LARSON: EL hombre con más suerte del mundo.

Larson deja claro que ganar a la ruleta no es cuestión de azar. Puedes compensar la incertidumbre de la suerte con inteligencia y horas de estudio. Si logras descifrar el algoritmo correcto tienes la vida resuelta, pero la frontera entre la dedicación y la obsesión es una fina línea fácil de cruzar.

Por Javier Marquina.

Hay autores que te cautivan desde el principio. Con el primer dibujo suyo que ves. Te guiñan el ojo y te conquistan. Tienen ese algo que te atrapa y te convierte en fan, mezclando fascinación y admiración a partes iguales. Javi de Castro es uno de esos autores. Tiene todo lo que hace falta para convertirse en uno de mis favoritos y, trabajo a trabajo, va consolidando esa impresión inicial que te dice que te encuentras ante algo grande. Esa delicada sencillez en el trazo que lo convierten en uno de los autores más elegantes y con más clase que podemos encontrarnos hoy en el panorama español.

El premio al autor revelación en el Salón Internacional del Cómic de Barcelona del año 2016 no hizo sino apoyar mi intuición de que nos encontrábamos ante algo más que una promesa, y este Larson es como ese teorema irrefutable con el que demuestras la teoría que flotaba sin cuerpo en tu cabeza. Todo empezó con la incómodo sorpresa de Sandía para cenar, una fábula llena de mal rollo en la que hasta las frutas pueden ser generadoras de una energía desasosegante. La consolidación de la evidencia se hizo cuerpo con La Última Aventura y acabó de tomar forma definitiva con la pedagógica y necesaria ¡Que no, que no me muero!, intercalando diversos trabajos cortos e ilustraciones que quitaban la respiración y supuraban talento.

Como decía, Larson es una piedra más en el camino de un dibujante que debería ser lectura obligatoria y ejemplo continuo para todos aquellos que creen que abarrotar de líneas y detalles una viñeta es sinónimo de gran artista. Pocas veces somos conscientes de la dificultad implícita que supone lograr sublimar los misterios del menos es más. Decirlo todo con un par de líneas. Llenar una página con vacío. Contar lo máximo usando lo mínimo. Más allá del interés en sí de la historia. Enganchar usando la forma como excusa, y camuflar la triste vida de un adicto bajo un concierto de narrativa y propuestas tan gráciles como efectivas.

Envuelto en un formato en blanco, negro y gris manejado con la sobria eficacia que despoja de cualquier maquillaje estético superfluo a la trama, esta es una historia verídica, propia de esa factoría de mitos forjados en cartón piedra y silicona llamado Estados Unidos, cuya moraleja es tan simple como aterradora: en el fondo todos somos adictos. Es solo cuestión de encontrar nuestra droga, nuestra sustancia dopante, ese material que nos proporcione el subidón de endorfinas que necesitamos para sentirnos bien. Puede ser heroína, sexo o matemáticas. Puede ser dinero, o tebeos, o juegos en linea contra repelentes niños alemanes. Cualquier cosa nos vale para engancharnos, desde el Sálvame Deluxe al líquido anticongelante para tractores ucranianos. Y es que tenemos una preocupante habilidad para volvernos yonkis del GANAR, esa cosa que a nadie le preocupa lograr porque toda una civilización de perdedores nos ha enseñado que lo que mola es participar. Larson es un ejemplo perfecto del vacío que queda tras la victoria, de ese negro agujero que se asienta en tu estómago y te pide más. Siempre más. Más allá del placer que proporciona saber que puedes vivir sin pegar palo al agua, el triunfo te obliga a jugártelo todo por la mera satisfacción de saber que has conseguido ser el más listo; el mejor. Somos seres así de miserables y tristes.

Más allá de las disquisiciones éticas sobre lo frágiles que somos y lo poco que nos cuesta esclavizarnos a las costumbres y practicas más bizarras, Larson: El hombre con más suerte del mundo  (Modernito Books) es otro gran cómic de un autor excelente. Un espectáculo visual que podemos disfrutar mientras escuchamos de fondo los gritos histéricos del público de La Ruleta de la Fortuna.

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Acerca de Javier Marquina 218 Articles

Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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