LAMIA. Amor de madre.

A veces, para cargarse lo institucionalmente sacrosanto, hay que usar una enorme bola de demolición. Que quede claro que no hay nada ni nadie intocable.

Por Javier Marquina.

A veces, el terrorismo es un estado mental. Un deseo irrefrenable de castigar una situación injusta, al menos en la cabeza del que perpetra un atentado. A veces, el crimen no es más que una manera de huir, de justificarse, de establecer un equilibrio más lógico en una sociedad constreñida, anticuada, machista e insoportable. A veces, el asesinato no es más que grito desesperado de una persona que lo pierde todo y es incapaz de gestionar la desesperación; un envite de alguien traumatizado que establece una nueva lógica retorcida y aterradora, pero con un fondo comprensible que resulta, si cabe, mucho más horripilante. A veces, simplemente se pierde la razón. Te invade la locura. Pierdes los papeles y, colocado en un mundo irreal que solo obedece a tus propias y enloquecidas reglas, actúas en consecuencia bajo la aplastante inevitabilidad de tus actos, comprensibles solo bajo tu disfuncional punto de vista.

Lamia, la nueva obra de Rayco Pulido, es un cómic lleno de aristas, filos cortantes y salientes puntiagudos. Es amargo y terrible. Cruel como los personajes que retrata. Inmisericorde con una época oscura en la que todo lo que había debía plena obediencia a un dios sin escrúpulos que dictaba reglas de acero a través de una iglesia consentida, acomodada y afín al más rancio y pestilente poder. Es la narración de una tragedia, de un mundo regentado por cotillas que encontraban en la radio la única vía de escape a su miserable existencia, porque todos sabemos sabemos que la vida parece mejor cuando la de los demás es una mierda. Es un pedazo de Historia, con mayúsculas. Una esquirla de ese periodo abierto y sangrante que cicatriza con la lentitud del que trata de olvidarlo y se condena a repetirlo.

Lamia es un cómic de intuición, de impulsos, casi de adivinación. Es una de esas historias que tienes que ir desentrañando, como el que va tirando del hilo de un jersey de lana hasta deshacerlo. Es una obra gráficamente perfecta, con un equilibrio envidiable entre la ambientación, la caracterización de los personajes y la composición de una atmósfera que une con maestría la desolación, el terror y una Barcelona de posguerra adicta a Elena Francis. Cada viñeta podría haber salido del estudio de animación de los Fleischer, conjurando una Betty Boop maternal y compleja.  El diseño de los personajes posee una carga icónica de potencia demoledora, capaz de evocar a cada personaje con apenas una líneas. Ayudado por un blanco y negro puro, que ayuda a definir cada trazo con una claridad inmaculada, sin borrones o dudas, cada dibujo recuerda a aquellas aventuras que nuestros padres y abuelos leían en el TBO. Esto además, ayuda a difuminar la violencia intrínseca de algunas escenas, en una dicotomía clásica en el tebeo, en la que lo dibujado dulcifica y trivializa la truculencia, permitiendo digestiones más fáciles para escenas que en el mundo real serían insoportables.

Al acabar con esta estupenda novela gráfica, unas conclusiones aparecen de forma espontánea en tu mente. Entre ellas, la de que, en la vida, nada es lo que parece. Vivimos construyendo una fachada que nos obstinamos en mantener, alejando ese mundo de porteras que no para de espiarnos en nuestro día a día. Las paredes de nuestra casa son el muro que separa a nuestro verdadero yo, lleno de grandeza y de miseria, de una legión carente de compasión tejida a base de buitres hambrientos de carroña. También son el velo tras el que se esconde el monstruo que podemos llegar a ser y que, a veces, por razones que nunca son razonables, sacamos a pasear para desgracia del prójimo. Un prójimo repugnante, mezquino y despreciable que consigue los imposible: que sintamos simpatía por el demonio.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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