LA CASA, de Paco Roca. Un aviso para hijos.

Lo ha vuelto a hacer. Paco Roca ha conseguido emocionarme de nuevo. Con la simpleza de una historia que habla de una casa, de una familia y de un cuadro en el que todos estamos retratados de alguna forma.

Por Javier Marquina.

Pensar es caca.

Es malo.

Hace daño.

Consigue que nos replanteemos las cosas o que tomemos en consideración detalles en los que ni siquiera habíamos reparado.

Pensar es una mierda.

Y jode.

Porque cuando empiezas a hacerlo, te das cuenta de que la mayoría de las veces no tienes la razón y la has cagado a lo grande.

Pensar es agotador.

Y consigue que duelan muchas cosas que creías enterradas para siempre.

Te muestra a ti mismo ante un espejo que no deforma, sino que muestra sin disfraces lo que eres y lo que has hecho. Es un retrato de Dorian Grey que nos detalla todas las cagadas que hemos ido sembrando en nuestra azarosa vida.

Vamos, que pensar, NO.

Es por esta razón, por hacerme recapacitar y plantearme las cosas, por la que debería odiar profundamente a Paco Roca pero, en lugar de ello, le voy a agradecer que me haya hecho reflexionar y reconsiderar algunos de los comportamientos que, hasta que leí La Casa, estaba teniendo  (y tengo) con mi propio padre.

Está muy claro que cada familia es un cosmos particular e incomparable en el que no se puede generalizar. Cada persona es diferente y no hay dos primos, tíos, madres o hermanos iguales. Hay progenitores ejemplares y, en el lado opuesto del espectro, hay completos hijos de puta a los que es mejor perder de vista para siempre por mucha sangre que te una a ellos. teniendo en cuenta este punto de vista, lo que voy a decir a continuación lo aplicaré a mi caso como experiencia única, dada la exclusividad que la heterogeneidad del comportamiento humano me concede.

La Casa me ha confirmado que no tenemos ni idea de cómo son nuestros padres. En alguna parte de nuestro estómago generamos un sentimiento de cariño hacia ellos, eso es cierto, pero a veces algo difuso e injustificable por muchos lazos genéticos que parecen obligarnos a tenerlos. La mayoría de las veces nos comportamos  con hastío al tratarlos o, movidos por una confianza (justificada), cometemos en su contra las acciones más pasadas de rosca que uno pueda concebir. Nos agotan, nos agobian, nos obligan, nos cansan y pensamos que lo que hacen obedece a algún motivo oscuro y arcano en el que todo consiste en jodernos y sacarnos de quicio. No entendemos sus razones y, muchas veces, todo lo que dicen nos parece una chorrada a la que contestamos de mala manera creyendo que, de forma definitiva, han entrado en la fase “gagá”. Los tratamos con condescendencia, olvidándonos que ellos, en su natural y común imperfección, son también personas que sienten, sufren y se cansan, pero suponemos que el amor paterno-filial lo puede todo, quizá por que es más fácil asumir aquello de que “donde hay confianza da asco” que plantearse realmente lo mal que nos estamos portando.

El cómic de Paco Roca nos enseña a través de diferentes visitas y reuniones entre hermanos tras la muerte del patriarca a esa casa en la que pasaron largas temporadas de niños y que fue el epicentro del ocio familiar, que quizá no somos tan víctimas como creemos ser, y que la edad y el orgullo nos convierte en involuntarios verdugos de un ser humano que vivió su vida de la mejor forma que supo. Sin desearlo, excusándonos en el bienestar general para nuestro padre, realizamos actos que lo castran en esa etapa final de la vida en la que las pequeñas cosas son las que sirven de pilar maestro para todo. La independencia, los pequeños caprichos, sentirse todavía útil cuando ya empezamos la cuesta abajo inevitable… pequeños actos a veces absurdos que conforman el epicentro de una existencia terminal. En nuestro trono de persona adulta y racional, nos olvidamos del objeto de nuestras preocupaciones y tomamos decisiones “por su propio bien”, olvidándonos de lo poco que cuesta ceder un poco ante alguien que, a su manera, nos lo ha dado todo.

La Casa es un tebeo magistral, una historia anodina que acaba asestando un golpe demoledor contra todos los hijos que somos incapaces de entender del todo a nuestros padres y, aunque buscamos lo mejor para ellos, no hacemos lo que a ellos les gustaría. A la larga, actuando de este modo, nos condenamos a sufrir los mismos errores de nuestros vástagos si no somos capaces de ver y evitar nuestras faltas. Paco Roca se consolida en su posición de narrador excepcional, de contador de historias magnífico, de auténtico agitador de conciencias sentimentales. Acabar de leer este cómic sin una lagrima asomando por el ojo es casi imposible. Cerrar el libro, respirar profundamente y sorprenderse de cómo a través de un escenario tan simple, de unos personajes tan comunes y familiares, se puede contar una aventura tan real, inevitable, triste y cercana.

Lo único que puedo hacer después de semejante conmoción, es felicitar al autor por su trabajo  y tratar de enmendar muchos de esos modales que me llevan a discutir, día sí, día también, con mi augusto padre.

No importa lo que parezca, lo que nos gritemos y lo borde, ajeno y lejano que yo pueda parecer. No me lo tengas en cuenta. Tu hijo no es más que un gilipollas con demasiadas pretensiones que en el fondo llorará amargamente el día que no estés, porque te va a echar muchísimo de menos. No creo que leas esto, pero ya me encargaré de decírtelo en persona, que no quiero que se me haga muy tarde y pasarme el resto de mi vida amargado por aquello que pensaba, sentía y nunca te dije. No sé porque no lo hago más a menudo. Es muy fácil. Son solo tres palabras. Las tres palabras más sencillas de la historia. Allá van:

“Te quiero, papá”.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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