LA NOVIA Y LA LADRONA: pornografía al bulto.

O soy muy inocente o soy muy idiota. O las dos cosas, por supuesto. Creí que hacer una reseña de un cómic pornográfico iba a ser algo mucho más sencillo. Pero no es así. Todo lo contrario. Y no, la dificultad no reside en escribir con una sola mano, malpensados.

Por Javier Marquina.

Y sí, he dicho cómic pornográfico y no erótico, quizá porque cada vez que alguien etiqueta algo como erótico, mi memoria se retrotrae a esa época en la que había películas clasificadas “S”, en las que que con suerte y mucha vista conseguías ver dos pezones y un poco de vello púbico. Y como en este cómic las imágenes son más que explicitas, vamos, que se folla en un 98% de las páginas, pues permítanme que use lo de pornográfico como argumento.

Y no como argumento peyorativo, puntualizo, sino más bien todo lo contrario. O tampoco. Ya les he dicho que cuando creí que esto iba a ser un paseo divertido y genial, uno sólo puede clasificarme como temerario. O mucho mejor. Como directamente idiota. Y es que hablar culturalmente de la pornografía puede resultar realmente complicado, y ése es el quid de la cuestión. Pero antes, una pequeño a aviso a navegantes de lo que viene a continuación.

Y es que si vamos a hablar de porno, vamos a tener que hablar de follar. O de las ganas de hacerlo.

Seamos realistas. El onanismo es uno de los principales alicientes de la compra de pornografía. La paja. La gayola. La manola. Zurrarse la sardina. Rellenar el calcetín. Agitarse el manubrio. Y sí. Estoy hablando sólo de hombres en un ejercicio machista sin precedentes. Porque, mayoritariamente y digan lo que digan, el porno está hecho y pensado por y para hombres. Incluso cuando hay mujeres implicadas en el proyecto, como es el caso del cómic que estoy reseñando. El porno tradicional está pensado para mostrar a mujeres de atributos cada vez más grandes follando con hombres de atractivo más bien intrascendente. Lo que importa es que ellas tengan tetas enormes, coños abiertos y rasurados y la coman como si tuvieran que competir con una aspiradora. No hace falta guión. No hace falta historia. Todo consiste en babas, pezones, semen y gritos de placer que, dadas las graves carencias interpretativas de la mayoría de los actores, es difícil creerse alguna vez. Y quién dijo alguna vez, dijo nunca.

En el cómic, las cosas se llevan a otro nivel, como no podía ser de otra manera. Libres de las ataduras de la realidad, la física y la flexibilidad del cuerpo humano, en el cómic pornográfico todo es excesivo. Es cierto que algunas mujeres poseen una vagina con una asombrosa elasticidad que les permite introducirse hasta tres penes erectos con aparente cara de placer, pero para el común de los mortales, las triples penetraciones, la gimnasia sexual extrema y los maratones de sexo inagotable que duran mas de dos horas están más que lejos de nuestro alcance.

Como he dicho, en el cómic todas las barreras desaparecen. Las tetas son perfectas sin parecer de plástico; las pollas siempre permanecen en una posición eniesta y eterna, absortas en su titánico tamaño; los fluidos son siempre abundantes y las posiciones gimnásticas superan la barrera de la física para convertirse en auténticas demostraciones de contorsionismo ultrahumano. No hay límites, porque al carecer de realidad, el pudor lo pone siempre el ojo del que mira. Necrofilia, pedofilia, snuff, animalismo… el límite reside en el estómago del lector y en lo trastornada que esté la mente del que crea.

En este caso, y centrándonos ya en “La novia y la ladrona” de Sergio Bleda y Rakel, editado por La Cúpula, todo entra en el terreno de lo normal. Si por normal entendemos sexo casi instantáneo con cualquier desconocido apolíneo en cualquier lugar, situación y momento. No hay nada que al ser trasladado a la realidad pueda considerarse como penal, más allá de las actividades delictivas propias de los amigos de lo ajeno. Y poco más me queda por decir. Historias muy típicas, propias del género, anécdotas que al final son meras excusas para desencadenar la tórrida escena sexual de turno, cuanto más explicita mejor. El caca-culo-pedo-pis trasladado al polla-coño-tetas-lefa sin mucha más trascendencia. Fantasías clásicas, poco riesgo, nada que el porno al que cualquiera con Internet accede a diario no nos pueda ofrecer a toneladas. Pero claro, no nos engañemos, en la pronografía, la historia es un mero chiste porque lo que importa no es el argumento. Lo importante es follar. Y, ya que estamos, que los que follan hagan algo distinto a lo que nosotros podemos realizar con nuestra pareja una vez a la semana, al mes o al año. El porno se nutre de nuestras fantasías y deseos, de lo que nos gustaría hacer o experimentar, así que nadie quiere ver a dos follarines haciendo el misionero con cara de hastío rutinario. Y ahí es donde entra en juego el dibujante. Y la imagén. Y las tetas grandes de pezones de medio limón.

Sergio Bleda ya captó mi atención con “El Baile del vampiro”, aquella serie editada por primer vez Planeta gracias a ese sello fallido pero con fondo interesante llamado Laberinto, que trataba de crear un cómic patrio ajeno a maniqueísmos clásicos. Un dibujante voluptuoso, potente,  algo confuso a veces, cercano en ocasiones a mi amado y añorado Fernando de Felipe. Un dibujante además que ha ido evolucionando, con un peculiar y reconocible estilo propio, y que, a mi parecer, gana mucho en sensualidad cuando insinúa en lugar de mostrar.

“La novia y la ladrona” es un cómic fácil, simpático, algo simplón,  bastante anecdótico, un entretenimiento divertido de nula trascendencia, porno habitual de modelo clásico, divertido, bien hecho, pero absolutamente olvidable. Un cómic más de un género complicado por las necesidades a las que atiende: carne y urgencias de 5 minutos muy alejadas de lo cerebral y los sentimientos.

Y es que al final, en las películas porno, lo que se come no son precisamente perdices.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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