JUAN SIN MÓVIL.

Es inevitable. La llegada de una nueva generación cada vez más ajena a cómo era el mundo hace apenas 20 años, supone un cambio de paradigma que debemos asumir. Aunque nos cueste.

Por Javier Marquina.

Tengo que reconocerlo. A veces parezco el típico abuelo cascarrabias al que le jode todo lo que pasa en el mundo. Soy una especie de Scrooge al que todo le molesta, incapaz a veces de recordar cómo era yo mismo en mi juventud y adolescencia. Como un asteroide desgajado cada vez más lejos de su planeta de origen, contemplo con asombro y estupor fenómenos tan marcianos y desagradables para mí como el alzamiento de los youtubers. Pero no os equivoquéis. No quiero discutirlo. No me voy a oponer. No se puede negar la aplastante evidencia. Es solo una incomprensión que raya en el alucine; una creciente sensación de espanto que se manifiesta en los contenidos y modelos de conducta con los que nuestros jóvenes se identifican. ¿Era mi época mejor? Quiero creer que sí, quizá porque esta nueva generación hipnotizada por una pantalla y con una carencia creciente de cultura, educación y aptitudes sociales me aterra de una manera que jamás había sufrido.

Juan sin móvilSi el problema se circunscribiera a la esfera de lo personal, podría decir que  no es más que el cúmulo de manías de un señor que se va haciendo mayor y carece de los mecanismos cognitivos necesarios para adaptarse al salto tecnológico brutal que sufrimos casi a diario. Pero la realidad es que no soy tan mayor ni me cuesta tanto adaptarme al desarrollo y, por tanto, esa sensación de miedo que me asalta cada vez que veo a zombies de diez años hipnotizados por las luces y sonidos de su móvil es algo más que la manía caprichoso de un misántropo consumado. La sociedad está cambiando, y no sé si para mejor. Vivir esclavos de un teclado táctil, una cuenta de Facebook, Twitter, Instagram (o derivados) y una cámara integrada no me parece la mejor de las opciones, que queréis que os diga.

‘Juan sin móvil’ hace una inteligente reflexión acerca de todo esto enfocando el mensaje al público que más debería preocuparnos: los niños. Podría decir alguna horterada típica en plan “ellos son el mañana”, pero el topicazo no por manido deja de ser cierto. La educación es la base de nuestro futuro y son los adolescentes de hoy los que forjaran el mundo venidero. Internet es la herramienta más genial jamás concebida por el hombre, pero al mismo tiempo es el caldo de cultivo de una serie de peligros que se globalizan gracias a la misma red. El culto al ego, a la estética ficticia de cuerpos cincelados por photoshop, al éxito fácil de un lamebragas con cámara cuya mayor aportación al mundo real es un enorme y vacío conjunto de estupideces, queda reflejado con acierto en este catálogo de normas y nuevo vocabulario para padres e hijos escrito por José Vicente Sarmiento e ilustrado por José Antonio Bernal.

El texto de Sarmiento incide en los peligros de las redes sociales, ese nuevo mundo casi inexplorado en el que muchos no son quienes dicen ser y la psicopatía campa a sus anchas oculta tras el anonimato. De una manera divertida, cercana y especialmente enfocada a esos jóvenes que lloran cada día por un iPhone, la historia de Juan, un niño que se siente excluido porque es el único de su clase que no tiene móvil, es una fábula sobre el legado de profunda estupidez que estamos cultivando entre nuestra progenie por pura desidia. En este mundo de capitalismo donde la conciliación familiar es una utopía irrealizable para las clases mayoritarias, la tecnología en sus muchas vertientes se ha convertido en un eficaz sustituto de la niñera, los amigos y la sociedad en su conjunto. Ya no necesitamos realidad cuando podemos ser lo que queramos en nuestro planeta virtual. Cada foto poniendo morritos, sacando el culo y  acerando un gesto de imbécil es una nueva losa en ese edificio de papel mojado en el que lo único que vale es la cantidad de suscriptores o “me gusta” que acumulan tus memeces. Cada logro desbloqueado en la consola tras 9 horas ininterrumpidas de juego es un ataúd en el que enterramos las mejores partes de nuestra infancia.

La historia en sí misma invita a la reflexión y convierte a este libro en una asignatura necesaria en escuelas e institutos, pero por si fueran pocos los alicientes, esta pequeña joya se completa con los fantásticos dibujos de un artista de la talla de Bernal. Monigotero de lujo, José Antonio Bernal es un dibujante superdotado, heredero del trazo, velocidad y soltura del maestro Paco Ibáñez o el enorme Jan. Cada una de sus postales es un ejercicio de humor y talento personal que dan forma sólida a esta edición, un tomo que todos los padres con niños y móvil deberían tener en su estantería. Es una lástima que su inmersivo trabajo en la revista El Jueves le impida prodigarse más en terrenos ajenos al semanario, porque cada vez que pienso en un álbum completo del Supergrupo ilustrado por él, se me llena la boca de saliva y siento un placentero hormigueo en los bajos.

En resumen, ‘Juan sin móvil’ es un compendio de nuevas palabras que ya forman parte de nuestro vocabulario, una guía para padres que necesitan enfrentarse a un monstruo virtual que demos domesticar y reconducir y una colección de deliciosas postales ilustradas por un maestro del humor. Si con todo esto no he conseguido despertar vuestro interés, me hago youtuber ya mismo.

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