LAS TIERRAS OTOÑALES. Garra y Colmillo.

Es de agradecer que algunos cómics complementen con su título el encabezamiento de una reseña, sin necesidad de añadir más palabras para indicar por dónde van a ir los tiros. Y es que el recién publicado trabajo de Kurt Busiek en España, no necesita de nadie para venderse.

Por Javier Marquina.

Por cierto, un aplauso para Kurt Busiek. Venga. Vamos. Que se lo merece. No creo que existan muchos guionistas con los huevos tan bien puestos como él. Nadie que logre coger todos los elementos mil veces usados antes y hacer historias sólidas, siempre correctas y, algunas veces, apasionantes. Es envidiable su capacidad para mezclar las cosas que hemos leído miles de veces y presentarlas como algo diferente; como algo nuevo; como algo, al menos, a lo que nadie se le había ocurrido enfrentarse desde una perspectiva diferente. Busiek es sinónimo de calidad. Puede que no transgreda o que no se dedique a romper muros y barreras en el medio, pero muy pocas veces podrás decir que uno de sus cómic es malo. Algunas de las mejores etapas de cómics como Los Vengadores llevan su firma, por no hablar de Thunderbolts o la siempre mencionada colaboración con Alex Ross, Marvels.

En Las Tierras Otoñales demuestra su versatilidad con un viaje a un mundo imaginario habitado por animales antropomórficos que se rige por las reglas de la magia y una mirada de dioses que no existen. Aquellos que controlan los objetos y amuletos imbuidos de poder arcano, representan una élite dirigente que gobierna con puño de hierro mediante un férreo sistema de castas. Pero la magia se está agotando, y un grupo de libre pensadores menos atados a las normas que el resto de sus colegas, inicia una exorcismo para volver a invocar al campeón de antaño, un ser mitológico cuya primera aparición en el mundo supuso la explosión y el inicio de la era de los magos.

Bajo esta premisa, Busiek realiza un magnífico ejercicio que mezcla la fantasía heroica con la ciencia ficción, presentando personajes reconocibles e intrigas dosificadas con inteligencia. Lo que a primera vista parece un cómic más, lleno de espadas y conjuros, se convierte muy pronto en una lectura apasionante de la que no te puedes despegar. El dibujo de Benjamin Dewey (acompañado por el color de la siempre excelente y omnipresente Jordie Bellaire) se integra a la perfección con la narración, y al acabar el tomo ya sientes apego por los protagonistas y esperas ansioso una nueva entrega para saber por dónde van a ir los tiros.

Como he dicho al principio, las virtudes de Busiek no están en lo espectacular o en la novedad de sus planteamientos. Sus bazas son contar historias sin errores, con la solvencia de un profesional que conoce a la perfección el medio en el que se maneja, así como los planteamientos necesarios para enganchar al lector a un cómic en el que nada es nuevo, pero todo lo parece. Es una delicia ir viendo como la historia se va desenvolviendo, como teje un entramado con vida propia, un soberbio trabajo de mampostería en el que los búhos, perros, zorros, ranas, búfalos, osos y jabalíes verrugosos luchan, sienten, conspiran y mueren bajo la sombra de un destino imparable y al abrigo de una nueva vuelta de tuerca al concepto del célebre libro de Mark Twain “Un yanqui en la corte del Rey Arturo”.

Algún día encontraré las fuerzas y las ganas para hacer uno de esos monolíticos artículos de 10.000 palabras que nadie se lee hablando de lo que, para mí, es su obra más personal y profunda: Astrocity. Pero mientras tanto, habrá que conformarse con esta escueta reseña en la que recomiendo encarecidamente otro de esos trabajo infalibles de un guionista sin fisuras. También prometo escribir frases más cortas en mi siguiente artículo, no vaya a ser que alguien esté leyendo esto en voz alta, y acabe denunciado por intento de asesinato por asfixia.

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Acerca de Javier Marquina 210 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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