Como lágrimas en la lluvia

Así, sin hacer ruido, pasando desapercibidas, pero erigiéndose los robustos pilares de unos hogares y de una sociedad que no las tenía en cuenta han pasado a la intrahistoria. Esa historia con minúscula, tan denostada, aparentemente desprovista de grandes hazañas, pero plagada de heroínas y héroes anónimos, paradójicamente la más trascendente para los seres humanos. Afortunadamente, no dejan de publicarse obras que dan a conocer y reivindican el importante papel de quienes sin ser plenamente conscientes, con su silencio y esfuerzo, han contribuido a sustentar la Historia. Porque los silencios también cuentan.

Por Cristina Hombrados.

Estamos todas bien

Una de las cosas que más disfruto cuando toca cumplir la tradición de ir de romería es, sin lugar a dudas, las conversaciones que mantienes mientras se va del lugar del almuerzo (hay que coger fuerzas antes de ponerse a caminar) hasta el punto de reunión de todos los romeros. En la última a la que fui, mi compañera de camino me iba contando una anécdota que, a su vez, le había relatado otra persona. Al igual que ella, la desconocía por completo (nunca he sido chismosa y he de reconocer que soy siempre la última en enterarme de cualquier cuestión), pero no fue por eso por lo que me llamó la atención. Sino por dos detalles. El primero, por la naturaleza y contexto de la historia. El protagonista ya es un anciano bien entrado en años y esa historia hacía referencia a una circunstancia un tanto subida de tono y algo jocosa que tuvo lugar en la primera mitad de la dictadura cuando esta persona aún era joven. Y lo más importante: en el pueblo. Pero no penséis en uno de esos mal llamados pueblos que cuentan con varios miles o decenas de habitantes. No. Pensad en un pueblo de cerca de una cincuentena de almas alejado de grandes núcleos de población, donde las hostilidades están a la orden del día, donde los límites espaciales y personales están irremediablemente marcados, donde no existen secretos, donde es imposible deshacerse de los sambenitos impuestos por vecinos y autoridades morales de la época y hacerse valer por cómo eres y no por ser el hijo de tal. Pero por una serie de implícitos acuerdos tácitos entre sus convecinos totalmente incomprensibles para el resto de los mortales, muchas esas historias que todo el mundo conoce, nunca llegan a verbalizarse a las generaciones venideras. El segundo detalle que os comentaba va por esos tiros. A raíz del chascarrillo, mi compañera lamentaba que tantas y tantas historias nunca llegaran a trascender y que consecuentemente se perdieran porque sus protagonistas o las gentes que las presenciaron en primera persona se las estén llevando a la tumba.

Y es que, echando cuentas, se antoja infinito el número de historias silenciadas. Pero también lo es el de las historias silenciosas que conforman el esqueleto sobre el que se sustenta la Historia con mayúsculas, la que realmente figura en los libros de texto que memorizamos de pequeños.

A través de retazos personales de las vidas de sus abuelas Herminia y Maruja, Ana Penyas plasma en viñetas la intrahistoria de nuestro país. Estamos todas bien (Salamandra Graphic) arranca del olvido y da voz a esas dos mujeres, representantes de ese sector femenino de la población que se tornó en obligado y destacado papel protagonista de esa España de historias silenciadas y silenciosas. Me parece muy certera la descripción que de ellas da la autora: secundarias de otras vidas. Porque lejos de disfrutar de autonomía, sus nombres siempre aparecían seguidos de una preposición que denotaba pertenencia, posesión o condición: hasta llegar a ser “la mujer de”, eran “la hija de”. Meras comparsas, pues. Igual de acertadas son las palabras de Carmen Martín Gaite que Ana Penyas ha escogido para abrir este tebeo que le ha valido el X Premio Intermacional Fnac-Salamandra Graphic de novela gráfica 2017. Evocan la espera y la meta de su felicidad: aspirar al matrimonio, la incapacidad de hacer nada por propia voluntad o la aceptación de su condición de sempiternas actrices de reparto.

Estamos todas bien

Esta es la obra con la que la ilustradora valenciana debuta en el noveno arte y que ha sido galardonada con el Premio al Autor Revelación en el último Salón Internacional de Cómic de Barcelona. Con su personal estilo nos muestra, a modo de reportaje y con una acertada selección musical de fondo, un singular retrato de la vida de muchas mujeres que vivieron los difíciles momentos de la posguera y la dictadura. Sin lugar a duda, un buen número de ellas podrán sentirse identificadas con las circunstancias que Herminia y Maruja relatan a su nieta, sus formas de actuar, esos reductos de libertad frente a la esclavitud del día a día y de sus obligaciones, la manera en que afrontaron la vida que les tocó vivir o la perspectiva que les da los años. No sé vosotros, pero a mí no me ha costado en absoluto reconocer en Herminia y Maruja a algunas de las mujeres de edad de mi entorno más cercano.

Conociendo a Herminia y Maruja no he podido evitar acordarme de Petra, la madre de Antonio Altarriba, a quien el guionista hizo protagonista del celebrado El ala rota (Norma). Otra de esas mujeres cargadas de prudencia y conscientes de cual era el sitio que la sociedad les imponía. A las que la vida, plagada de constantes sacrificios, se les fue en un suspiro, trabajando sin parar, sacando adelante a sus familias mientras las adversidades de índole social o político se cernían sobre ellas y que hubieron de convivir con la soledad en muy diversas actualizaciones. Sentirse solas ante la ausencia de apoyo, habiendo de lidiar con todas las dificultades que presentaba el día a día en lo que a la familia se trataba. No sentirse amadas, no encontrar la confianza de un hogar que solo el amor es capaz de construir. Condenadas a seguir sintiendo la soledad en el presente, ya mayores, en el olvido de sus parientes más cercanos.

Estamos todas bien se alza, no solo como un precioso homenaje a todas esas historias silenciosas que pueblan todos los rincones del territorio, que deberían pasar a dominio público y que se personifican en mujeres cuyas sienes ya hace tiempo que lucen el característico color plateado que solo brinda el paso del tiempo, sino también una declaración de amor a nuestros mayores. Esas personas que siempre estuvieron allí en abnegada dedicación para con los suyos, viviendo momentos realmente dificultosos. Esas personas que, aún ahora, muchas décadas después, siguen siendo el sustento de infinidad de familias debido a la delicada crisis económica de la que todos somos conocedores. Personas de las que recibimos amor incondicional, que albergan mil y una historias, que acumulan años y años de sabiduría. Personas, en definitiva, a las que debemos admiración y respeto y que atesoran una parte importante de nuestra historia. Historias personales que no pueden pasar desapercibidas y que no podemos dejar que se pierdan en la nada.

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