Las cosas buenas hacen mucho daño.

No puedo creer que al final, disfrutar sea doler. Es como una especie de bipolaridad nociva al que nos someten a base de bombardearnos con bazofia y darnos con cuentagotas cosas de brillantez ejemplar. El problema es que poco acostumbrado a la luz cegadora de las cosas brillantes, cuando tu cerebro consume demasiadas en demasiado poco tiempo, explota.

Por Javier Marquina.

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El vacío existencial es una sensación incómoda. Una especie de prurito lejano que nos atormenta, alimentando un agujero estomacal que nos hace desgraciados, con la recalcitrante manía de aparecer siempre cuando ya creemos que somos felices. Este vacío, una sensación odiosa que algunos denomina ‘stress’ llenándose la boca con el anglicismo como si Freud les hubiera concedido un diploma honorario de psiquiatra argénteo porque el término aceptado estrés es muy poco ‘cool’, viene generado a menudo por razones de peso y de importancia extrema en el desarrollo vital de cualquier psique equilibrada. A saber: pierde tu equipo de fútbol favorito; el autobús que te lleva al trabajo se retrasa; tu novia/novio/esposa/esposo/compañero/compañera te dice que te huele el aliento; suben de repente la factura de la luz; te pasas con la sal en el cocido; o, como en mi caso, tu abundante y ajetreada vida cultural sufre de repente un terremoto absoluto que a su vez origina un agujero moral, intelectual y estético que sientes que vas a ser incapaz de llenar en un futuro más o menos próximo.

En menos de una semana mi mente sufrió un auténtico cataclismo de calidad suprema al que gracias a la ingesta de subproductos variados no está en absoluto acostumbrada. Un cataclismo de calidad. Hay que joderse. Qué vida ésta en la que las cosas buenas acaban haciéndote daño. Como esa novia que te abandona y hace que tu vida sexual vuelva a tener su epítome frente a una pantalla de ordenador.

Hubo un tiempo en que no paraba de preguntarme el porqué de mi afición a ver productos repelentes de los que te funden el cerebro. Mi manía de degustar con repulsión cómics de calidad infame y libros que harían suicidarse a un parlamentario norcoreano. Ahora lo sé. Ha sido una época de revelaciones. ¿Y por qué? os preguntaréis. ¿Qué ha tenido la culpa de que sufra esta convulsión casi epiléptica y trascendente? Os lo dire. Su nombre es Utopia y sobre todo, su nombre es Bioshock Infinite. Y en apenas una semana. Como los buenos cataclismos.

Hemos hablado ya en la web de estos dos estupendos ejemplos (serie y videojuego respectivamente) de lo que inteligencia humana puede llegar a alcanzar más allá programas de trampolín de Telecinco y culebrones venezolanos de sobremesa, así que os invito a que repaséis ambas entradas y después de eso vayáis con premura a ver la serie ya a comprar el juego en el orden que más rabia os de. No voy a incidir más en ellos, porque el objeto real de esta entrada casi improvisada es defender a capa y espada el elemento central y vital de la mayoría de las cosas que mueven nuestra vida lúdica, ya sea cine, películas, videojuegos, cómics, libros o series: LA HISTORIA.

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El señor Stendhal, creador del síndrome.

Parece mentira que haya sentido la necesidad de defender algo que no debería requerir más defensa que la propia que merece algo totalmente imprescindible, monolítico y central, pero siento que es un elemento del proceso al que cada vez damos menos importancia, que a veces pasa a ser algo secundario, cuando debería ser el cimiento sin el cual no existe la casa. Para alguien como yo que desearía sobre todas las cosas tener talento suficiente como para poder ser un creador de mundos, que encontrarse con un buen guión no solo sea una sorpresa sino casi un acontecimiento, es, en el fondo, de una tristeza desoladora. Duele. Y duele porque la reflexión que te acaba carcomiendo es que los buenos guiones sorprenden por su escasez, por su taimada renuencia a aparecer a menudo por nuestras vidas, por su rara cualidad de aspecto casi extinto en muchos de los campos culturales en los que debería ser totalmente imprescindible. Destaco por encima de todo el profundo shock al que la experiencia del Bioshock Infinite te somete, después de haber jugado a miles de juegos sin mas contenido que el aniquilar todo cuanto se pone por delante tuyo con la finalidad de no finalizar nada. Una experiencia arrasadora. Abrumadora. Una especie de Sindrome de Stendhal cegador que te cortocircuita y consigue que te plantees si de verdad merece la pena continuar ante la certeza de que será muy difícil encontrar algo superior. Porque Bioshock Infinite es LA LECHE.

La calidad, el talento, el buen hacer al frente de un guión, que por escasez se convierte en algo trágico y doloroso, porque acabar es abandonar aquello que tanto te ha hecho disfrutar sin la certeza de saber si alguna vez volverás a sentir algo igual. Lo bueno como ejemplo de dolor, ese dolor al que te sometes gustoso porque merece la pena sufrir por él, siempre. Lo bueno que te deja vacío porque se acaba, pero feliz por haber tenido ocasión de disfrutarlo. Lo bueno. Imprescindible. Siempre.

Sigue a Javier Marquina en Twitter: @IronMonIsBack

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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