La Liga de la Justicia de Grant Morrison: viejo desorden mundial.

ECC Ediciones acaba de reeditar en un tomo los primeros nueve números de La Liga de la Justicia de Grant Morrison, una ocasión perfecta para recuperar y comentar esta etapa algo lejana de los grandes tótems de DC.

Por Javier Marquina.

Lo he vuelto a hacer. He vuelto a comprar un cómic que ya tenía en una edición diferente. Había conseguido zafarme de anteriores y monolíticas reediciones, pero esta vez he caído con todo el equipo, hipnotizado por la estúpida y sensual tapa dura y un tamaño compatible con la escoliosis. Soy un débil. Reconozco que la compra ha sido por una buena causa, y es que los coleccionistas compulsivos no tenemos rival a la hora de ponerle excusas a nuestra propia conciencia para poder justificar todos esos gastos que nos acercan poco a poco a la ruina. En mi defensa diré que Grant Morrison y su Liga de la Justicia han tenido la culpa. Eso y la infame edición del Grupo Editorial Vid que compré en su día, ya que era la única opción viable para un oscense de leer estos cómics. Leerlos mal, sometido a una pésima traducción que a veces hacía difícil hasta entender la trama, pero leerlos. No importaba el cómo, porque en aquel tiempo, ante todo, necesitaba acceder a ellos fuera como fuese, para poder sentir que había subido de nivel, que me estaba volviendo más sesudo, más metafísico, menos infantil y un poco más idiota. Leer a Morrison era (y sigue siendo) como subir un peldaño en el escalafón de la intelectualidad, ya que sus lecturas siempre han requerido de un grado más de concentración y, a veces, tres o cuatro niveles adicionales de lisergia. Morrison es un como un Moore de andar por casa, una versión algo menos enciclopédica y plúmbea de nuestro amado barbudo.

Sin embargo, no hay que llevarse a engaño. Aunque Morrison viste sus cómics de una espesa película de cultismo, esoterismo, vasto conocimiento general y surrealismo desencadenado, sus creaciones nunca dejan de ser una cosa: cómics sobre superhéroes. En sus distintas versiones, en sus diferentes facetas, más o menos profundos, pero siempre cómics sobre superhéroes. Porque esta Liga de la Justicia lo es en su más pura expresión; gente con poderes divinos acometiendo tareas más grandes que la vida misma. Grandeza absurda y magnífica llena de momentos estelares. La quintaesencia de todo aquello que tantas veces nos ha hecho disfrutar. Porque esta Liga de la Justicia es, ante todo y sobre todo, diversión. Puro y duro entretenimiento. Diversión bien hecha, bien escrita y no tan bien dibujada, pero diversión hecha para ser disfrutada sin complejos, al fin y al cabo.

Y digo no tan bien dibujada porque el amigo Howard Porter no acaba de estar a la altura de la aventura grandiosa y trepidante que tiene que contar. No siempre Morrison es capaz de rodearse de los mejores autores. A veces, hay que obviar el dibujo para poder disfrutar de sus historias y, la verdad, reconozco que si he sido capaz de leer Los Invisibles ignorando páginas y páginas de arte deleznable, tampoco me voy  a poner excesivamente puntilloso con las férreas expresiones del amigo Porter, cuyo estilo peculiar, al menos, es propio y perfectamente reconocible. Rígido, tosco, plano, lleno de posiciones antinaturales e imposibles… pero también, a veces, demencial y divertido como los guiones que ilustra, que no todo van a ser bofetadas para el artista.

Volvamos a lo importante, y es que por increíble que parezca,  el dibujo no es lo fundamental en este cómic. Aquí lo que de verdad trasciende es una vuelta a cierto espíritu superheroico de grandeza no carente de contenido. Estos primeros números de La Liga de la Justicia no pretenden ser una de esas redefiniciones metafísicas que revolucionan el universo DC de vez en cuando. No busca remover cimientos, destruir barreras del lenguaje o establecer un nuevo patrón de comportamiento para el medio. Todo lo contrario, es una vuelta a la clásica grandeza en toda regla. Está muy lejos de otros trabajos más experimentales de Morrison; de Animal Man y de La Patrulla Condenada; muy lejos de Batman; quizá no tan lejos de los X-Men, ya que, vista en perspectiva, esta Liga de la Justicia parece un ensayo final y con el vestuario de estreno de esa etapa del escocés en los mutantes. Y no digo que esto sea malo, sino todo lo contrario. A veces, dedicarte a pasarlo bien haciéndolo las cosas de la misma forma (o sea, bien), puede dar como resultado obras maravillosas muy por encima de otras que buscan matarnos de un ictus de puro tostón filosófico. Véase, como ejemplo de lo primero,  Mad Max Fury Road, obra maestra del cine como espectáculo, como instrumento de diversión perfecto y descerebrado. Cuando el autor tiene claro lo que quiere hacer y cómo lo quiere hacer, un pequeño divertimento puede convertirse en una de sus mejores obras o, al menos, en una de las más entretenidas.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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