EL LARGO Y TORTUOSO CAMINO

Reencontrarse con uno mismo no es tarea fácil. A veces, hay que destruirlo todo para empezar a construir de nuevo, pero sin olvidar todo lo que hicimos mal primero.

Por Javier Marquina.

“Lo importante es el viaje, no el destino”.
Tópico inmutable. 

EL LARGO Y TORTUOSO CAMINOLos tópicos son como la cocaína. Son fáciles de consumir, fáciles de adquirir y sirven para comenzar el día con alegría, pero resultan adictivos, lesivos y destructivos por igual. Los tópicos ayudan a romper el temible bloqueo de la hoja en blanco, pero lo revisten todo de un rancio reseco que recuerda al que abusa de los chistes en las reuniones de amigos. Sin embargo, a veces es inevitable recurrir a ellos, porque los tópicos, como los refranes, contienen verdades inmutables de las que es imposible sustraerse. Los tópicos resumen gran parte del acervo cultural popular. Son socorridos y despiadados y, por desgracia, certeros en su reflejo de una sociedad que cree se cree a distancia sideral de sus ancestros, pero que puede aplicarse los mismos preceptos lapidarios escritos en la piedra de la historia. Los tópicos taladran tu cerebro como gusanos voraces y se asientan con el eco obsesivo de un susurro que no puedes dejar de escuchar. En algunos casos, es inevitable recurrir a ellos ya que todo lo que quieres contar gira en torno al concepto al que evocan. Como en EL LARGO Y TORTUOSO CAMINO, por ejemplo.

A ritmo del rock lisérgico producido en las décadas de los sesenta y los setenta, Ulysse se embarca en una forzada odisea por expresa última voluntad de su padre recién fallecido. Triunfador en los negocios y fracasado en la vida, Ulysse es un cuarentón apagado, rodeado de relaciones frígidas y preso de una inevitable flacidez que le impide verse el pene cuando se ducha. A regañadientes, inicia el periplo a lomos de una mítica furgoneta Volkswagen T2, acompañado por algunos antiguos colegas de su progenitor, meimbros de un grupo de música que nunca llego a nada, hippies anclados en una época de amor libre, drogas a kilotones y revolución en las venas.

Lo que comienza siendo una tortura a la que someterse por obligación, acaba siendo un descubrimiento revelador de una figura fascinante y desconocida, algo típico en millones de hijos que piensan que sus padres nacieron ya mayores, amargados por el peso de los años y que jamás tuvieron adolescencia alocada de la que avergonzarse o enorgullecerse. Poco a poco, Ulysse se desprende de sus prejuicios y límites adquiridos a fuerza de represión social y se convierte en una nueva persona que comprende sus muchas carencias y deja de huir de unos problemas que no se resolveran a base de fintas o silencio.

Es inevitable pensar en el Cenizas de Álvaro Ortiz al leer este cómic por sus claras similitudes, al igual que es imposible no recordar En el camino de Kerouac siempre que leemos algo sobre viajes iniciáticos por carreteras idílicas. Las grandes ideas son sombras proyectadas en una caverna, y es labor de los autores interpretarlas y dotarlas de personalidad. En este caso, el guión de Christopher propone un recorrido concienzudo por la música de una época llena de paz, amor y LSD, y despliega a modo de “playlist” de Spotify un enorme catálogo de canciones que nos pueden acompañar en la lectura y que reflejan lo que están viviendo los protagonistas. Es fácil identificarse con el Ulysse acabado y hundido por su refulgente vida de mierda, así como sentir una simpatía casi fraternal con esa colección de dinosaurios atascados en una época en la que fueron más felices, pero acabaron prisioneros de un mundo que los ha dejado atrás. Es fácil sentir cierta envidia ante la catársis, ante ese momento de luz cegadora que desprende el velo de la comodidad de tus ojos y te lanza al frenesí algo estúpido que los psiquiatras llaman “crisis de los cuarenta”.

Sin quitarle mérito alguno a la historia, tengo que decir que, en mi opinión, el conjunto de nostalgia y música cobra realmente sentido cuando nos dejamos llevar por los dibujos de un Rubén Pellejero en estado de gracia, capaz de transmitir con la claridad y la simpleza del que conoce la fuerza de una línea colocada con maestría. Siento admiración por aquel que destila una sencillez estética pulida a base de complejidad formal, depurando su estilo hasta lograr resumirlo todo con la economía aplastante de esa línea limpia y clara que adoro. A lo largo de la siempre excelente edición de Astiberri, nadamos en sepias y lilas para diferenciar presente y pasado, y solo algunas explosiones de color distraen nuestra atención sobre detalles fundamentales para entender a una generación que creyeron descubrir la clave para cambiar las cosas y acabaron prisioneros de la rueda despiadada del capitalismo inevitable. Rostros reconocibles de un fracaso que se niega a desaparecer, abuelos de esos nietos cuyos ideales están monopolizados por la ruina moral que abunda en las redes sociales.

EL LARGO Y TORTUOSO CAMINO es un viaje en el que el destino solo significa la guinda de un pastel de renacimiento. Una ruta en la que un hijo se reencuentra con un padre al que nunca entendió, y descubre que la vida es algo más que rencor y dinero. Una senda recorrida a golpe de míticas bandas de Rock & Roll en la que, como no podía ser de otra manera, lo que menos nos importa es el destino. Por tópicos, que no quede.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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