La Patrulla Condenada: Santos macarrones.

O, lo que es lo mismo, bendito galimatías. Y es que no hay nada más satisfactorio y gratificante que extraer sentido del absurdo.

Por Javier Marquina.

Patrulla CondenadaEstamos hablando de libertad. De dejarse llevar. De superar el miedo al ridículo y a ese vacío insondable que se abre bajo tus pies cada vez que reflexionas sobre lo concreto o inteligible de tu obra. Poseídos por una desesperante necesidad de resultar comprensibles, constreñimos los hornos de nuestro cerebro con cadenas lingüísticas y formales. Olvidamos con excesiva asiduidad que leer también es un reto, y condicionados por esta sociedad en la que todo debe ser triturado, procesado y descompuesto en sus partes más básicas y digeribles, nos entregamos a la labor de escribir para imbéciles. Modelamos nuestra ortografía para hacerla cada vez más sencilla. Bajamos la variedad de nuestro vocabulario para hablar con menos de 500 vocablos. Extirpamos de nuestras creaciones todas aquellas cosas que puedan resultar confusas, desterrando la polisemia de nuestro campo de acción. En el fondo, nos aterra la capacidad caótica de nuestro subconsciente, y nos aterra aún más las compuertas que liberaríamos al dejarlo hablar con libertad, conscientes de que los borrachos y los niños siempre dicen la verdad porque hablan sumidos en la inconsciencia.

La Patrulla Condenada de Grant Morrison contenía entre sus páginas una capacidad onírica suprema basada en su propia inconsistencia. Apoyada en un desorden casi completo, su lectura siempre me ha resultado mucho más agradable que la de la pretenciosa, monumental y maquiavélica Los Invisibles. En Doom Patrol, Morrison sabía que no quería contar nada, que no necesitaba estructura y que la propia anarquía de su escritura automática acabaría por construir un palacio de hielo mucho más resistente que el de estructuras prefabricadas como la historia de King Mob y sus secuaces. Los 45 números despachados por el escocés narrando las aventuras de esta Patrulla X distorsionada, antihéroes de lo extraño, son un vómito continuo de conceptos que, a la larga, acaban por tomar forma con una coherencia impensable, marcando un antes y un nunca más en la aburrida y lineal narrativa superheroica clásica. Es de ese tipo de arte que no ves hasta que se produce una conmoción explosiva que te muestra las tramas ocultas y te descubre la imagen global debajo de lo que solo parecía un montón de arena de gato colocado al azar sobre un charco de lodo.

No es de extrañar que Gerard Way, consciente de la magnitud del reto que tenía ante él, haya decidido recuperar los conceptos vertidos por el guionista británico en este nueva encarnación de la siempre peculiar Patrulla Condenada. No hay nada mejor que apoyarse en los que vinieron antes que tú, sobre todo en los que lo hicieron bien y mostraron el camino a seguir. Por muy embarrada por el  LSD que se encuentre dicha senda. La continuidad bien aprovechada y entendida es un símbolo inequívoco de inteligencia.

Representación gráfica del efecto en tu cerebro de una dosis de La Patrulla Condenada.

Así pues, el antiguo vocalista y compositor de My Chemical Romance utiliza y reinterpreta personajes e ideas para ajustarlas al siglo 21, logrando una mezcla casi perfecta de cómic asequible para los nuevos lectores y de sentido homenaje para lo que vienen con la lupa morrisoniana bajo el brazo. Extraña, surrealista y entrañable, esta Patrulla Condenada huye del terror ignoto que producían los sueños plasmados de la anterior etapa para narrar algo que bebe de las mismas fuentes del subconsciente pero que las transforma en algo más confortable y dado a la aventura, y sin perder ni un ápice de la fuerza visual de de los conceptos.

El sentido de la vida.

Para lograrlo, Way exprime al máximo el talento superlativo de un Nick Derington en perpetuo estado de gracia, que hace un despliegue apabullante de saber hacer en cada una de las páginas. Detalle, potencia y ese regusto final entre lo clásico y la actualización con respeto y cabeza de la que soy un auténtico fanático. Maestro indiscutible del lápiz, cada viñeta te empuja a seguir leyendo como en una montaña rusa en la que no sabes muy bien qué es lo que está pasando, pero de la que sales con la sensación de haber disfrutado como un loco. Después de este trabajo, el señor Derington se coloca muy alto en mis lista de dibujantes preferidos, cerca de las esferas en las que el tremendo Chris Samnee es amo y señor de todo lo que contempla.

Para completar el equipo creativo de ensueño, Tamra Bonvillain te aplasta con colores que saben a chicle de fresa y huelen a sudor de unicornio, impregnando tus ojos con el ácido nocivo e irresistible de lo blandito, lo mono y lo que despide una potencia que te absorbe como un jodido imán. Otro ejemplo de la supremacía indiscutible que las mujeres están consiguiendo en la faceta del color en el cómic, un campo que dominan a base de entregar sin descanso láminas de una perfección casi alienígena y de una belleza cegadora.

Sí. Así es. Bienvenidos, de nuevo, a lo extraño. A lo que te infecta. A lo que te susurra. A lo que crece en la zona de tu cerebro heredada del reptil. A lo que te acaricia con ventosas de terciopelo mientras te introduce el embrión de lo imposible. A lo que, contra todo pronóstico, encaja. Y no te preocupes. Es uno de esos viajes en los que tu vagón emprende el descenso vertiginoso por una cuesta infernal de la que no se adivina el final, y en el que cuanto más deprisa vas, más te sorprende descubrir que no te importa una mierda que ni siquiera exista la noción de “frenos”.

“La Patrulla Condenada: Ladrillo a Ladrillo” ha sido editado en España por ECC Ediciones.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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