenes. Aquellos que construyen un personaje que no existe porque su realidad es un páramo miserable de soledad que gira en torno a la pantalla de un móvil. Personas con vidas de mierda que se regocijan en el comentario obsceno, en la crítica gratuita y en desierto social cuyo tamaño no para de crecer con cada comentario hiriente que expulsan.  Gente tan vacía, tan necesitada de atención, que cada cosa que hacen pública es un grito desesperado de ayuda, una plegaria por que alguien se acerque a darles un abrazo y a susurrarles con cariño “ya pasó, ya pasó”…

JARDINES Y OGROSHay furia también. Una rabia focalizada hacia una sociedad que ha permitido que seres oscuros y sin cara se conviertan en generadores de opinión con repercusión mediática. Una sociedad que idealiza a gente cuyo único mérito es saber enfocar la cámara de frontal de su móvil y discernir en la mejor iluminación para su jeto. Una sociedad que encumbra al mediocre como estilo de vida y considera con acierto que todo el mundo puede hacer de todo, pero que no se molesta en decirte que muchos lo van a hacer MAL. La relatividad mal entendida. La envidia y el complejo de inferioridad usados como cachiporra. La necesidad continua y extenuante de demostrarle algo a alguien, como si a ese algo o ese alguien le importara una puta mierda algo de lo que quieren demostrar.

Y al final de esta disertación, el cómic (porque esto es una web de contenido cultural). El cómic como generador de polémica. El cómic como elemento de discusión. El cómic como vórtice de un fandom con múltiples caras que no es más que la representación fidedigna del ser humano. Con sus trabas, con sus limitaciones, con sus estupideces. Con todos los triunfos, tormentos y tragedias que el ser humano acarrea por su mera condición. La miseria. La puñalada. La pose. El postureo. La loa llena de inercia hacia productos que hace mucho que perdieron su impulso. La necesidad de decir que algo está bien (o mal) para congraciarse con una masa cuya opinión no es más que la afirmación de una teoría que nadie rebate porque nadie se atreve a rebatirla. Los bandos. Las frases lapidarias. La indignación. El odio. La pereza. La insólita y aplastante pereza que producen un puñado de memos soltando majaderías con total libertad gracias a unos principios que defiendo hasta la muerte.

Vivimos en un mundo lleno de deficiencias que solo nosotros podemos corregir. Un mundo que necesita que el trabajo creativo sea justamente reconocido. Un mundo que necesita a más mujeres haciendo cómics. Cómics brillantes y cómics de mierda. Los mismos cómics que muchos hombres llevan haciendo durante décadas. Lamentables o geniales. Memorables o efímeros. Eso es lo de menos. Necesitamos más autoras. Más lectoras. Más lectores de autoras.  Más teóricos. Más polémicas. Menos ogros. Menos sermones. Necesitamos acudir a la librería, a la biblioteca, al lugar que sea, y elegir lo que nos dé la gana leer. Necesitamos listas que nos aconsejen cosas, y poder gozar del derecho a no hacer ni puto caso a esas listas. Necesitamos el derecho a decir que los superheróes están acabados y que sus películas son una jodida y enorme mierda, y gente que nos tache de haters porque son felices leyendo historietas insufribles que para ellos son apasionantes y mágicas. Necesitamos diversidad, contrariedad, manga ancha para dejarnos abrir puertas que siempre han estado cerradas y que conducen a mundos maravillosos que debido a nuestra obcecación siempre han permanecido en el lado de lo desconocido. Necesitamos debatir. Dialogar. Hablar de lo que nos gusta y de lo que no nos gusta, y mandar a tomar por el culo a todos aquellos que nos dicen que no tenemos ni puta idea por el mero hecho de no coincidir en nuestras apreciaciones. Necesitamos desterrar a todos esos Hitlers de manual que se creen en posesión de una verdad que no existe, y ponerlos a pensar en un rincón hasta que se den cuenta de que pueden creer en lo que quieran, pero no pueden hacérmelo creer a mí.

También tenemos derecho a esto. A escribir textos desde las tripas. Textos que empiezan en un lugar y acaban en otro muy diferente. Tenemos derecho a quejarnos, a ser ignorados, a querer, a odiar y a decidir con qué y con quién compartimos los limitados y escasos momentos de ocio y diversión de los que gozamos en nuestra vida. Y también tenemos derecho a criticar. Y a ser criticados, y a que nuestros razonamientos no tengan ningún sentido porque no somos más que personas llenas de hormonas que nos enloquecen y nos dominan. Y los tebeos, al final, no son más que tebeos. Un medio de expresión maravilloso, apasionante y que amo con toda la fuerza de la que soy capaz. Un trozo de papel con dibujos y letras. La gloria. La ruina. La salvación y el pecado. Lo trascendente y lo idiota. Un reflejo perfecto de nosotros mismos. Nada más, y nada menos.

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Acerca de Javier Marquina 238 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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