KAKURENBO: Un, dos, tres, al escondite japonés.

Hace ya diez años que los estudios Yamatoworks dejaron para la posteridad un corto de animación que os propongo como indigesto aperitivo a la suculenta temporada de primavera de 2015, que acaba de arrancar.

Por Teresa Domingo.


En Marzo de 2005 se estrenó en Japón este sencillo corto de 25 minutos, sin aparentes pretensiones, pero que ha ido tocando la conciencia de cada persona que lo ha visto.

Shiro Kuro, a quien se le ocurrió la idea, decidió desarrollar el guión junto a Shunei Morita, quien posteriormente lo dirigió. Juntos le dieron esa estética oscura y misteriosa, encargaron la música a Reiji Kitazato, y ¡tachán! la combinación perfecta.

Titulado Kakurenbo (El escondite) nos adentra en una ciudad-laberinto ficticia, en la que, periódicamente, aparecen unas señales o pistas luminosas para salir de ella. La salida otorga una plaza para jugar al Otokoyo, una versión un poco diferente del inocente juego infantil. Siete niños tienen cabida en cada partida, ataviados con máscaras de zorro, correteando por los callejones oscuros de un siniestro barrio. Aparentemente es casi igual al juego que conocemos. Aparentemente, porque los niños que se adentran en los recovecos del Otokoyo no regresan jamás.

En la trama que nos ocupa acompañaremos a Hikora, un niño que decide entrar a jugar para buscar a su hermana desaparecida en el Otokoyo anterior, que se parece sospechosamente a Sorincha, otra niña que participa en este nuevo juego. Yendo tras ella y buscando respuestas a la desaparición de su hermana, descubre que, en esta versión del Kakurenko, de quien debe esconderse es de cinco demonios: Komotori, el ladrón de carne, Chitori, el ladrón de sangre, Aburatori, el ladrón de grasa, Kotori, el ladrón de niños y Oni, que en japonés es el que “se la liga” en algún juego. Y… no escribo ni una sola palabra más si no es presencia de mi abogado que luego vienen las demandas por spoiler.

Desconozco si hay precuelas o habrá secuelas, pero como OVA única funciona a la perfección. Un mensaje claro y conciso concentrado en veinticinco minutos que dan para pensar y hablar durante veinticinco días.

Creo que antes de seguir leyendo deberíais aprovechar para hacer un parón y ver el corto, que es muy corto, y así yo puedo seguir opinando un poquito más sin incurrir en delito.

Y una vez visto, porque espero que lo hayáis visto…

…¿Qué? ¿A que agradecéis conocerlo, pero no? El corto es original, y la acción fluye con continuidad, tampoco es difícil en veinticinco minutos. Lo malo es cuando giras la esquina y descubres el mensaje escondido, mirándote desde detrás de su máscara de zorro. La desazón que se siente cuando te das cuenta que los demonios no son tan diferentes del género humano, ¿eh? Tranquilos, es la indigestión de la que os hablaba al principio, y eso nos pasa por hincharnos a aperitivos antes de comer: que somos unos ansias y luego nos encontramos mal.

Un aperitivo con regusto a denuncia social, con aroma a explotación infantil, que nos muestra cómo los niños son arrancados de las calles mientras juegan, y cómo son los responsables directos de suministrar electricidad a la ciudad. Electricidad sin la que no podrían hacer funcionar la sucesión de señales que atraen sin remedio a los niños al juego. Imposible no ver el paralelismo del funcionamiento de las grandes multinacionales de hoy en día, que son las que mueven el mundo que conocemos. El ciclo sin fin, pero sin Hakuna Matata.

Sigue a Teresa Domingo en Twitter: @Tuiteresita

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Si es creepy, es para mí.

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