La insoportable levedad del ser vil y miserable.

Otro de esos cómics que parece que no va a ningún sitio, quizá porque después te lo encuentras por todas partes. Es lo que suele pasar cuando hablas de LA GENTE.

Por Javier Marquina.

Así, a primera vista, todo es bastante normal.

Te llamas Lucien Vil. Eres un demonio que escapó de la batalla definitiva entre cielo e infierno, trabajas como bibliotecario en un concesionario de automóviles que regala libros usados por la compra de coches de segunda mano, tu jefe es un enano con apellido de comida italiana y llevas cuarenta años sin mantener relaciones sexuales.

Nada del otro mundo.

También eres un sociópata algo histérico incapaz de establecer relaciones personales de forma coherente o soportable, te pasas horas y horas buscando por Internet anécdotas absurdas de personajes muertos que no impresionan a nadie y estás tan solo que lo único que te ancla con el mundo real es tu psiquiatra, un hijo de puta calvo que está mucho más loco que tú. Por si fuera poco, eres un inútil que no sabe cómo enfocar su libido atrofiada y mastodóntica, convertida en un engendro retorcido debido a la eterna carencia en el tema del follar. Esto quiere decir que en cuanto te desconcentras te conviertes en un depravado que piensa en voz alta y acosa de forma involuntaria a las féminas que te rodean.

Estos son los mimbres con los que el canadiense Samuel Cantin retrata una figura que recuerda al Ignatius J. Reilly de La Conjura de los Necios, solo que vestido con una mezcla de licra y polipiel de la que no se puede desprender. Bien podríamos decir que el infierno son los otros, sobre todo cuando todo lo que conoces es puro averno.

Vil y Miserable es la historia de un mezquino perdedor que podría servir como referencia a toda una generación de solitarios antisociales que se escuda en la pantalla de un ordenador para vivir una vida que no existe, mientras lanza al mundo su vómito resentido, infectando las redes sociales con su teclado lleno de restos orgánicos, trocitos de patatas fritas grasientas y gotas pegajosas de refrescos llenos de azúcar. Toda una legión de trolls que escondidos en el anonimato de un Nick y una cuenta en Twitter o Facebook, aprovechan la falsa valentía que te da usar un nombre fraudulento en un sitio en el que nadie te conoce para escupir insultos fruto de todas esas frustraciones sexuales que les atormentan mientras se masturban con furia.

No es que en el cómic se hable de forma directa de este cáncer informático que ha contaminado una de las herramientas más apasionantes que nos ha dejado la red de redes, sino que uno puede hacer múltiples interpretaciones de la historia que se cuenta al tratar de temas universales como la mezquindad, la incapacidad de establecer relaciones normales y la falta de sexo. Todas las cosas, vistas con la perspectiva adecuada, se adaptan como un guante a tus teorías. Lo único que debes hacer es manipularlas y deformarlas hasta que se parezcan a aquello que opinas. Cuando hablamos de la naturaleza humana, es cuestión de enfoque. Si hablas de lo abyecto de la especie como tal, cómo apliques el patrón usado es solo una cuestión estética.

Vil y Miserable es un tebeo de trazo feo y casi aleatorio; un cómic que no se preocupa por la estética ni por la belleza de los fondos y se concentra en la expresión como herramienta de narración. En el guión la historia importa apenas nada, porque todo se reduce a despedazar la figura del protagonista hasta convertirlo en un residuo que solo inspira compasión y tristeza. No hay nada que contar en sí. Los episodios son la excusa para ir pelando al protagonista como a una cebolla demoníaca. Cantín lo reviste todo de un aura de imposibilidad y de extrañeza, una especie de realismo mágico que sirve como contrapeso para la personalidad horrible y detestable de un pobre hombre que vive rodeado de seres humanos tan viles y miserables como él.

Un cómic extraño, underground y patético, tan triste y real  que al final no puedes sino esbozar una sonrisa de comprensión ante la verdad más aplastante de todas: todos tenemos un poquito (o un demasiado) de Lucien Vil.

(Vil y miserable ha sido editado en España por Ediciones La Cúpula)

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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