LA COLMENA. El estupendo segundo que te deja con ganas de tercero.

Mirando la portada de La Colmena, es bastante evidente que algo no acaba de marchar bien. Algo no cuadra. Algo extraño y aterrador nos acecha. Quizás ese bebé deforme y porcino que se asoma por uno de los extremos de la portada, una pared también deforme y bulbosa, tenga algo que ver. Quizá sólo sea el color morado del lomo.

Por Javier Marquina.

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Ir por detrás a veces tiene ventajas. Como en el sexo, todo depende de tus preferencias o de los réditos que obtengas de la posición en la que te encuentras. A mí esta vez me ha tocado ir en segundo lugar, y la verdad es que me han hecho todo el trabajo sucio. Poco más puedo decir sobre La Colmena que mi compañera Patri Tezanos no haya dicho ya en su crítica de Tóxico. Sería difícil hacerlo mejor, además. Qué queréis que os diga, es mi amiga y la quiero. No tengo mucho más que añadir. Nada nuevo, al menos. Es lo que tienen las segundas partes. Continúan a las primeras y cuando las terminas, acabas con esa sensación de culo roto, o por lo menos algo torcido, del que espera el desenlace de la trilogía.  Yo fui al cine a ver ‘El Imperio Contraataca’. Con eso ya está todo dicho. Las segundas partes tienen un algo curioso. A veces son mejores, a veces son peores, pero siempre te dejan con la boca abierta, con ese estado de ánimo perfecto y expectante para la culminación de la historia.

Podría remitiros pues, perfectamente, a la reseña de Patri, que se ajusta de manera fiel a lo que es y va a ser esta trilogía sobre la percepción, el amor y la locura realizada por Charles Burns, pero me comprometí a dar una opinión propia sobre este cómic, y soy alguien que trata por todos los medios de mantener su palabra. Así que aquí estoy, tratando de explicar lo inexplicable. Ya se sabe que un hombre es dueño de sus silencios, esclavo de sus palabras y al final, haga lo que haga, nunca acierta en ninguna de las dos ocasiones.

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Sushi metafísico

La Colmena sigue añadiendo miguitas de pan desquiciadas en esta historia de amor enfermiza con la que Charles Burns juega con nuestra percepción, con la idea preconcebida que tenemos de las cosas. Difuminando la frontera entre lo onírico y lo físico, entre lo que es y lo que podría ser, entre lo real y lo mental, Burns consigue mezclar dimensiones, consigue que no haya frontera. Todo es tan extraño, tan desquiciado, que es imposible no devorar las páginas con ansia por saber que va a pasar. Por tratar de descifrar qué es lo que está pasando. Por intentar suponer cuánto está jugando el autor con nosotros. Una vez más y al igual que pasara con la imprescindible Agujero Negro, la sensación incómoda de que estas contemplando algo torcido late por toda las páginas, como una pulsión evidente y aumentada como por una lente retorcida que transforma todo lo que toca. Y es que “lo real” causa más desazón que “lo onírico”, quizás por la misma razón por la que dan mucho más miedo los psicópatas de cuchillo que los vampiros o los zombies. Podéis llamarme escéptico, pero me aterra más la posibilidad real de ser victima de una bomba o de un loco armado con un machete que la de ser devorado por un licántropo, por una súcubo o por la niña de la curva.

No voy a entrar a las referencias obvias, evidentes y que tanto furor culto causan entre la estofa intelectual que suele visitar lugares comunes como éste, ya que está claro que el protagonista se sirve de cierto héroe belga barbilampiño dueño de un perrito blanco para volcar en él ese subconsciente que le atormenta y le libera a partes iguales. El huevo. El beatnik. El tupé. El gato negro que podría ser un perro blanco. Por algo ese alter ego turbador se llama Nitnit. A veces la sutileza es innecesaria cuando estás escribiendo historias en las que no sorprendería ver a un elefante violando a una hormiga.

El dibujo de Burns sigue siendo el dibujo de Burns. Personal. Inconfundible. Podríamos decir que todos sus personajes protagonistas tienen la misma cara, pero es difícil recordar una de esas caras cuando el autor te está abofeteando continuamente con imágenes geniales y repugnantes y extrañas y surrealistas, con estampas de lugares que no existen y con situaciones que sabes que nadie te va a explicar. Además sigue perfilando con maestría a ese tipo de chicas por las que harías frenar al autobús, aun sabiendo que llevas una bomba pegada al cárter.

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I’m in love.

A que tanto Tóxico como La Colmena sean de esos cómics que contemplas en tu estantería con amor y sacas de su lugar escogido para acariciarlos con cariño, influye de manera decisiva la excepcional edición realizada por Reservoir Books. Lomo de tela púrpura, tapa dura, papel exquisito y colores deslumbrantes. Y luego está el precio. Pero no vamos a pararnos en nimiedades ni en asuntos tan viles como los referentes al dinero. Se da por supuesto que el nivel económico del abnegado fan está a la altura de un Onassis o, al menos, de un Stavros Livanos. La Colmena es uno de esos cómics que te dejan con el regusto de estar ante algo brillante y sobre todo, con muchas ganas de más. Aunque te posea a menudo la sensación de estar perdiéndote lo mejor de la historia. Quizás por eso las ganas de saber como termina todo y que es lo que hay detrás de cada uno de los interrogantes dibujados, se multiplica en cada página. En cada viñeta.

Yo al menos no puedo esperar a Cráneo de Azucar, tercera y última parte de la trilogía. El niño porcino que gatea, tampoco.

Sigue a Javier Marquina en Twitter: @IronMonIsBack

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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