LA SONRISA DEL VAMPIRO de Suehiro Maruo.

Una historia de vampiros. De los de verdad. De los que no brillan como la purpurina cuando les da la luz del sol ni te miran con ojos de cordero degollado. De los que dan mal rollo. De los jodidos. De los muertos que te chupan hasta la última gota de sangre.

Por Javier Marquina.

Vamos a ponerlo fácil.

Este manga es un clásico, así que en realidad nos podríamos ahorrar lo que sigue porque la calidad y el impacto de esta obra es algo indiscutible. No hay vuelta de hoja. Es lo que es. Podrá atraerte más o menos el estilo, la temática o el contenido, pero cuando sostienes en tu mano una de esas obras que consigue una unanimidad casi general a la hora de ser valorada, es porque algo bueno hay en ella. Lo veas o no. Está ahí, y hay que aceptarlo.

Y ya está. No hay más. Si no lo habéis leído, hacedlo.

¿Ya? Perfecto. Entonces, dejadme continuar.

La Sonrisa del VampiroVaya por delante que yo, en mi humilde opinión, coincido con todos aquellos que destacan a Suehiro Maruo como uno de los creadores más perturbadores del cómic; uno de esos maestros capaz de destilar belleza de las escenas más truculentas, y de colocarte en esa incómoda posición en la que te sientes atraído por imágenes que te desconciertan y te repugnan, todo al mismo tiempo. Te da asquete pero te mola. Te sientes enfermo por sentir la llamada de lo salvaje, pero disfrutas como un enano rindiéndote a ella.

Es curioso como en tebeos como este la historia pasa a ser algo accesorio, casi intrascendente. Cuanto más subes en la escala de violencia y depravación, menos importante parece el fondo de lo que cuentas. El fin se convierte en medio, y la estética adquiere un papel primordial porque es la encargada de que aceptemos lo insoportable. La propia agresión, la sangre que salpica en la escena y el concepto de la idea que dibujas centran la atención del que lee, y lo hacen descender por una espiral enfermiza en la que la culpabilidad y el disfrute se unen en una catarsis indescriptible. Es la belleza de lo terrible, el deseo de seguir contemplando el horror. La visión de un abismo que puedes asumir porque sabes que no es real, pero te reclama de igual forma y te devuelve una mirada que te desnuda y te obliga a aceptar la realidad más básica: colocados en el extremo, exentos de toda culpa o responsabilidad, el ser humano es capaz de lo peor.

Maruo no hace concesión alguna, y camufla lo abominable bajo una capa de belleza romántica, melancólica. Sus héroes son efebos que asesinan casi con desgana, aburridos de sí mismos y de su irrefrenable sed de hemoglobina. Se mueven por paisajes dignos de un haiku, camuflados en las sombras de pinturas tradicionales japonesas. Son la ola. El tsunami. La catástrofe. Se desdoblan, se multiplican, se transforman y, cuando matan, parecen impartir justicia porque ninguno de los personajes mostrados en La Sonrisa del Vampiro es mejor que una cucaracha. La galería de monstruos, pervertidos y desequilibrados con la que el autor va salpicando su creación nos despoja del sentimiento de compasión. La perversión profunda que anida en los corazones de todos los seres que aquí aparecen es usada como una excusa, como una justificación de la orgía de muerte que los vampiros, en su degradación imparable, van sembrando a su paso. Nadie nos da pena. Nadie nos despierta compasión. Nadie vive lo suficiente como para darnos oportunidad de empatizar y, cuando resucitan, todo lo que queda de su antigua personalidad es un vestigio reptiliano de lo peor de su alma.

La Sonrisa del Vampiro
Lirismo y truculencia.

Aquí solo hay bestias. Bestias sin alma pero que brillan de pura belleza. Supermodelos de una especie que vive del asesinato, del horror y la inmundicia. Alimañas que medran en la negrura de una sociedad que, cansada de si misma, se fagocita a base de atrocidades. El ojo de Maruo es inmisericorde, pero en lugar de afear la vileza, acaba por crear poesía enfermiza, de la que genera un desasosiego que no se puede enterrar en convencionalismos. No hay lugar para el asco, quizá solo una ligera arcada que reprimimos antes de empezar una danza que sorprende por su hipnotismo. Notas que te atrapa, sabes que está mal, pero en ningún momento sientes la necesidad de huir. Es el mal, pero un mal que te mesmeriza y del que quieres ser partícipe, por muy inconcebibles que sean los actos que se despliegan ante tus ojos. Una magia poderosa, irresistible y preciosa.

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La Sonrisa del Vampiro acaba de ser reeditada en un volumen integral por Panini Cómics España
Acerca de Javier Marquina 200 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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