La Princesa Prometida: un libro engañoso

Hola, mi nombre es Íñigo Montoya, este libro es la po***, prepárate a leer.
Por Patri Tezanos

Qué triste y anodina puede llegar a ser la vida de adulto, ¿verdad? Del adulto se espera trabajo, coherencia, responsabilidad, modales, buen comportamiento y que sea alguien que lea libros densos y trascendentales. Y los libros densos y trascendentales están muy bien, pero a uno le puede resultar oportuno tomarse unas vacaciones de la adultez y regresar a los pequeños brazos de la inocencia y la diversión sin grandes significados ni dobles sentidos. El cerebro a veces necesita corretear por calles de arena y volver a casa con las rodillas raspadas, pero sonriendo.

Leer La Princesa Prometida es un buen medio para conseguir eso.

Seguro que ya conoces la película. Como acepta William Goldman, el autor, a su libro la gente suele llegar en sentido contrario. No te puedo decir si el libro supera a la película o viceversa porque de ella sólo tengo vagas imágenes inconexas de haberla visto hace muchos años. Sólo sé que el libro te descubre muchas cosas más que la película. Pero vamos a dejar atrás también esa manía adulta de compararlo todo y a hablar de La Princesa Prometida (libro) como producto sin más.

¿Qué hago recomendando, pues, este libro como un Rancho Relaxo para la vida adulta? ¿Qué es? ¿Princesitas? ¿Un cuento de hadas? ¿Amor elevado que resuena en los ecos de la historia? Qué va. La Princesa Prometida es, sobretodo, un libro engañoso.

Viéndola en los estantes, al menos la de las ediciones más disponibles a la venta, parece una novela rosa de esas de Danielle Steel trasladada al Medievo, pero se trata de una historia completamente alejada del más-de-lo-mismo, argumental y narrativamente. Sí, contiene como muchos otros una historia de amor con su parte cruel, de inocencia con su parte de picardía, de drama con su parte de humor, de venganza, de amistad inquebrantable, de enfermedad, de convalecencia, de familia y soledad, y de aventuras sin fin (literalmente); perote prometo que lo que lo caracteriza es la originalidad que consigue a partir de un punto de partida trilladísimo a lo largo de siglos de historia de literatura, mitos y películas Disney: el rapto de una campesina-princesa, dos pretendientes enfrentados, uno de ellos con aviesas intenciones, el otro con límpidas.

La Princesa Prometida es, pues, un libro engañoso desde portada hasta su última letra. Se te presenta como una historia ramplona y luego resulta que es original e inteligente (¿o es una tontada?), y como un cuento infantil que luego resulta que es para adultos (¿o es para niños?). Pero también es un libro que te engaña en torno a la naturaleza de su historia desde el mismo prólogo. Con un estilo que mezcla autobiografía, ficción y biografías ajenas ficticias y ciertas, William Goldman se toma bastantes molestias para que no sepas en bastantes momentos qué cosas de su libro son verdad y cuáles mentira. Caes en sus engaños por muy adulto y muy listo que seas, y sonríes cuando descubres que “te ha pillado”. Y te acaba dando igual la naturaleza de la historia, que es cuando el cerebro de verdad empieza a corretear por esas calles de arena y a rasparse las rodillas.

Te encontrarás disfrutando con una historia acaecida en un país llamado Florin, que está entre Suecia y Alemania desde antes de que se inventara Europa, que coexiste en el mundo con el mismo Miami que conocemos y en donde habitan, entre otros, familiares de Stephen King, autor que trabajó en la adaptación cinematográfica de la película (¿o no lo hizo?), y de donde es originario el padre de William Goldman (¿o no lo era?), en un mundo en donde los pantalones tejanos se inventaron desde hace mucho más tiempo del que la gente cree suponer y donde muchas cosas importantes sucedieron antes de Voltaire, en donde Buttercup, Westley, Íñigo y Fezzik vivieron y pisaron los mismos parajes que podría pisar William Goldman en alguna de sus visitas a Florin.

El libro se posiciona felizmente, mediante engaños y confesiones, en un plano entre la ficción y la realidad como Han Solo en el bloque de Carbonita, pero con expresión feliz.

Ningún adulto quiere que le engañen, pero eso es porque nos tomamos las cosas con demasiada seriedad. Recuerdo que cuando terminé el prólogo estaba amohinada cuando, tras consultar algunas hojas de Wikipedia, supe que algunos datos que había dicho el autor con el tono solemne de la verdad no eran para nada verdad. “Qué cabrón”. Pero eso forma parte del plan Rancho Relaxo que es el libro. ¿Qué más da si lo que cuenta William Goldman es real o ficción? Te acaba dando igual. Como un niño, te tragas todo con gusto sin plantearte preguntas. Aparcas el lado lógico y machacón del cerebro, los “sí, claro, venga ya, eso es imposible”. Y disfrutas mucho.

Sigue a Patri Tezanos en Twitter: @PatriTezanos

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